Por José Santelices | OFF THE RECORD
La salida de Michael Clark del directorio de Azul Azul cierra una etapa, pero no resuelve la crisis. Fuentes del ecosistema azul coinciden en un diagnóstico más profundo: el problema no es solo quién dirige, sino un modelo que, desde su origen, dejó a la casa de estudios, la Universidad de Chile, sin control efectivo sobre el club que lleva su nombre.
Michael Clark deja el directorio de Azul Azul. Su salida puede leerse como un punto de inflexión. Pero, en rigor, no despeja la pregunta que ha marcado los últimos años en Universidad de Chile: quién ejerce realmente el poder en el club y bajo qué legitimidad.
Porque el problema nunca fue solo formal.
Clark tenía y desde su posición accionaria seguirá teniendo el control. Pero, según coinciden distintas fuentes vinculadas al entorno de la institución, jamás logró construir reconocimiento dentro del universo «U». Eso ya no fue.
“Michael Clark nunca tuvo legitimidad dentro del mundo de la Universidad de Chile. Hubo un momento puntual, el partido con Independiente, en que se ganó cierto respeto, porque se involucró directamente en una situación crítica. Pero eso fue transitorio”, señala una fuente conocedora de la interna de la hinchada y del entorno de la concesionaria.
Ese episodio, la crisis vivida en Buenos Aires, aparece como una excepción. No como regla.
“En términos generales, no era reconocido como un presidente ‘propio’ del club. La percepción dominante era de distancia y desconfianza”, agrega. Un periodista que cubre a la «U» complementa: «Clark tampoco ayudaba mucho a mejorar su propia posición. No tiene habilidades blandas, maneja pésimo las comunicaciones, no sabe cuándo hablar, habla mal, no tiene capacidades de liderazgo. La gente de la «U» nunca lo quiso».
Esa distancia se profundizó con el caso Sartor, la crisis de la administradora de fondos que estuvo vinculada a la estructura de control de Azul Azul y que terminó con sanciones de la Comisión para el Mercado Financiero (CMF) a varios de sus ejecutivos, entre ellos el propio Clark, que por algo se va.
Más allá de los aspectos regulatorios o financieros, lo que se instaló al interior del mundo «U» fue otra cosa: un daño reputacional. “Se vivió como un golpe al prestigio del club. La identidad de la «U» es muy fuerte, y cuando se ve expuesta a este tipo de situaciones, el impacto es directo. Ahí Clark pierde gran parte de la poca credibilidad que le quedaba”, explica la misma fuente.
Sin embargo, ese deterioro no fue homogéneo. Mientras la hinchada procesaba el episodio como una crisis de identidad, el plantel operaba en una lógica completamente distinta. “Para los jugadores, en general, este tipo de situaciones no tiene mayor impacto. Ellos funcionan en base a contratos, rendimiento y estabilidad interna. Muchos ni siquiera entienden completamente el conflicto o lo ven como algo propio del mundo empresarial”, señala otro periodista que conoce el funcionamiento interno de la concesionaria.
En ese plano, Clark mantenía una posición sólida.
Su rol en el retorno de referentes como Marcelo Díaz, Charles Aránguiz y Eduardo Vargas fortaleció su vínculo con el camarín, donde nunca hubo cuestionamientos públicos relevantes.
Pero esa estabilidad interna no alcanzó para compensar el déficit político. “Clark nunca logró construir relaciones dentro del mundo de la «U», del club. No tiene manejo del entorno ni habilidades para eso. Después del episodio en Buenos Aires había espacio para recomponer vínculos, pero no se consolidó”.
El resultado fue una figura que ejercía poder formal, pero sin anclaje en el mundo social del club.
Y, pese a lo que muchas veces se supone, esa desconexión no se explica por la influencia de la barra.
Según una fuente del entorno que pide reserva de su nombre, «la barra no tiene incidencia real en las decisiones corporativas de Azul Azul. Puede influir en el clima, en la presión, pero no en la estructura de poder ni en el directorio”.
Pero el problema no se agota en la figura de Clark ni en los episodios recientes. Hay una dimensión menos visible, pero más determinante: el origen del modelo.
Un académico vinculado a la Universidad de Chile, directivo de una de sus facultades, que sigue de cerca la relación entre la casa de estudios y la concesionaria, advierte que la actual falta de control tiene una explicación estructural: “La Universidad de Chile no tiene incidencia real en el directorio de Azul Azul. Eso es consecuencia directa de cómo se estructuró el contrato de concesión con la CORFUCH”, explica.
Según su análisis, la diferencia con otros clubes es evidente. “En Colo Colo, el club social fue mucho más fuerte en la negociación. Lograron asegurar espacios de incidencia. En la U eso no ocurrió, y eso dejó a la universidad prácticamente sin herramientas de control.”
Ese diseño inicial sigue marcando el presente. “El problema no es actual. Está en el origen. Si la CORFUCH hubiera tenido representación relevante, sumada a la universidad, hoy existiría un contrapeso real frente a los controladores.”
La consecuencia es clara: una institución que cedió activos centrales —nombre, escudo, identidad—, pero que no tiene capacidad efectiva para incidir en su actual administración. “En ese momento no se dimensionó lo que iba a ser el negocio del fútbol. La universidad no aseguró una influencia equivalente a lo que entregó”, concluye.
Esa fractura entre control, gestión y pertenencia, no es nueva. Pero sí se ha profundizado con el tiempo.
Y ahí aparece una mirada distinta, menos contingente y más estructural.
El exdefensor e histórico de Universidad de Chile, Horacio Rivas, evita caer en juicios personales y pone el foco en el proceso más amplio que ha vivido el fútbol. “No se pueden comparar los tiempos de antes con los de hoy. El fútbol cambió completamente. Hoy hay más organización, más responsabilidades y eso es algo que se debe valorar”, señala.
Pero advierte que ese avance tuvo costos: “Se ha perdido identidad. Antes uno sabía perfectamente qué representaba cada club. Hoy eso se ha ido diluyendo.”
Para Rivas, el problema no está solo en la dirigencia o en episodios puntuales, sino en algo más profundo. “No puede ser que un jugador joven no conozca la historia del club. Eso es una aberración. Ahí hay una responsabilidad grande.”
Su diagnóstico introduce una dimensión distinta al caso Azul Azul.
Porque la salida de Clark no solo expone tensiones de poder o cuestionamientos sobre control. También deja en evidencia una transformación más silenciosa: la distancia creciente entre la estructura que administra el club y la identidad que históricamente lo sostuvo.
Clark se va. Pero el problema no es solo quién dirige. Es si la Universidad de Chile sigue teniendo control y sentido sobre su propio club.