Por En-Off | OFF THE RECORD
Donald Trump calificó a las autoridades iraníes como “basura” y “gente enferma”, y aseguró que ya no tiene sentido negociar con ellas. Con esas declaraciones, el Presidente estadounidense empezó a construir una nueva etapa del conflicto: menos diplomacia, más presión militar y un riesgo directo sobre Ormuz, el petróleo y la estabilidad global.
El momento en que la diplomacia cambia de tono
Hay frases que no buscan explicar una política exterior, sino cerrarla de golpe, como si bastara una sentencia para dar por terminado un capítulo completo de la diplomacia.
Donald Trump habló de Irán con desprecio abierto. Dijo que no quería negociar más con sus autoridades, que eran “basura”, “gente enferma” y que mentían. Lo hizo después de nuevos incidentes en torno al estrecho de Ormuz y de la respuesta militar estadounidense contra objetivos iraníes.
La escena tiene algo conocido en la política de Trump: una frase brutal, lanzada como sentencia, destinada a ordenar el relato antes de ordenar los hechos. Sin embargo, en este caso el problema no es solo retórico. Cuando un presidente de Estados Unidos deja de referirse a un adversario como “régimen”, “gobierno” o “contraparte” y comienza a describirlo como una enfermedad moral, el conflicto entra en otra zona. No implica necesariamente una guerra inmediata, pero sí desplaza la relación hacia un terreno donde negociar empieza a parecer una forma de debilidad.
Ese es el punto más delicado del episodio. Trump no solo expresó molestia con Irán, sino que afirmó que negociar con ese país ya no tiene sentido, cerrando públicamente una vía que, hasta ahora, había sido parte del repertorio habitual de presión y contención.
El lenguaje que prepara decisiones
En política internacional, las palabras importan porque abren puertas o cierran salidas. Un líder puede amenazar, presionar y castigar, pero mientras reconoce al otro como interlocutor, la diplomacia conserva una puerta, aunque sea estrecha. Trump acaba de empujar esa puerta.
La frase no debe leerse como un desahogo aislado sino como una operación política: al presentar a las autoridades iraníes como irracionales, violentas y mentirosas, el mandatario construye una justificación previa para endurecer el conflicto, de modo que si Irán no negocia de buena fe la negociación pierde sentido y, al volverse inútil, la fuerza comienza a ocupar el espacio que deja la política, en un movimiento que no es nuevo en la historia de las escaladas internacionales.
Antes de una escalada, los gobiernos suelen cambiar el lenguaje. Dejan de hablar de diferencias, incumplimientos o tensiones y empiezan a hablar de amenazas, engaños, fanatismo y peligro inminente. No siempre lo hacen para ir a la guerra, pero sí para que la guerra, llegado el momento, parezca una respuesta razonable. Donald Trump está haciendo precisamente eso.
Puede que aún exista una vía indirecta, algún canal reservado o presión de aliados para contener el conflicto. Pero públicamente el Presidente estadounidense elevó el costo de volver atrás. Después de decir que negociar es perder el tiempo, sentarse otra vez con Irán exigiría explicar por qué dejó de serlo. Y Trump no construye poder mostrando arrepentimiento.
Ormuz, el lugar donde todo se encarece
El escenario hace que la ofensiva retórica sea todavía más peligrosa.
No estamos hablando de una tensión diplomática en cualquier punto del mapa. Estamos hablando de Irán, del Golfo Pérsico y del estrecho de Ormuz, una de las rutas energéticas más sensibles del mundo.
Por ahí pasa una parte sustantiva del petróleo y del gas natural licuado que sostienen mercados, industrias y presupuestos familiares a miles de kilómetros de distancia. Cuando Ormuz tiembla, los mercados no esperan editoriales. Reaccionan de manera brutal.
El petróleo sube porque los operadores entienden antes que muchos gobiernos que la seguridad energética depende de algo muy concreto: que los barcos puedan pasar. Si esa certeza se rompe, todo comienza a incorporar riesgo.
Ese riesgo se transmite en cadena: suben los combustibles, se encarece el transporte, aumentan los costos de los alimentos y los fletes, y con ellos la inflación y las expectativas económicas. Una crisis en Ormuz casi nunca se queda en Ormuz.
