Dólar observado: CLP$ 926 | Unidad de fomento (UF): CLP$ 40.839 | Indice de Precios al Consumidor (IPC): -0.2%

China y Taiwán: el Pacífico entra en su fase más peligrosa

Por José Santelices, periodista y analista político | ANÁLISIS

Beijing no necesita invadir Taiwán para cambiar el equilibrio regional. Le basta con normalizar su presencia militar, elevar el costo de la reacción aliada y convertir una de las principales rutas comerciales del mundo en una zona de riesgo permanente.

La amenaza convertida en rutina

El nuevo lanzamiento chino de un misil desde un submarino nuclear hacia el Pacífico, además de ser una demostración de capacidad militar, es una potente señal. Beijing quiere que la región entienda que ya no está limitada a operar cerca de sus costas, ni que su poder naval depende exclusivamente del estrecho de Taiwán o del mar de China Meridional.

La señal llega, además, en un momento de mayor actividad naval china. Taiwán ha advertido un aumento de los movimientos militares en el Pacífico occidental, con formaciones operando más allá de la isla y una presencia creciente de buques militares y guardacostas a lo largo de la primera cadena de islas.

Ese concepto parece técnico, pero ordena buena parte de la rivalidad global.

La primera cadena de islas conecta Japón, Taiwán, Filipinas y Borneo. Para Estados Unidos y sus aliados, es una barrera estratégica que limita la expansión naval china hacia el Pacífico. Para Beijing, es una estructura de contención que debe ser perforada, desgastada y, eventualmente, superada.

La amenaza no está en una fecha marcada en el calendario. Está en que Beijing ya consiguió algo más silencioso: que sus buques, sus misiles y sus patrullas dejen de ser una excepción y pasen a formar parte del paisaje estratégico del Pacífico.

Cuando la demostración de fuerza se vuelve rutina, la crisis deja de anunciarse y se instala definitivamente.

La estrategia de ganar sin disparar

La obsesión occidental con una invasión suele esconder el escenario más probable.

China no necesita lanzar una operación anfibia para modificar el equilibrio regional. Puede avanzar mediante una lógica más lenta, menos espectacular y probablemente más efectiva: presencia constante, patrullas, ejercicios, guardacostas, sobrevuelos, pruebas de misiles y demostraciones de fuerza cada vez menos excepcionales.

Cada nuevo despliegue obliga a Taiwán a responder. Cada patrulla obliga a Japón, Filipinas, Australia o Estados Unidos a monitorear, mover recursos, elevar alertas y ajustar su planificación.

Cada episodio vuelve más caro sostener el statu quo y ese es el objetivo. No necesariamente conquistar Taiwán en una operación rápida, sino erosionar la confianza de sus aliados, elevar los costos de defenderla y convencer a la región de que la presencia china llegó para quedarse.

La coerción más efectiva no siempre es la que destruye. A veces es la que obliga al adversario a vivir permanentemente a la defensiva.

Taiwán como laboratorio de presión política

La dimensión militar tiene un objetivo político.

China busca instalar en Taiwán la sensación de que cualquier decisión relevante puede traer una represalia: ejercicios navales, presión comercial, ciberataques, patrullas de guardacostas, restricciones logísticas o una nueva demostración de fuerza.

No es solo una disputa por territorio sino que es es una disputa por percepción.

Una sociedad que siente que vive bajo amenaza permanente comienza a alterar sus decisiones. Inversionistas postergan proyectos; empresas revisan cadenas de suministro; familias se preguntan por la estabilidad. Los partidos políticos enfrentan presión para moderar posiciones. El costo psicológico se vuelve parte de la estrategia.

Por eso la utilización de guardacostas importa tanto. No son solo buques civiles o administrativos. Son una herramienta para avanzar en la llamada “zona gris”: acciones que no llegan a ser guerra abierta, pero que intentan establecer presencia, jurisdicción y control sin cruzar el umbral de una respuesta militar directa.

China no busca únicamente que Taiwán tema una invasión, sino que pretende que aprenda a convivir con la idea de que Beijing puede intervenir en su espacio marítimo cuando quiera.

