Por Camilo Guzmán | OPINIÓN
En una democracia sana, los gremios cumplen un rol fundamental: ser la voz organizada de sus bases, defender sus intereses y dialogar con el Estado y la sociedad para impulsar políticas públicas.
En el mundo rural, donde las desigualdades son profundas y persistentes, los gremios deberían ser contrapeso del poder agroindustrial, el escudo frente al abuso de posición dominante, y la mano tendida para reconstruir comunidades rurales olvidadas. Pero en Chile, ese rol se ha traicionado. Y el caso de la Sociedad Nacional de Agricultura (SNA) es paradigmático.
Durante décadas, la SNA ha hablado en nombre del agro. Pero lo que nunca ha dicho, y lo que su silencio ha permitido, es que el mercado agrícola está completamente distorsionado. No hay competencia. No hay contratos. No hay transparencia. Lo que hay es abuso estructural.
Cuando un agricultor no tiene a quién más vender su leche, su trigo o su uva, eso no es mercado.
Cuando los precios cambian cada semana sin explicación ni reglas, eso no es mercado.
Cuando tres empresas compran todo lo que se produce en una región, eso no es libertad. Eso se llama oligopsonio.
Y la SNA lo ha avalado con su silencio.
La SNA sabe lo que ocurre. Está en las mesas, en los directorios, en las negociaciones. Y, sin embargo, nunca ha defendido a los agricultores frente al poder comprador. Nunca ha alzado la voz por quienes venden sin contrato, ni ha exigido reglas claras para las agroindustrias que imponen condiciones sin control.
Ese silencio no es inocente. Ese silencio es política. Y esa política ha servido para proteger los intereses de unos pocos y mantener sometido al 95% del agro chileno.
La SNA no ha sido testigo de los abusos. Ha sido socia pasiva de un modelo que paga poco, compra mal y concentra la renta agrícola en pocas manos.
Las zonas rurales de Chile se están cayendo a pedazos. Ferias vacías. Postas cerradas. Caminos sin mantención. Escuelas rurales en ruinas. Este abandono no es producto del azar. Es el resultado de un modelo de desarrollo rural que nunca existió, y de una élite gremial que nunca se preocupó por sostener la vida en el campo.
¿Qué ha hecho la SNA por las zonas rurales de Chile? ¿Dónde están sus propuestas de ley para proteger el comercio local, repoblar pueblos o asegurar servicios básicos? La respuesta es dolorosa: la SNA nunca trabajó por el mundo rural. Solo por el negocio agrícola.
Y ese negocio no necesita pueblos ni ferias. Solo necesita tierra, agua y mano de obra barata.
El verdadero poder en el campo hoy no lo tiene el que siembra. Lo tiene el que compra.
¿Quién determina el precio de la leche? No el tambero. Lo fijan las procesadoras de lácteos.
¿El del trigo? No el triguero. Lo fijan los molinos.
¿El de la uva? No el productor. Lo hacen las viñas.
Y detrás de todos ellos, ha estado siempre la SNA.
Muchos de quienes presiden gremios, ocupan cargos públicos o redactan políticas agrícolas, han sido directores de esas mismas empresas. Antonio Walker, exministro, expresidente de Soprole y actual presidente de la SNA, no es la excepción. Es la regla.
La SNA no es un gremio neutro. Es una estructura de poder.
Y ese poder ha sido usado no para defender a los agricultores, sino para sostener las distorsiones del modelo.
Mientras el 95% del agro vende sin contrato, sin precio y sin seguridad, la SNA participa en los directorios de las compradoras y en las mesas del gobierno.
Por eso no se legisla. Porque los que mandan en el campo no quieren que nada cambie.
El 5 de agosto de 2025, en la Comisión de Agricultura de la Cámara de Diputados, un agricultor del Maule lo dijo claro:
“Nosotros somos el 95% de los agricultores. Y la SNA no nos representa.”
Lo dijo don Juan Baeza, de Agricultores Unidos. Una organización nacida desde desde la convicción de que ya nadie nos defiende.
Porque el poder agroindustrial no solo controla el mercado. También ha capturado al Estado.
El Ministerio de Agricultura, salvo contadas excepciones, parece una oficina de enlace con la SNA.
La ODEPA actúa como consultora de la agroindustria.
La Fiscalía Nacional Económica, aunque reconoce los oligopsonios, no propone soluciones. Como dijo Tomás Mosciatti: “pareciera más blanquear el modelo que enfrentarlo”.
Por eso Agricultores Unidos crece. Porque el campo se cansó. Porque el 95% ya no calla. Porque esta vez, el poder tendrá que escucharnos.