Por Camilo Guzmán, Agricultores Unidos | OPINIÓN
El jueves de la semana pasada Fedeleche hablaba de crisis; pocos días después, su presidente la desmentía. Entremedio no cambiaron los números: cambió el tono. Vale la pena preguntarse por qué.
Hace unos días la noticia decía “crisis”. El presidente de Fedeleche, Marcos Winkler, advertía que entre 80 y 100 lecherías cierran cada año en Chile: un 2% a 3% de los productores que se va y no vuelve. Lo recogió Emol. El dato es duro y es verdadero.
Pocos días después, el mismo dirigente se sentó en una radio y desmintió su propia alarma. Dijo, textual, que “el sector lechero no está en crisis”, que es un rubro “en movimiento”, “en crecimiento”. El cierre de lecherías pasó de ser una crisis a ser, apenas, algo que “uno lamenta”.
Uno se pregunta qué cambió entre una declaración y la otra. Los números no cambiaron. Las lecherías que cerraron no reabrieron en 48 horas. Lo único que cambió fue el tono.
Quién paga la cuenta de Fedeleche
Para entender el cambio de tono tal vez hay que mirar de dónde sale la plata de Fedeleche. Y eso no es opinión: está en documentos públicos del Tribunal de Defensa de la Libre Competencia.
Fedeleche demandó a las tres grandes procesadoras, Nestlé, Watt’s y Prolesur, por atentar contra la libre competencia. Hasta ahí, el gremio defendía al productor. Pero esos juicios no terminaron en sentencia: terminaron en acuerdos. Y en esos acuerdos las mismas empresas demandadas empezaron a pagarle a Fedeleche y a sus asociaciones.
Nestlé: 500 UF al mes, por hasta diez años, más un pago único de cierre. Watt’s: un peso veinte por cada litro de leche comprada, por diez años. Prolesur: un bono equivalente, renovable. El que demandaba pasó a cobrar. El que fiscalizaba pasó a depender.
El que paga, manda
No hace falta suponer mala fe de nadie y tampoco está en nuestro ánimo hacerlo. El punto es más simple y más incómodo: ningún gremio puede representar de verdad al productor cuando su ‘sueldo institucional’ lo firma la empresa que le compra la leche a ese productor. La estructura de incentivos hace el resto.
Por eso, cuando una noticia dice “crisis”, al que paga no le conviene. Una industria “en crecimiento, en movimiento” es mejor titular para quien compra barato. Y al gremio financiado le toca salir a poner paños fríos. No sabemos si sonó el teléfono, pero sí sabemos quién pone la plata.
El precio no se negocia: se informa
Y aquí está el corazón del asunto, el que casi nunca se nombra. Cuando un productor de trigo o de maíz vende, mira un precio de referencia: hay una bolsa, un mercado, un número público contra el cual discutir. El que entrega leche no tiene eso. A fin de mes le llega una pauta de precios impuesta por la misma empresa que le compra, armada con una fórmula que él no vio, no negoció y no puede revisar.
No es un precio de mercado: es un precio comunicado. El productor lo toma, o se queda con la leche en el estanque, que es lo mismo que botarla. Y cuando el que impone el precio es además el único comprador en muchos kilómetros a la redonda, esa pauta deja de ser una oferta: pasa a ser una orden.
Por eso la palabra que importa no es “precio bajo”, sino opacidad. Mientras la formación del precio al productor siga siendo una caja negra, da lo mismo cuánto crezcan las exportaciones o el consumo: el que produce nunca sabrá si lo que recibe tiene que ver con el valor real de su leche o solo con lo que el comprador decidió pagarle.
Hay que separar dos mundos
Lo más serio es lo que el discurso del “todo va bien” tapa. Sí, la recepción nacional de leche crece. Pero hay que separar dos mundos. Está COLUN, la cooperativa cuyos dueños son los propios productores, que concentra cerca de un tercio de la leche del país y crece año a año. Y está el resto: el mercado donde el productor solo vende, sin ser dueño de nada.
En ese segundo mundo, descontada COLUN, las tres procesadoras que financian a Fedeleche compran cerca de 7 de cada 10 litros. Son Nestlé, Watt’s y Prolesur: las mismas que el gremio demandó, luego concilió, y que hoy le pagan a quien debería fiscalizarlas. Donde el productor es dueño, el negocio crece; donde solo vende, el mercado lleva años estancado.
Y el resultado de años de este modelo se cuenta solo. Hace una generación, Chile tenía más de 11 mil lecherías entregando leche a la industria. Hoy el propio Fedeleche reconoce que quedan entre 2.500 y 2.800, y que cada año cierran entre 80 y 100. Si nada cambia, en una década habremos bajado de las dos mil. No es una crisis de fin de semana: es un desmantelamiento lento, parejo y anunciado. Y la leche que dejamos de producir la traemos de afuera: hace quince años Chile producía más de la que consumía; hoy depende de la importación para llenar la góndola.
Eso no es un problema solo del campo. Cuando cierra una lechería se pierde empleo en el pueblo, sube el costo de la comida que llega a la mesa y el país queda más dependiente de la leche de otros. Esa cuenta la pagamos todos los chilenos.
Le pedimos al Gobierno que actúe
Que quede claro: el problema no es el libre mercado. Al revés. No hay libre mercado donde el precio lo impone una sola de las partes y nadie de afuera puede revisarlo. Lo que hay es una cancha torcida y, además, un árbitro -el gremio que debería representar al productor- que está en la planilla de la contraparte.
Por eso esta vez no le hablamos solo al gremio: le hablamos al Gobierno. No pedimos subsidios ni cerrar ninguna frontera. Pedimos lo que es, exactamente, su tarea: transparencia en cómo se forma el precio que se le paga al productor, y que las herramientas que el Estado ya tiene para corregir el abuso de poder de compra se usen, en lugar de juntar polvo.
El Gobierno lleva años mirando para el lado, tranquilo con el titular de las exportaciones que suben. Pero detrás de ese titular hay miles de familias que cerraron el estanque para siempre. Dejar de mirar para el lado y hacer lo que hay que hacer no es intervenir el mercado: es lo único que lo vuelve un mercado de verdad.
Si usted conoce a un productor de leche, pregúntele una sola cosa: si alguna vez pudo discutir el precio de su leche, o si solo se lo informaron. La respuesta lo dirá todo. Porque la pregunta de fondo ya no es para Fedeleche: es para la autoridad. ¿Hasta cuándo mirar para el lado?