Por Claudia Awad, abogado | OPINIÓN
A partir del contraste entre Cristo y Gengis Kan, en esta columna su autora cuestiona la fascinación contemporánea por la fuerza y plantea una advertencia para Chile: ninguna sociedad se reconstruye desde la violencia.
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Hay una creencia que circula en los márgenes del debate cultural y que merece ser tomada en serio precisamente porque delata una confusión profunda sobre la naturaleza del poder. La formulación, en su versión más cruda, sostiene que Jesucristo lleva las de perder frente a Gengis Kan; que la mansedumbre es una estrategia condenada al fracaso ante la maquinaria implacable del conquistador mongol. Que el bien, sin fuerza bruta, es apenas un bello ideal destinado a ser aplastado.
La comparación no es ociosa. Es, en realidad, una de las preguntas más antiguas de la filosofía política: ¿puede sostenerse un orden civil sobre cimientos éticos? ¿O el mundo real exige, tarde o temprano, doblegarse ante la lógica del Kan?
Conviene detenerse en lo que cada uno de estos hombres dejó tras de sí. El Imperio mongol fue, en su momento, el más extenso del mundo. Levantado sobre millones de muertos, sobre ciudades arrasadas, sobre el terror sistemático como instrumento de gobierno. Gengis Kan murió victorioso, sin duda. Pero el Imperio se fragmentó, se disolvió, y hoy es poco más que una referencia histórica. Jesucristo, en cambio, murió ejecutado como un criminal en una provincia periférica del Imperio Romano, sin ejércitos, sin territorios, sin victoria visible. Y dos mil años después, sigue siendo la figura más influyente de la historia de la humanidad.
Algo no cuadra en el razonamiento del escepticismo pragmatista.
La cruz —para quienes la leen desde fuera de la fe— puede parecer el símbolo de una derrota. Pero quien la reduce a eso está operando con una categoría de poder que esa misma revelación viene a subvertir. Porque el poder que perduró no fue el del que arrasó ciudades, sino el del que transformó a las personas.
Aquí está el núcleo de la paradoja: ¿qué clase de dominio exige mayor fortaleza interior? ¿El del hombre que destruye porque tiene más caballería, o el del hombre que, en el momento del sufrimiento supremo, elige no responder con represalia? Dominarse a uno mismo es una forma de poder que el pragmatismo de la fuerza jamás ha sabido calcular, porque no cabe en sus tablas.
Tomás de Aquino, tras décadas de construcción intelectual monumental, tuvo una experiencia mística que lo dejó en silencio. Todo lo que había edificado con palabras le pareció, de súbito, paja. No porque fuera falso, sino porque lo real supera cualquier sistema que intente contenerlo. Hay una lección aplicable al debate sobre el poder: nuestras categorías de eficacia son probablemente demasiado pequeñas para medir lo que está verdaderamente en juego.
La naturaleza del poder de la cruz nos viene a recordar algo que la experiencia humana reconoce como verdadero: que el mal no se redime con más mal, que la violencia no cierra ciclos sino que los perpetúa, y que hay una dignidad en el ser humano que ningún imperio ha logrado suprimir del todo.
Chile lo sabe bien. Hubo un momento en que el país pareció encontrar una salida distinta: la política de los acuerdos, esa capacidad de sentarse con el adversario y construir algo común a pesar de las diferencias. Fue imperfecta, como todo lo humano, pero funcionó. Luego vino el quiebre: un movimiento estudiantil que expresaba un descontento, narrativas que fueron radicalizándose, y finalmente un estallido que derivó en violencia en distintos puntos del país. Esa lógica no resolvió ningún problema. El resultado fue más fragmentación, no menos. Menos riqueza generada, no más. Más heridas abiertas, no cicatrices.
La pregunta que esta columna deja abierta no es religiosa. Es política y cultural: ¿es posible construir un país sobre una ética que no capitule ante la lógica de la violencia?
La batalla más difícil no es la que se gana con ejércitos. Es lograr que una sociedad fragmentada e individualista vuelva a poner el bien común en el centro de la acción política. Que el desacuerdo se procese en las instituciones y no en las calles. Que lo que no se obtiene en el Congreso no se reclame con fuego. Esa es la apuesta. Y Chile, todavía, la tiene pendiente.