Editorial | OPINIÓN
Mientras el campo advierte una crisis de precios, concentración e importaciones, la respuesta oficial sigue atrapada en ceremonias, comités y subsidios. El resultado es un contraste incómodo: el banquete institucional y el velorio productivo del mundo rural.
En el Quijote hay un episodio donde unos duques entretienen a don Quijote y a Sancho con un caballo de madera llamado Clavileño. Les hacen creer que vuela, pero nunca despega. Todo es una puesta en escena.
Esta semana fue difícil no acordarse de ese episodio.
El velorio y el banquete
Hace pocos días, Agricultores Unidos dejó un ataúd frente a la Seremi de Agricultura en Temuco. Adentro iban leche, papas y lupino. El mensaje era simple: la agricultura tradicional se está muriendo, y no por falta de esfuerzo.
Mientras eso ocurría, en Osorno se desarrollaba el principal congreso lechero del país. Más de 600 asistentes, cena de gala, concurso nacional de quesos, maridajes, reconocimientos y una charla motivacional del primer chileno en llegar al Everest.
Lo paradójico es que en ese mismo encuentro se expusieron cifras inquietantes. El precio real pagado al productor cayó 1,8% en 2025 hasta los $447 por litro. Entre un 2% y un 3% de las lecherías cierran cada año. Chilolac apagó sus máquinas en Chiloé después de medio siglo de historia. Y los compradores de leche pasaron de 13 a 9 en apenas una década. En la misma sala convivían el banquete y el velorio.
Mientras tanto, el Ministerio de Agricultura difundía su gran exposición anual con más de cien charlas en línea. Y en Santiago, la Sociedad Nacional de Agricultura creaba un nuevo Comité Ganadero Bovino y proponía instaurar un Día Nacional de la Carne Chilena.
La idea sería entrañable si no fuera por un detalle incómodo: según ODEPA, la producción nacional cubre apenas un tercio de la carne que consumimos. Los otros dos tercios llegan desde el extranjero. En 2024 ingresaron al país cerca de 288 mil toneladas de carne bovina importada.
Cintas que se cortan, comités que se crean y días que se celebran. El castillo de los duques funcionando a plena capacidad.
El llamado al orden que se prometió
Y aquí aparece algo desconcertante. A este castillo se suponía que alguien venía a llamarlo al orden.
El Presidente José Antonio Kast construyó parte de su triunfo hablando de sentido común, esfuerzo y mérito. En el Salmón Summit fue especialmente claro cuando afirmó que «el asistencialismo es la esclavitud moderna» y que a los más pequeños había que ayudarlos no necesariamente con subsidios, sino permitiéndoles trabajar y abrir mercados.
Muchos en el campo le creyeron: por fin alguien se haría cargo de los dos Chiles que conviven hace años, el 5% que vive del rito, la foto, el seminario y el presupuesto; y el 95% que produce, transporta, comercia y trabaja.
¿Y qué recibió el campo cuando fue a Temuco a hablar de precios, concentración e importaciones? Más subsidios, más programas, más fomento. Más de lo mismo, soluciones propias de una economía centralmente planificada. Nada muy «republicano».
Un productor lo resumió en una frase demoledora: «Ni el gobierno de Gabriel Boric se atrevió a tanto asistencialismo». El mismo asistencialismo que se denunció en campaña hoy aparece como respuesta.
El mismo asistencialismo que se le reprochaba a Michele Bachelet, hoy se impone a la voluntad de buscar soluciones estructurales a un problema de impacto social.
Clavileño, otra vez, no despegó.
El tiempo del castillo no es el tiempo del camino
El campo no vive en el castillo, lo hace en el camino.
En la temporada que se siembra o no se siembra; en el camión que sale o no sale; en el pueblo que mantiene el empleo o lo pierde.
Por eso hay que repetirlo una vez más: el campo no pide más subsidios. Tampoco pide más comités ni más días conmemorativos. Pide exactamente lo que se le prometió: que se nivele la cancha, reglas parejas, competencia real, ¡como si viviéramos en una economía de mercado!
Se requiere transparencia sobre quién gana en cada eslabón de la cadena. Y que los productos importados no compitan con ventajas que el productor chileno jamás podría tener.
Nada de eso se resuelve en el banquete. Tampoco las soluciones están en una ceremonia. Todo eso exige bajar del castillo y salir al camino.
Lo que de verdad inquieta al palacio
Hay un último detalle que lo resume todo. Según los propios dirigentes de Agricultores Unidos, después de la manifestación en Temuco, Carabineros se acercó a preguntar por el ataúd, en distintas regiones y a diferentes dirigentes.
Vale la pena detenerse un segundo en esa imagen. Por el precio de la leche, nadie bajó al camino; por la remolacha que desaparece, nadie bajó al camino; por los pueblos que pierden actividad económica, nadie bajó al camino. Por un cajón de madera, sí.
A los señores del castillo parece inquietarlos más el símbolo que la realidad que ese símbolo denuncia.
Y ese es, precisamente, el problema. Porque cuando finalmente decidan abandonar el banquete y mirar el camino, tal vez descubran que el campo que decían representar ya no está ahí.