Por En-Off | Off The Record
Jeannette Jara no solo fue ministra de Estado ni es una figura ascendente del Partido Comunista. Hoy es la candidata presidencial de su sector, tras imponerse en las primarias del oficialismo, espacio en el que se impuso con un estilo que la distingue: frialdad táctica, discurso afilado y una sorprendente capacidad para marcar distancias, incluso con el gobierno del que fue parte, sin perder el aplomo y con un tono sencillito y amigable.
Su triunfo en las primarias confirmó algo que venía gestándose desde hace meses: Jara encarna a una izquierda con una fuerte identidad, capaz de confrontar al adversario sin complejos, pero también dispuesta a tensionar a su propia coalición e incluso a su partido, si es electoralmente rentable. Es la ministra que abandonó el gabinete con perfil técnico y regresó como candidata con voz política. Una voz que, hoy, no duda en disparar, pero en tono amable, ‘cercano’, ‘conectado con las emociones’, como se le dice por estos días a la estupidez y a la falta de capacidad critica.
Uno de sus blancos más persistentes durante la campaña de primarias fue Carolina Tohá, la exministra del Interior. Jara no tuvo empacho en responsabilizarla directamente del deterioro de la seguridad pública, en un país donde la delincuencia y el crimen organizado figuran como las principales preocupaciones ciudadanas. Y lo hace con un desparpajo que no deja de llamar la atención: ambas compartieron gabinete, y buena parte de las políticas que hoy cuestiona fueron decisiones colectivas en las que participó.
La contradicción no termina ahí. El Partido Comunista, su partido, ha sido una de las principales trabas a la agenda legislativa en seguridad. Ha votado sistemáticamente contra iniciativas que fortalecen a las policías, endurecen penas o entregan nuevas herramientas al Estado. Incluso ha mantenido una ambigüedad persistente frente a episodios de violencia política. Aun así, Jara construye su candidatura sobre la idea de que la seguridad fue mal manejada… por otros.
No es ingenuidad ni torpeza. Es cálculo. Jara entendió que el desgaste del gobierno y la desconexión con el malestar ciudadano abrían espacio para una candidatura que ofreciera firmeza sin concesiones ideológicas, y crítica sin lealtades tóxicas. En un escenario político volátil, esa frialdad quirúrgica con la que ha operado, tomando distancia del Ejecutivo, desmarcándose de la centroizquierda, y moldeando su propio relato, puede ser su mejor capital.
¿Está preparada para gobernar? ¿Tiene equipos? ¿Logrará alinear a una coalición dividida entre los que temen perder el centro y los que desconfían del pragmatismo? Son preguntas abiertas. Pero una cosa ya está clara: Jeannette Jara no llegó para administrar lo heredado. Llegó para disputarlo todo. Con sonrisa contenida, sin levantar la voz, pero con la seguridad implacable de quien ya decidió jugar a fondo.