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Kast y el problema silencioso de la desconexión

Por José Santelices | OFF THE RECORD

Mientras La Moneda contiene conflictos y estabiliza variables, en el oficialismo comienza a instalarse una preocupación más profunda: el gobierno de Kast administra, pero todavía no logra construir una sensación de futuro capaz de reencantar a la ciudadanía.

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En La Moneda hay una inquietud que aparece frecuentemente en conversaciones reservadas, análisis internos y también entre parlamentarios oficialistas: el gobierno no está logrando reencantar a la ciudadanía.

No se trata todavía de una crisis terminal de apoyo ni de un desplome abrupto. El problema es más complejo y, probablemente, más peligros, porque tiene que ver con ánimo político.

La sensación que comienza a instalarse es otra: el gobierno administra, pero no moviliza. La Moneda contiene crisis, ordena cifras y responde contingencias, pero todavía no logra transmitir la idea de que existe un proyecto político capaz de modificar el ánimo del país. Y esa diferencia es relevante, porque una cosa es gobernar evitando que las cosas empeoren y otra muy distinta es generar la percepción de que viene una etapa mejor.

En política, las expectativas importan tanto como los resultados concretos. Los gobiernos resisten errores, conflictos e incluso malos momentos económicos cuando la ciudadanía siente que existe dirección, propósito u horizonte. El problema aparece cuando esa expectativa comienza a diluirse. Ahí el desgaste se acelera.

No necesariamente porque estalle una gran crisis, sino porque se instala algo más silencioso: la sensación de rutina, de administración permanente y de falta de impulso político. El gobierno deja de ser visto como una fuerza de cambio y empieza a percibirse como una estructura dedicada únicamente a contener problemas.

Y cuando un gobierno deja de movilizar emocionalmente a sus propios adherentes, incluso sus logros pierden capacidad de convertirse en capital político.

El gobierno del orden que dejó de sorprender

Parte importante del triunfo de José Antonio Kast se construyó sobre una promesa muy clara: recuperar control.

Control del orden público, de la frontera, del gasto fiscal, de la autoridad política y también de una economía que venía golpeada por años de incertidumbre. El problema es que gobernar desde el orden tiene una limitación estructural: estabilizar no necesariamente entusiasma.

Una vez que la emergencia deja de dominar la agenda, la ciudadanía comienza a preguntar algo distinto:
¿Y ahora qué? Ahí aparece el vacío.

Porque el gobierno ha mostrado capacidad para contener conflictos, pero todavía no logra instalar una narrativa de transformación. No hay una reforma emblemática que reorganice el debate público. Tampoco una épica política capaz de proyectar una idea de futuro.

La administración avanza, pero no emociona.

La economía mejora más lento que la paciencia social

En el oficialismo reconocen otro problema delicado: la macroeconomía puede estabilizarse antes que el ánimo de las personas.

La inflación puede moderarse y algunas cifras fiscales pueden ordenarse. Incluso la inversión podría comenzar lentamente a reactivarse. Pero nada de eso garantiza sensación de bienestar inmediato.

El ciudadano común sigue enfrentando créditos caros, salarios tensionados, consumo débil, incertidumbre laboral y una percepción persistente de inseguridad.

En sectores políticos y económicos existe otra preocupación, menos declarada pero más pragmática: cuando la ciudadanía percibe que el esfuerzo cotidiano no mejora su situación material, la estabilidad política comienza lentamente a erosionarse.

Porque la macroeconomía puede ordenarse sobre el papel mientras persiste una sensación social de estancamiento. Y ahí aparece un riesgo que Chile ya conoció: el desacople entre los indicadores técnicos y la experiencia cotidiana de las personas.

El problema para cualquier gobierno no es solamente la cifra económica. Es lo que ocurre cuando una parte importante de la población deja de creer que el sistema está funcionando para ella. En ese momento, la discusión técnica deja de contener el malestar político.

La paradoja de Kast

Existe además una contradicción más profunda.

Kast construyó liderazgo desde la confrontación con el sistema político tradicional. Desde afuera, interpretando frustración, enojo y cansancio con las élites. Pero gobernar obliga precisamente a entrar en la lógica institucional que antes criticaba: Negociar, administrar, ceder, priorizar.

Eso inevitablemente desmoviliza parte de la energía original que impulsó su ascenso. La paradoja es evidente: mientras más gobierna, más se parece a aquello que prometía reemplazar.

El riesgo que preocupa en La Moneda

En sectores del oficialismo comienza a instalarse una preocupación menos visible y soterrada, pero políticamente delicada: que el gobierno entre demasiado pronto en una lógica de administración rutinaria, sin capacidad de marcar una dirección política clara.

No se trata necesariamente de un gobierno en crisis ni de que esté enfrentado a un rechazo masivo. El riesgo es otro: que pierda centralidad. Que deje de ser percibido como un proyecto capaz de empujar cambios relevantes y pase a funcionar únicamente como una estructura dedicada a gestionar contingencias, ordenar variables y contener conflictos.

Ese escenario suele ser más complejo de revertir que una crisis puntual. Porque cuando un gobierno deja de generar expectativa, el desgaste deja de depender exclusivamente de errores políticos o malas cifras económicas. Empieza a instalarse algo más profundo: la desconexión emocional entre el poder y la ciudadanía.

Y cuando esa distancia se consolida, incluso los logros terminan perdiendo impacto político.