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UDI: Longueira vuelve para que Kast no se quede con la derecha popular

Por José Santelices | OFF THE RECORD

El acuerdo que instalaría a Jorge Alessandri como presidente de la UDI y a Pablo Longueira como secretario general no es solo una salida de unidad. Es una operación de sobrevivencia política: el partido intenta recuperar identidad, territorio y peso propio antes de quedar reducido a comparsa del gobierno republicano.

Una lista única para evitar una guerra interna

La UDI encontró una salida elegante para un problema incómodo: Jorge Alessandri será el candidato a la presidencia del partido y Pablo Longueira irá como secretario general. La fórmula ordena la interna, evita una competencia áspera y permite mostrar unidad justo cuando la derecha gobierna desde La Moneda.

El acuerdo no solo busca evitar una pelea. Busca impedir que la UDI siga perdiendo densidad en una derecha donde José Antonio Kast y el Partido Republicano ocupan hoy el centro emocional, discursivo y electoral del sector. Ese es el punto de fondo.

La UDI no está discutiendo simplemente quién administra el partido. Está discutiendo si todavía tiene algo propio que ofrecer en una derecha que ya no necesita pedirle permiso para hablar de orden, seguridad, autoridad, valores o mano dura.

Antes, esos temas eran parte del patrimonio natural del gremialismo, pero hoy tienen otro dueño político. Y eso explica el retorno de Longueira.

Longueira no vuelve por nostalgia

Pablo Longueira no vuelve porque extrañe la vida partidaria. Vuelve porque entiende que la UDI corre el riesgo de convertirse en una sigla disciplinada, útil para votar proyectos, ordenar bancadas y sostener al gobierno, pero cada vez menos relevante para definir el sentido político de la derecha.

Longueira representa una UDI que alguna vez tuvo calle, población, dirigentes sociales, municipios, redes territoriales y una narrativa popular de derecha. Esa UDI podía hablarle al comerciante, al poblador, al dirigente vecinal, al trabajador informal y al pequeño emprendedor sin sonar como una derecha puramente empresarial o parlamentaria. Esa fue parte de su fuerza histórica.

Hoy esa conexión está erosionada. El Partido Republicano capturó buena parte del malestar conservador y del reclamo por orden. Kast convirtió el lenguaje de la seguridad y la autoridad en una identidad presidencial. Y la UDI quedó en una posición incómoda: demasiado tradicional para ser novedad, demasiado institucional para ser rabia y demasiado oficialista para marcar diferencia.

Ahí Longueira aparece como un intento de recuperar músculo. No vuelve para decorar la mesa. Vuelve para recordar que la UDI alguna vez fue una máquina política territorial y no solo una bancada bien comportada.

Alessandri es la cara presentable del nuevo equilibrio

Jorge Alessandri cumple otra función. Es la cara institucional, parlamentaria y ordenada de la operación.

Como presidente de la Cámara de Diputados, tiene exposición, manejo político y una imagen menos áspera que la de los viejos coroneles. Puede hablar con el gobierno, con el Congreso y con el mundo más amplio de la derecha sin provocar el ruido que todavía genera Longueira.

La fórmula es evidente: Alessandri contiene hacia afuera; Longueira reordena hacia adentro. Uno ofrece gobernabilidad y el otro ofrece identidad. El diputado proyecta lealtad al gobierno; el ex senador intenta evitar que esa lealtad se convierta en subordinación.

Porque ese es el dilema central de la UDI en el ciclo Kast: cómo apoyar a un gobierno de derecha sin ser absorbida por el partido del Presidente.

La frase de Alessandri sobre que a Kast le tiene que ir bien resume una parte del problema. Por supuesto que a la UDI le conviene que al gobierno le vaya bien. Pero si el éxito de Kast fortalece solo a Republicanos, la UDI puede terminar celebrando una victoria ajena. Ese es el riesgo.

La UDI ya no conduce sola a la derecha

Durante décadas, la UDI fue mucho más que un partido: fue una escuela de poder, formó cuadros, construyó municipios, ordenó parlamentarios, instaló narrativa y disciplinó a la derecha cuando la derecha todavía tenía pudor de sí misma.

Eso cambió. Hoy la derecha tiene un Presidente republicano, una narrativa más dura, una base electoral que no depende de Chile Vamos y una generación de votantes que no necesariamente ve a la UDI como el eje natural del sector. La pregunta que cruza al gremialismo es brutal: ¿para qué sirve la UDI si Kast ya ocupa el lugar que antes ella reclamaba?

No basta con decir experiencia, no basta con decir lealtad ni basta con decir identidad.

El partido necesita demostrar que puede aportar algo que Republicanos no tenga: estructura, territorio, oficio legislativo, conexión social y capacidad de transformar un gobierno de emergencia en una coalición de largo plazo.

Si no logra eso, quedará atrapado en un papel secundario: acompañar, ordenar, votar y aplaudir. Ese no es liderazgo sino simple administración de relevancia perdida.

El memorial de Jaime Guzmán como mensaje interno

Que el anuncio se vincule al Memorial de Jaime Guzmán no es un detalle menor. Es una forma de hablarle a la militancia desde el origen, desde la épica fundacional y desde la idea de que el partido debe volver a sus raíces.

Pero ahí también hay una trampa. Las raíces pueden ordenar, pero no reemplazan una estrategia. La UDI no resolverá su crisis solo invocando a Jaime Guzmán ni hablando de “UDI Popular” si no logra reconstruir presencia real en los lugares donde antes fue fuerte.

La derecha popular no se recupera con liturgia interna. Se recupera con organización, conflicto, agenda social y presencia sostenida. Se recupera disputando barrios, comunas, sindicatos, ferias, juntas de vecinos y organizaciones donde hoy la política tradicional llega tarde o no llega.

Longueira lo sabe. Por eso su rol como secretario general puede ser más relevante que la presidencia formal. Desde ahí puede intentar rearmar la máquina, reconectar con bases y empujar una UDI menos cómoda con ser simple soporte del oficialismo.

El problema de fondo

La UDI está frente a una decisión estratégica.

Puede transformarse en el partido leal del gobierno Kast: ordenado, disciplinado, institucional y útil. O puede intentar algo más difícil: recuperar identidad propia dentro de una derecha que ya tiene un nuevo centro de gravedad.

El acuerdo Alessandri-Longueira intenta hacer ambas cosas al mismo tiempo. Pero esa fórmula tiene tensión interna.

Si la UDI se acerca demasiado a Kast, se diluye. Si se distancia demasiado, aparece como desleal. Si se queda solo en la nostalgia, envejece. Si intenta competir con Republicanos en dureza, pierde autenticidad. Si se refugia en el Congreso, abandona ‘el territorio’. Ese es el laberinto gremialista.

La lista única ordena la elección interna, pero no resuelve la pregunta política de fondo: si la UDI todavía quiere conducir a la derecha o si ya aceptó ser el partido adulto que administra el poder que otros conquistaron.

Longueira vuelve porque intuye el peligro y Alessandri asume porque entiende que la UDI necesita parecer moderna sin romper con su pasado. La pregunta es si esa mezcla alcanza.

Porque el verdadero problema de la UDI no es quién preside el partido. Es si todavía tiene fuerza para evitar que Kast se quede con la derecha popular, con la derecha dura y, finalmente, con la derecha completa.