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Megarreforma: el PS queda atrapado entre negociar y bloquear

Por En-Off | ANÁLISIS

La tensión entre Paulina Vodanovic y Daniella Cicardini no es solo una pelea interna del PS. Expone el dilema de una oposición que todavía no define si quiere negociar para modificar la reforma del Gobierno o radicalizarse para bloquearla.

El enfrentamiento entre Paulina Vodanovic y Daniella Cicardini en el Senado no puede leerse como una simple pelea de estilos ya que es mucho más que eso.

La discusión por la megarreforma del Gobierno abrió una grieta dentro del Partido Socialista y dejó a la vista un problema mayor de la oposición: no existe una estrategia común frente a la primera gran ofensiva legislativa de José Antonio Kast.

El Gobierno logró instalar su proyecto en el centro de la agenda. La oposición, en cambio, aparece dividida entre quienes quieren negociar para corregirlo y quienes prefieren confrontarlo como una reforma ideológica que no merece legitimidad.

Esa diferencia no es menor, porque en un Congreso fragmentado, la forma de oponerse también define poder.

Vodanovic versus Cicardini: dos formas de entender la oposición

Paulina Vodanovic representa una línea más institucional. No necesariamente moderada en el fondo, pero sí consciente de que una bancada parlamentaria debe negociar, administrar votos, cuidar puentes y disputar el contenido de los proyectos desde dentro de la tramitación.

Daniella Cicardini representa una política más estridente y menos responsable institucionalmente. Su lógica parece ordenar la acción desde el emplazamiento público, la presión comunicacional y la necesidad de marcar identidad, antes que desde la construcción paciente de una posición negociadora. Ese estilo puede servir para redes sociales o para intentar disputar liderazgo interno, pero resulta pobre cuando lo que está en juego es una reforma compleja, con efectos fiscales, económicos y legislativos relevantes. En vez de fortalecer a la oposición, la deja atrapada en su peor reflejo: confundir dureza con conducción.

La diferencia entre ambas no está solo en el carácter, sino en una pregunta de fondo que el PS todavía no resuelve: qué debe hacer frente a un Gobierno de derecha con una agenda económica dura. Para una línea, la respuesta es negociar para incidir, modificar el proyecto y disputar poder dentro de la tramitación; para la otra, el camino es denunciar, marcar identidad y evitar que cualquier acercamiento al Gobierno parezca una claudicación. Esa tensión venía acumulándose hace tiempo, pero la megarreforma la volvió imposible de esconder.

El problema de negociar con Kast

La dificultad para la oposición es evidente. Si negocia con el Gobierno, se expone a aparecer legitimando una reforma que buena parte de la izquierda considera regresiva, favorable a las grandes empresas y fiscalmente riesgosa.

Pero si se limita a bloquearla, corre el riesgo de entregarle al oficialismo el relato más conveniente: un Gobierno que intenta reactivar la economía frente a una oposición que solo sabe decir que no.

Ese es el dilema real. La megarreforma mezcla reconstrucción, crecimiento, impuestos, empleo, inversión, permisología y señales de confianza económica y esa arquitectura fue diseñada precisamente para poner a la oposición contra la pared.

Rechazarla completa permite al Gobierno acusar obstruccionismo. Negociarla parcialmente abre divisiones internas. Aprobar algunas normas y rechazar otras obliga a explicar matices en un clima político que premia la consigna.

Ahí el PS quedó atrapado.

La ventaja política para el Gobierno

Kast todavía no tiene asegurada la reforma.

La aprobación en general fue estrecha y la discusión artículo por artículo puede cambiar sustantivamente el proyecto. En Hacienda, Medio Ambiente y Trabajo se jugarán los puntos más sensibles: impuestos, permisos, empleo, contribuciones, costos fiscales y atribuciones regulatorias.

Pero el Gobierno ya consiguió algo importante, al arrastrar a la oposición a discutir consigo misma.

Mientras La Moneda empuja el proyecto como señal de crecimiento, inversión y reconstrucción, el PS aparece discutiendo si sus propios senadores negociaron demasiado, si fueron ingenuos, si actuaron a espaldas del partido o si simplemente hicieron lo que corresponde en una democracia parlamentaria.

Esa imagen favorece al Ejecutivo, no porque la reforma esté ganada, sino porque la oposición aparece menos concentrada en derrotar el diseño del Gobierno que en ordenar sus propias fronteras internas.

Cuando un proyecto divide más a quienes lo resisten que a quienes lo impulsan, el oficialismo gana tiempo, espacio y relato.

Lo que se juega el socialismo

El conflicto también dice algo más profundo sobre el Partido Socialista.

Durante décadas, el PS fue una fuerza de gobierno. Aprendió a pactar, administrar poder, construir mayorías y asumir costos. Esa cultura política todavía existe en una parte de su dirigencia.

Pero convive con una generación y un estilo político que desconfían de la negociación institucional, privilegian la confrontación pública y ven en cualquier acercamiento al Gobierno una forma de claudicación.

La disyuntiva parece ser si el PS quiere seguir ocupando una posición socialdemócrata, capaz de negociar sin perder identidad, o si prefiere diluirse en una lógica más parecida a la del Frente Amplio: intensidad discursiva, presión de redes y épica de resistencia.

Esa decisión no es solo interna. Afecta a toda la oposición, porque sin un PS ordenado, la centroizquierda pierde uno de sus pocos instrumentos de conducción legislativa. Y sin conducción legislativa, la oposición puede tener votos, pero no necesariamente poder.

La reforma como prueba de madurez opositora

La megarreforma es una prueba para el oficialismo, pero también es una prueba para sus adversarios.

El Gobierno debe demostrar si puede aprobar una agenda ambiciosa sin mayoría holgada. La oposición debe demostrar si puede enfrentar esa agenda con algo más que indignación, videos y acusaciones cruzadas.

Ahí está el punto. El problema de la oposición no es solo que Kast tenga iniciativa, sino que todavía no logra decidir qué hacer con ella.

Puede negociar para modificar la reforma, asumir costos y mostrar capacidad de conducción. O puede encerrarse en una oposición testimonial, más útil para marcar diferencias que para alterar el resultado legislativo. El quiebre socialista anticipa esa disyuntiva.

La megarreforma seguirá avanzando o será recortada en el Senado. Pero el PS ya recibió un golpe político propio: quedó obligado a resolver si quiere ser una fuerza que administra poder o una fuerza que se limita a denunciarlo.

Kast no necesita que toda la oposición respalde su reforma. Le basta con que la oposición no logre ordenarse frente a ella.