Por América Antilao | OPINIÓN
América Antilao relata su encuentro con el subsecretario de Agricultura y cuestiona una política que, a su juicio, mantiene a los productores dependiendo de bonos mientras se evita enfrentar el verdadero problema: precios que no permiten vivir del trabajo.
Hace poco les escribí. Les dije: gracias por la tierra, ahora hablemos del precio. Hoy les escribo de algo que viví, porque esta vez no lo vi en las noticias. Estuve ahí.
Junto a un grupo de dirigentes de Agricultores Unidos Fuimos recibimos en Temuco al subsecretario de Agricultura, Francesco Venezian. Llevamos un ataúd para simbolizar que adentro iba la agricultura de toda la vida: el trigo, la leche, las papas. Lo que ponemos en la mesa.
Íbamos con un sueño: salir de la mano tendida, dejar de depender de un bono, encontrar soluciones estructurales, que nos paguen justo por lo que trabajamos y caminar con nuestras propias piernas. Eso es lo que quiere la gente del campo. No limosna. Dignidad.
Le pedimos una cosa clara: que se acabe el abuso, que al que produce no le sigan pagando una miseria. Y entonces el subsecretario habló, como si fuera representante de un gobierno de izquierda: ofreció subsidios. Más bonos. Más de esa ayuda asistencial que justamente queremos dejar atrás.
Ahí me acordé de las palabras del Presidente. Parada en la calle, escuchándolo, me acordé de que el mismo José Antonio Kast, cuando andaba en campaña, dijo una frase fuerte: «el asistencialismo es la esclavitud moderna». Dijo que al más chico hay que ayudarlo, pero «no necesariamente con subsidios». Y dijo que hay que «abrir nuevos mercados».
Yo creo que tenía toda la razón. Esa frase es nuestro sueño dicho con otras palabras, salir de la esclavitud moderna. Soltarnos la mano. Pero ahí, escuchando al subsecretario ofrecer más bonos, sentí que el sueño se nos diluía. Porque nos ofrecían justo lo contrario de lo que el Presidente prometió.
Y acá viene lo que da rabia. Porque ellos saben cuál es el problema. Lo saben perfectamente. Es el precio, la forma en que se impone. Pero el problema no lo quieren arreglar.
Te lo explico como funciona de verdad. Si el precio no alcanza, tu campo no da. Y si tu campo no da, el banco no te presta. El banco no es tonto. Mira los números y ve que con ese precio no se puede vivir.
¿Y qué hacen, en vez de arreglar el precio? Te pasan un bono. Ese bono te mantiene vivo. Apenas, pero vivo. Y agárrate, porque acá viene lo absurdo. Para que el banco después te preste, tendrías que sumar ese bono como si fuera parte del precio. Hacer de cuenta que la limosna es tu sueldo.
¿Te das cuenta de la trampa? El problema es el precio. Ellos lo saben. Pero en vez de arreglarlo, te dejan colgando de un bono. Y encima te obligan a mostrar ese bono como si fuera ganancia, para disimular el hoyo que ellos mismos no quieren tapar. Eso no es ayudarte. Eso es amarrarte a una cuerda, para siempre. Y la verdad, da rabia.
Y todavía falta lo que más duele. ¿Quién paga el subsidio que te mantiene amarrado? Usted. Lo pagamos todos, porque sale de los impuestos. Y el más parejo es el IVA, ese 19% que va metido en el pan que compramos todos los días. Ese impuesto le pega más fuerte al que menos tiene.
Imagínate el cuento completo. La señora de la población paga el IVA del pan. Con esa plata se arma el bono. Y ese bono sirve para tapar un precio malo que ellos no quieren arreglar. ¿Hasta cuándo nuestra gente va a pagar el subsidio con el IVA del pan que compra?
Y mira lo que dejan entrar
Y te doy un ejemplo que da todavía más rabia. ¿Te acuerdas de la remolacha? Cientos de familias del sur vivían de ella. Este año se quedaron sin contrato. Sin pega. La planta ahora va a trabajar con azúcar traída de afuera.
¿Y de dónde viene buena parte de esa azúcar? De la caña de Guatemala. Y agárrate: esa caña está en una lista que hizo el propio Estados Unidos, de productos fabricados con trabajo forzoso. O sea, gente obligada a trabajar, casi como esclava.
Léelo de nuevo, porque es fuerte. Dejamos botada a nuestra gente de la remolacha. Y la reemplazamos por azúcar manchada con trabajo forzoso de otro país. Eso no es un buen negocio. Es una vergüenza. Y ojo: no es contra el trabajador guatemalteco, que es la víctima. Es contra el abuso que lo obliga, y contra los que acá hacen la vista gorda.
Le tienen miedo a uno, pero no a lo otro
Y acá está lo que no me cabe en la cabeza. A nuestro gobierno le da susto lo que diga Estados Unidos. Cuando allá hablan de ponernos un impuesto, todos corren preocupados. Pero esa misma azúcar que ellos señalan por trabajo forzoso, acá la dejamos entrar tranquilos.
Te lo digo simple. Le tienen miedo a Trump, pero no le tienen miedo a dejar sin pan a nuestra gente. Y eso hay que decirlo derecho. Nosotros también sabemos dónde están los problemas. Los tenemos anotados, con nombre y con dato. Y los vamos a mostrar, acá y donde haya que mostrarlos.
El sueño todavía está vivo
Pero no les escribo para que nos tengan pena. Les escribo porque el sueño sigue vivo y tiene una salida simple: emparejar la cancha. Que muchos compitan por comprarnos la leche y el trigo. Ese día el precio justo hace solo la pega. No hace falta ningún bono, y el banco te presta porque tu campo sí da.
Porque hoy la cancha está torcida. Por el mismo litro de leche, al productor de afuera le pagan más que al de acá. Y el de afuera viene con ayuda de su gobierno. Así no se puede competir. Y al que produce acá lo aprietan por los dos lados: el trigo se lo pagan entre 5% y 12% menos que el año pasado, y el abono, la urea, le subió como 70%.
Emparejar la cancha no es cerrar el mercado. Es ordenarlo. Es que el trabajo de acá valga lo mismo que el de afuera. Y que no entre lo que se hace pisoteando a la gente. Eso sí es salir de la esclavitud moderna.
Quiero terminar con un gracias de verdad. Mucha gente se ha sumado a Agricultores Unidos y nos cuenta lo que pasa en su tierra. Agricultores. Trabajadores del campo. Y también los pequeños empresarios de los pueblos, que viven de lo mismo. Cada dato sirve. Cada uno suma. Sigamos. Cuéntale a tu vecina. Compártelo.
Le agradecemos la tierra, señor Presidente. Y le creímos cuando habló de salir de la esclavitud moderna. Hágalo realidad. Nivele la cancha. Ese día no vamos a necesitar que nadie nos tienda la mano. Vamos a caminar solos.