Por eso el insulto de Trump no es solo un problema de estilo. Es una señal que puede alterar decisiones de inversión, precios futuros, seguros marítimos y cálculos militares de aliados y adversarios.
El lenguaje presidencial deja de ser solo retórica y pasa a convertirse en una variable económica. Ese es un aspecto que suele perderse cuando se analiza a Trump únicamente como espectáculo. Se trata de un espectáculo que mueve mercados, fija expectativas y, en momentos de tensión, puede terminar influyendo tanto como una decisión formal de política exterior.
Irán no necesita ganar una guerra
La tentación de Washington suele ser mirar a Irán desde la superioridad militar. Estados Unidos puede golpear más fuerte, más lejos y con mayor precisión. Puede destruir infraestructura, sancionar, bloquear y aislar.
Pero Irán no necesita ganar una guerra convencional para causar daño estratégico. Le basta con volver más inseguro el Golfo y con tensionar Ormuz. Le basta con activar redes regionales, elevar el costo de navegación, forzar despliegues militares y obligar a que cada barril de petróleo cargue una prima de incertidumbre. Ese es su poder real.
Irán no compite con Estados Unidos en fuerza bruta. Compite en capacidad de hacer que la estabilidad sea más cara.
Ahí la retórica de Trump puede ser eficaz para su electorado, pero riesgosa para la administración del conflicto. Una frase dura puede ordenar políticamente a los propios, pero también puede dejar al adversario con menos espacio para retroceder sin humillarse.
Teherán no puede aparecer simplemente cediendo después de ser tratado como basura. Washington tampoco puede aparecer negociando después de decir que negociar es perder el tiempo.
Así es como se construyen los callejones sin salida: no siempre a partir de decisiones formales, sino muchas veces a partir de palabras que clausuran cualquier margen de retroceso.
Chile también mira desde la fila del petróleo
Chile no decide esta crisis, pero lleva un tiempo pagando parte de sus costos.
El impacto no es teórico ni futuro: se ha visto en el alza del precio de los combustibles, en el encarecimiento de los fertilizantes y en toda la cadena de precios que eso arrastra consigo. Cuando sube el petróleo, no solo sube la bencina. Suben los costos de producción agrícola, el transporte de mercancías, los alimentos y, finalmente, el costo de la vida.
Un país importador de energía no puede mirar Ormuz como un problema lejano. Cada tensión en esa zona se traduce en presión directa sobre la economía local. Y en un contexto de bajo crecimiento, estrechez fiscal y malestar social, ese tipo de shock externo no se absorbe fácilmente porque se siente en el bolsillo.
Esa es una de las lecciones del mundo actual: las guerras lejanas ya no llegan solo por televisión. Llegan por el precio de la bencina, por el valor del transporte, por el costo de los alimentos y por la incertidumbre que enfría decisiones económicas.
Ormuz queda lejos de Santiago pero la cuenta del combustible, no.
Por eso la frase de Trump debe leerse también desde Chile. No porque el país tenga incidencia directa en la crisis, sino porque está expuesto a sus efectos. La política internacional ya no es un asunto decorativo para cancillerías. Es parte del costo de vida.
La puerta que se empieza a cerrar
El punto central es este: Trump no solo endureció el tono sino que cambió el marco.
Irán dejó de ser presentado como un adversario difícil y pasó a ser descrito como un actor con el que no vale la pena conversar. Esa diferencia es enorme. Un adversario difícil puede ser contenido, presionado y negociado. Un enemigo irracional solo puede ser castigado o neutralizado y ahí está el riesgo político.
No sabemos si esto terminará en una guerra abierta, en una nueva ronda de ataques limitados o en una negociación indirecta que ambas partes intentarán vender como victoria. Lo que sí sabemos es que el lenguaje ya entró en una fase más peligrosa.
Cuando la diplomacia se vuelve insulto, el margen para la política se estrecha. Y cuando un presidente de Estados Unidos empieza a decir que negociar es inútil, es válido preguntarse cuánto espacio se está dejando a sí mismo para no escalar.