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Encíclicas, progreso y política

Por Claudia Awad, abogado | OPINIÓN

Mucho se ha escrito sobre la primera encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas, y mucho se seguirá escribiendo. Para entender su importancia conviene partir por lo básico: una encíclica es una carta que el Papa dirige a la Iglesia Católica, pero dado que aborda temas de relevancia universal —la economía, la política, la organización social, la dignidad humana— una persona reflexiva, aunque no sea católica, no debería descartar su contenido por razones ideológicas.

¿Por qué debería interesarle a alguien que no comparte la fe? Porque sea cual sea la opinión que se tenga sobre la Iglesia, no puede ignorarse que es la institución con mayor continuidad en la historia: dos mil años estudiando, reflexionando, debatiendo y documentando sobre el ser humano, su naturaleza y las circunstancias que lo rodean. Y en ese recorrido, ha advertido con frecuencia —antes que otros— los riesgos que ciertas ideas o sistemas representan para la dignidad de las personas. En esa reflexión acumulada hay una sabiduría y un conocimiento que puede ofrecer herramientas para discernir, sea uno creyente o no.

La preocupación central de la Iglesia es la salvación de las almas, y su mensaje es que eso solo es posible siguiendo a Jesucristo. Pero eso no la mantiene al margen de los asuntos del mundo, sino todo lo contrario: la obliga a pronunciarse. Amar al prójimo no es solo un sentimiento; es un mandato que tiene consecuencias concretas, incluso en cómo se vota y a quién se elige. Por eso la Iglesia orienta el actuar de sus fieles hacia el bien propio y al bien común, y en esa orientación ha dicho cosas mucho antes de que los propios gobernantes se atrevieran a decirlas. La participación en la vida pública no es ajena a la fe: debe ser coherente con ella.

La encíclica que cambió la historia

La encíclica pionera en reflexionar sobre los temas sociales, y que dio origen a lo que hoy se conoce como la Doctrina Social de la Iglesia, fue la Rerum Novarum —«Asuntos nuevos»— del Papa León XIII, publicada en 1891. Su preocupación central era la llamada «cuestión social»: la precaria situación de los trabajadores devastados por la Revolución Industrial. Jornadas de doce a dieciséis horas, trabajo infantil, salarios miserables, ausencia total de protección ante accidentes o enfermedades. El mercado era libre; las personas, no.

La Rerum Novarum fue pionera en crear conciencia entre políticos y autoridades sobre el desamparo en que vivían millones de personas, y en denunciar que esa situación no era un accidente sino el resultado de poner la ganancia por sobre la dignidad humana. Hoy se cree que esa denuncia es patrimonio de tal o cual partido político. Lo cierto es que fue la Iglesia quien alzó la voz primero, cuando alzarla no era conveniente ni popular entre las élites que llenaban sus bancas. Y ese llamado, cuando fue escuchado, comenzó a producir cambios lentos pero reales en beneficio de los trabajadores.

Chile no fue la excepción. En nuestro país, ese eco llegó pronto y de manera concreta. En 1903, el diputado Alejandro Huneeus presentó ante la Cámara una moción de ley de descanso dominical. En el contexto de la época los obreros, especialmente los que trabajaban en las salitreras y minas del norte, vivían en condiciones que hoy calificaríamos sin dudarlo como infames.

Lo notable es que, en la propia moción, el diputado Huneeus dejó explícita la fuente de su inspiración. Señaló textualmente que se debía atender «la condición de los obreros chilenos protegiendo y defendiendo con energía sus verdaderos intereses morales, económicos y materiales, siguiendo en esto las sabias y paternales enseñanzas del Pontífice Inmortal León XIII, gloria de dos siglos y de la humanidad entera».

No es una cita menor. Es un parlamentario chileno reconociendo ante el Congreso, en 1903, que la doctrina papal era la brújula moral que orientaba su propuesta legislativa. Once años después, en 1914, se promulgaría la Ley de la Silla, primer hito formal de la legislación laboral chilena, que consagraba algo tan básico como el derecho de los empleados del comercio a tener un asiento durante su jornada.

Lo que la historia suele olvidar

En el debate político contemporáneo se disputa el mérito histórico de la defensa del trabajador. Pero la historia registra algo distinto: fue la Iglesia Católica, a través de su Doctrina Social, la que articuló primero y con mayor claridad la defensa de la dignidad del trabajador como imperativo moral, no como estrategia electoral.

La Rerum Novarum no fue un documento de campaña. Fue la voz de una institución que no necesitaba votos para hablar, y que eligió ponerse del lado de los que menos tenían cuando ese gesto no le reportaba ningún beneficio político.

Esa Iglesia, la que alzó la voz antes que los partidos, antes que los sindicatos y antes que los Estados, merece ser recordada con honestidad: como una madre que vio el sufrimiento de sus hijos y no se quedó callada. Que, en el siglo XIX, cuando nadie más lo hacía, le dijo al mundo que un obrero no es una herramienta, que un trabajador tiene dignidad, que hay algo en el ser humano que ningún salario puede comprar ni ninguna jornada puede agotar.

Eso no es política. Es amor. Y el amor, cuando es verdadero, transforma.