Por José Santelices | ANÁLISIS
La relación Chile-Rusia debe mirarse como una señal de realismo estratégico. En un mundo fragmentado, Chile necesita más vínculos, más mercados y menos reflejos ideológicos.
La celebración del Día Nacional de Rusia en Santiago, realizada la semana pasada, dejó una señal que va más allá del protocolo diplomático.
Chile y Rusia mantienen una relación con historia, comercio, cultura y espacios de cooperación. No es el vínculo central de la política exterior chilena, pero tampoco es irrelevante. Rusia es una potencia de primer orden.
Tiene peso nuclear, energético, militar, territorial, científico y diplomático. Es miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU y actor decisivo en Eurasia, Medio Oriente, el Ártico, el mercado energético y el equilibrio global.
Un país como Chile no puede darse el lujo de mirar esa realidad con prejuicio ni con ingenuidad. La política exterior no consiste en simpatías. Consiste en intereses.
El valor del pragmatismo
Chile es un país pequeño, abierto y exportador. Su margen de influencia global es limitado, pero su exposición al mundo es enorme. En ese contexto, necesita una diplomacia pragmática.
Eso significa mantener buenas relaciones con Estados Unidos, China, Europa, América Latina y también con potencias como Rusia, no por adhesión ideológica ni por romanticismo geopolítico, sino por interés nacional.
En un mundo donde las grandes potencias compiten, sancionan, presionan y reorganizan cadenas comerciales, Chile debe evitar quedar atrapado en alineamientos automáticos. La autonomía no se declama, se practica. Y una forma concreta de practicarla es mantener canales abiertos con actores relevantes, incluso cuando el escenario internacional se vuelve complejo.
Comercio, alimentos y oportunidades
La relación con Rusia tiene una dimensión comercial que Chile debería mirar con más seriedad. Productos del mar, frutas, vinos y alimentos chilenos tienen espacio en mercados que valoran calidad, estabilidad y abastecimiento.
En un país que necesita crecer más, exportar más y diversificar destinos, cerrar puertas por reflejo político sería una torpeza.
Chile ha construido durante décadas una política comercial abierta. Esa apertura no puede depender de modas ideológicas ni de presiones coyunturales.
Si un mercado es útil y compatible con los intereses nacionales, debe ser evaluado con criterio económico y estratégico, no con consignas. El mundo ya no funciona bajo la ilusión de una globalización ordenada y neutral. Hoy los mercados también son espacios de poder. Por eso diversificar vínculos no es solo una decisión comercial: es una decisión de seguridad económica.
Principios e intereses no son enemigos
Defender el derecho internacional no obliga a renunciar al realismo. Chile puede sostener posiciones diplomáticas claras y, al mismo tiempo, mantener relaciones comerciales, culturales y políticas con países relevantes.
Esa es precisamente la diferencia entre una política exterior adulta y una política exterior testimonial. Los países serios no rompen vínculos cada vez que el mundo se vuelve difícil.
Los países serios administran tensiones, protegen intereses, conservan canales y actúan con visión de largo plazo.
Chile no debe convertirse en satélite emocional de ninguna potencia y tampoco debe confundir prudencia con irrelevancia.
Una política exterior madura requiere entender que el mundo no se divide entre países cómodos e incómodos, sino entre actores que importan y actores que no importan. Rusia importa.
Una oportunidad para pensar en serio
La relación Chile-Rusia obliga a discutir algo más grande que una recepción diplomática. Obliga a preguntarse si Chile tiene una estrategia internacional propia o si simplemente reacciona a los climas políticos del momento.
El país necesita mercados, necesita inversión, necesita cooperación científica. También necesita vínculos antárticos, energéticos, culturales y comerciales. Y necesita, sobre todo, una política exterior menos provinciana.
El siglo XXI está siendo más duro, más competitivo y menos sentimental que el mundo al que Chile se acostumbró. En ese escenario, relacionarse con Rusia es parte de una diplomacia pragmática.
Chile no debe elegir sus vínculos desde la simpatía ni desde la presión externa. Debe hacerlo desde una pregunta mucho más simple y mucho más seria: qué conviene al interés nacional.