Por En-Off
En una población de Maipú, “la feria del sábado” no se instala en la calle. Tampoco hay toldos, ni gritos, ni carritos. Es un grupo de WhatsApp con más de 200 integrantes, donde desde el miércoles comienzan a aparecer mensajes: “Queso de cabra fresco, 3.500 la unidad”, “Pan amasado sábado temprano”, “Promo de empanadas: 3 por 5 lucas, reparto hasta las 12”. No hay boleta, no hay patente. Hay confianza.
Mientras el país discute sobre crecimiento, reforma tributaria y digitalización del Estado, una parte significativa de la economía chilena ya se digitalizó, pero por su cuenta.
Sin SII, sin permisos municipales, sin plataformas de pago sofisticadas. Bienvenidos al universo de la economía informal digital: un fenómeno que mezcla sobrevivencia, redes de confianza y una notable creatividad empresarial.
El celular como única vitrina
Desde ferias vecinales virtuales hasta cuentas de Instagram que ofrecen desde cosméticos hasta almuerzos caseros, la economía informal digital opera con una lógica directa: producción, difusión por redes sociales, entrega personalizada o pick-up.
WhatsApp es el corazón de este ecosistema. Los grupos suelen tener entre 50 y 300 personas, todas de la misma comuna o sector. Quien vende, lo hace en su casa. Quien compra, conoce a quien le vende. Si alguien no cumple, se le funa. Si alguien entrega calidad, se le recomienda.
“Yo vendo todo por WhatsApp y Facebook. Desde que cerraron las ferias libres por la pandemia, no volví al puesto. Me va mejor así”, cuenta Rosario, una vecina de La Cisterna que hace empanadas, alfajores y pebre.
No es un caso aislado. Según datos del Centro de Estudios de Ciudadanía Digital de la Universidad de Chile, al menos el 25% de los microemprendimientos informales en zonas urbanas se mueve por redes sociales o mensajería móvil.
Una economía fuera del radar… pero funcional
Este universo paralelo escapa a casi todas las métricas del Estado. No paga IVA, no tiene iniciación de actividades, no emite facturas. Pero mueve dinero. Mucho.
La informalidad digital se ha convertido en una forma de resistir la burocracia, la competencia desigual del retail y la precariedad laboral. Para muchos, no es una elección ideológica. Es una necesidad.
“Formalizarse es imposible para alguien que gana 200 lucas al mes. ¿Cómo voy a pagar cotizaciones, contador, patente y además IVA?”, dice Jorge, repartidor de huevos y verduras en Puente Alto. Él maneja su negocio por Instagram y tiene más de 1.000 seguidores.
El perfil de estos emprendedores —o nanoemprendedores, como algunos los llaman— combina baja escolaridad con habilidades digitales básicas, y una gran capacidad para adaptarse a nichos específicos: comida casera, artículos de aseo, servicios de costura, impresiones escolares, regalos personalizados, repostería temática. Todo entregado directo al cliente, muchas veces en la puerta de la casa.
¿Criminalizar, regular o fomentar?
El Estado ha tenido dificultades para leer este fenómeno. La informalidad, históricamente asociada al comercio ambulante o a la evasión de impuestos, adquiere aquí una dimensión digital, más difícil de fiscalizar pero también más arraigada en comunidades.
Las municipalidades suelen ignorar estos circuitos. El SII los desconoce. Pero el gobierno ha comenzado a mirar este tipo de actividad con interés. El Ministerio de Economía, a través de programas como Digitaliza tu Pyme, ha intentado formalizar estos negocios, pero con escaso éxito.
“Para nosotros, formalizarse no tiene sentido si el sistema no cambia. La gente quiere vender tranquila, pero el Estado llega con multas, no con soluciones”, reclama Maritza Pérez, dirigente de una agrupación de emprendedoras de Cerro Navia.
Algunos expertos proponen crear un estatus intermedio, una especie de “régimen simplificado digital”, que permita a estos negocios tener una identidad económica básica sin exigirles los mismos estándares de una empresa mediana. Pero no hay consenso político ni voluntad institucional clara para avanzar en esa dirección.
Economía de redes, confianza y subsistencia
Más allá del debate fiscal, lo que emerge es una economía popular digital, que funciona sobre la base de confianza, reputación y redes comunitarias.
En un país con altos niveles de desconfianza institucional, este sistema paralelo funciona porque las reglas son claras: el que cumple, gana espacio. El que falla, queda fuera.
“Lo que no entienden los grandes es que esto no es piratería, es sobrevivencia con dignidad”, resume Rosario, la vendedora de empanadas.
Y quizás tenga razón. En un Chile donde muchas promesas del emprendimiento moderno —startup, escalabilidad, unicornio— parecen lejanas para la mayoría, la feria por WhatsApp representa otra forma de entender el comercio, el vínculo social y la resistencia económica. A veces, con un pan amasado caliente en la mano.