El costo de hacer reaccionar a Estados Unidos

La presión china tampoco apunta únicamente a Taipéi. El objetivo mayor es probar la resistencia de Estados Unidos y de la arquitectura de alianzas que Washington ha construido en Asia.

Japón, Australia, Filipinas y, en menor medida, Corea del Sur, observan el mismo fenómeno: una China que no solo moderniza sus fuerzas armadas, sino que comienza a operar con más frecuencia y ambición en espacios donde antes predominaba la presencia estadounidense.

Para Beijing, el éxito no exige derrotar militarmente a Estados Unidos. Le basta con hacer cada vez más costoso contenerlo.

Más patrullas implican más vigilancia. Más ejercicios implican más despliegue aliado. Más tensión obliga a destinar presupuestos, barcos, aviones, inteligencia y capital político a una región donde nadie quiere cometer un error. Ese desgaste importa.

Una potencia no pierde influencia solo cuando es derrotada. También la pierde cuando sostener su posición se vuelve demasiado caro, demasiado riesgoso o políticamente difícil.

China está construyendo precisamente ese escenario. No una guerra inmediata, sino una competencia prolongada donde la reacción estadounidense se vuelve parte del método chino.

El estrecho que sostiene la economía mundial

El estrecho de Taiwán no es solo una frontera política entre Beijing y Taipéi ya que es una de las arterias comerciales más sensibles del planeta.

Por esa zona transita una parte decisiva del comercio marítimo global. Una crisis no tendría que convertirse en guerra abierta para generar efectos económicos graves. Bastaría una cuarentena, un bloqueo parcial, un aumento prolongado de patrullas o un riesgo elevado para los seguros marítimos.

El impacto se sentiría en transporte, energía, manufacturas, componentes tecnológicos y precios. La paradoja es que China también depende de esa ruta.

Una interrupción afectaría sus propios flujos comerciales, sus importaciones energéticas y parte de sus cadenas productivas. Pero esa vulnerabilidad no impide la presión sino que la vuelve más compleja.

Beijing no necesita cerrar el estrecho para alterar el sistema; basta con convertirlo en una ruta impredecible, porque en el comercio global la incertidumbre también se paga.

Chile y el Pacífico que prefiere no mirar

Chile ha construido buena parte de su inserción internacional sobre el Pacífico: tratados comerciales, puertos, exportaciones de cobre, fruta y salmón, y una relación cada vez más intensa con China.

Sin embargo, esa mirada sigue siendo principalmente económica. Se habla poco del riesgo geopolítico que sostiene ese modelo y de lo que ocurriría si la principal ruta marítima de Asia deja de ser estable y predecible.

China es el principal socio comercial de Chile. El vínculo no depende solo de precios o tratados; depende de rutas marítimas estables, cadenas logísticas operativas y una economía china capaz de mantener demanda por cobre, alimentos y materias primas.

Una crisis prolongada en torno a Taiwán afectaría a Chile mucho antes de que se escuchara un disparo en nuestras costas.

Podría reducir la demanda china, elevar costos de transporte, encarecer seguros, alterar el dólar, retrasar insumos tecnológicos y golpear la actividad portuaria. También pondría presión sobre empresas que dependen de componentes asiáticos y sobre consumidores que terminarían pagando más por bienes importados.

Chile no necesita elegir entre Beijing y Washington. Necesita entender que la estabilidad del Pacífico es parte de su seguridad económica y esa discusión no puede seguir reducida a diplomacia comercial o a declaraciones abstractas sobre integración regional.

La guerra que ya está ocurriendo

La disputa por Taiwán no comienza el día en que desembarquen tropas. Lo hace mucho antes, cuando los ejercicios militares se vuelven rutina, cuando los guardacostas reemplazan la diplomacia, cuando la amenaza se instala como paisaje. Cuando los aliados deben responder todos los días. También cuando las empresas comienzan a calcular riesgos que antes no existían.

China no necesita invadir Taiwán para cambiar el mapa del Pacífico. Le basta con transformar la amenaza en costumbre, el comercio en vulnerabilidad y la reacción de sus adversarios en un costo permanente.

Para Chile, el desafío no es imaginar una guerra lejana. Es reconocer que un Pacífico militarizado puede golpear nuestra economía antes de que alguien dispare el primer tiro.