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¿Sin miedo al comunismo?

Por Claudia Awad, abogado.

Por primera vez en la historia de Chile, una candidata a la presidencia de la República representa oficialmente a la izquierda comunista. Para algunos, se trata de un hecho anecdótico; para otros, de un verdadero descalabro institucional. No hace tanto, identificarse como comunista era sinónimo —para muchos— de injusticia, represión, pobreza, pérdida de libertades y de propiedad. Y aún lo es, al menos para los millones de venezolanos que han debido abandonar su patria debido a la imposibilidad material y moral de seguir viviendo en ella.

Pero Chile es un caso curioso. La candidata comunista no solo representa a una coalición política amplia, sino que además fue electa por votación popular en primarias abiertas y hoy cuenta con un respaldo nada despreciable en las encuestas. Todo esto resulta llamativo, considerando que históricamente el Partido Comunista de Chile ha obtenido en torno al 5% de los votos.

Esto nos obliga a preguntarnos: ¿qué entendemos hoy por comunismo? ¿De qué nos hemos olvidado? O, más precisamente, ¿qué creemos que representa esta candidatura? Conviene recordar que Marx y Engels sostenían que el origen de la desigualdad radica en la propiedad privada. Y, según su lógica, la propiedad privada se origina en la institución más básica: la familia. Por ello, no sorprende el embate ideológico contra esta institución natural y milenaria que hoy presenciamos en diversos frentes.

El comunismo promueve una sociedad sin clases, en la que todos seamos iguales. Pero no iguales en dignidad y derechos —como lo consagra nuestra Constitución—, sino iguales en condiciones materiales, algo naturalmente imposible. Por eso, postulan que es el Estado el que debe encargarse de esa nivelación, ¿cómo? Expropiando, quitando a quienes tienen más para redistribuir a quienes tienen menos. ¿Le parece justo que le arrebaten el fruto de su trabajo y esfuerzo? Cualquier persona sensata diría que no.

Sin embargo, los comunistas están convencidos de que el trabajador es sistemáticamente explotado por su empleador, quien —según esta visión— se enriquece a costa de pagar sueldos miserables, alimentando sensación de rabia e injusticia profunda, llegando al resentimiento. De ahí la justificación ideológica de la revolución, de la lucha armada, del alzamiento del proletariado y de todo lo que históricamente ha promovido el comunismo en sus distintas expresiones.

Hoy, pareciera que esa pretensión ha quedado en el olvido para los votantes. ¿Realmente han cambiado las ideas del comunismo o simplemente las han maquillado para hacerlas más digeribles al electorado? ¿O será que muchos votantes desconocen los postulados reales que defiende el Partido Comunista?

En cualquiera de los dos casos, lo que parece evidente es que Chile se encamina a una elección crucial, y lo hace —curiosamente— sin miedo al comunismo.