Por América Antilao | OPINIÓN
América Antilao conecta el mapuzugun, el trafkintu y la economía rural para plantear una idea incómoda: cuando se castiga una lengua, también se debilita una forma de entender el intercambio, la tierra y el valor del trabajo.
Hace unos días nos juntamos en la ruka de la Biblioteca Pública de Perquenco, a reencontrarnos con nuestras raíces: la lengua, los saberes, el cuidado de la naturaleza. Cada uno llegó con su mate y con algo para compartir en el mizawun, la comida que se comparte. Justo esta semana me habían contado que una columna mía, escrita desde este mismo Perquenco, la leyeron en Holanda y en Estados Unidos. Imagínate: una vecina de La Araucanía, leída al otro lado del mar.
Las dos cosas juntas me dejaron una idea que no me suelta. Me puse a pensar en Holanda: un país chiquito, apenas más grande que una región nuestra, y ahí está, entre los más prósperos del mundo, famoso justamente por su agricultura, vendiéndole comida al planeta entero. Y los holandeses hablan holandés. Nadie les prohibió su lengua ni les dijo que para progresar tenían que dejar de ser lo que son.
A nosotros nos pasó al revés. A nuestros abuelos les castigaban en la escuela por hablar mapuzugun. Les enseñaron a tener vergüenza de su propia voz. Y la cosa es que, cuando se persigue una lengua, no se pierde solamente una forma de hablar. Se pierde lo que la lengua sabía.
Lo que sabían nuestras palabras
Porque esa mañana, alrededor del mate, volvió a aparecer el tesoro. Dentro de las palabras antiguas había una economía completa. Trafkintu: yo te entrego semilla, tú me entregas semilla, y nadie queda debiendo. Mingako: el trabajo que se hace entre todos y le vuelve a todos. Mizawun: la mesa que hoy mismo compartimos. Y debajo de todas, mapu, la tierra, porque sin tierra no hay ninguna de las anteriores.
Uno se da cuenta de algo: el trafkintu es un mercado. Un mercado de verdad, donde nadie tiene el poder de imponerle el precio al otro. Se entrega, se recibe, queda equilibrio. Los economistas le pondrían un nombre elegante. Nuestra gente lo dijo en una palabra, hace siglos.
Que a Hayek no lo citen a medias
Y aquí viene algo que me da hasta risa. Hay un señor austríaco, Hayek, que es como el santo patrono de los que defienden el libre mercado. Él decía que el mercado funciona cuando el precio nace de la competencia entre muchos, y que la competencia existe porque nadie sabe de dónde va a salir la próxima buena idea. O sea, lo mismo que ya sabía el trafkintu.
Y no tengo nada contra el señor Hayek, al contrario. Mira qué bonito: aquí en el sur viven familias descendientes de alemanes que llegaron hace más de un siglo. Mantuvieron su lengua, sus colegios, su orgullo, y criaron hijos que hoy son famosos justamente por citar a Hayek. Yo los aplaudo de corazón, porque tienen toda la razón: las raíces no se negocian. Lo único que pido es que la vara sea la misma. Que el orgullo por la lengua de los abuelos valga igual cuando los abuelos hablaban mapuzugun. Y que a Hayek no lo citen a medias: cuando a una vecina de Perquenco le imponen el precio de su avena sin conversarlo con nadie, Hayek también tiene opinión, eso no es mercado. Al señor Hayek se le hace caso entero, o no se le hace caso.
Por eso a una de esas familias le quiero decir algo. Ustedes tienen lo que pocos: las ideas estudiadas, tribuna, libros publicados, y ahora hasta un puesto en el Senado, elegido por la gente de esta misma región. La región más empobrecida de Chile. Aquí está pasando, todos los días, exactamente lo que sus libros condenan: el precio impuesto, la entrada bloqueada, la renta que se va y no vuelve. Entonces la pregunta es de vecina a vecinos: ¿por qué no sacan la voz? ¿Por qué no defienden, clarito y fuerte, a esta región que les dio hasta el asiento? No les pido que estén de acuerdo conmigo en todo. Les pido que sus ideas trabajen para la tierra que los eligió.
Aquí nunca hubo trafkintu: hubo extracción de renta
El Presidente José Antonio Kast dijo hace poco que Chile tiene una “enfermedad económica”, y es verdad. Yo te la explico desde la feria: la enfermedad es que el intercambio se volvió extracción. Y ahora déjame decir lo más duro, mirando mi propia región. La Araucanía es, encuesta tras encuesta, de las regiones más pobres de Chile. ¿Y sabes qué es lo que nunca existió aquí? El trafkintu. Lo que rigió aquí tiene nombre técnico, y no lo inventé yo: los economistas le llaman extracción de renta. Es cuando alguien se lleva el valor que produce otro, no por trabajar mejor, sino por tener el poder de quedárselo.
Y que nadie se confunda, porque esto no es un discurso de moda. Los últimos premios Nobel de economía se lo dedicaron justamente a esto: demostraron que los territorios con instituciones extractivas, donde unos pocos capturan lo que producen muchos, quedan pobres por generaciones, y los territorios con instituciones inclusivas se hacen ricos. No lo dice una ONG. No lo dice un panfleto. Lo dice la academia más premiada del mundo. Y La Araucanía calza con el primer caso como un guante.
La extracción fue tan completa que no se llevó solamente el precio del trigo, de la leche y de la avena. Se llevó hasta los nutrientes del suelo. Y esto tampoco es una metáfora: es un balance, como el de un almacén. Cada cosecha y cada tronco que salió de esta región se llevó adentro fósforo, calcio, potasio, el capital del suelo. Si lo que sale no se repone, el campo se descapitaliza igual que un negocio al que le sacan la caja todos los días. Por eso nuestros suelos están cansados, y el agricultor de aquí se endeuda en fertilizante para reponer lo que otros se llevaron sin pagar. Que quede claro: esto no es ambientalismo. Es contabilidad. A esta región le retiraron el capital, el de la lengua, el del precio y el del suelo, y jamás pasaron por caja.
Eso es lo que debería avergonzar a los que hoy piden que les demos las gracias.
La palabra y el principio
Mira la comparación completa. Holanda, chiquitita, conservó su lengua y conservó el principio: allá el que produce vale. A nosotros nos quitaron la palabra a la fuerza, y mira el principio que nos quedó: el que produce, aguanta. No digo que una cosa explique la otra solita. Digo algo más simple: nadie tiene que renunciar a lo que es para progresar, y ningún territorio está condenado a ser pobre: lo empobrecen. La ley ya reconoce la tierra como fundamento de nuestra existencia y el idioma como patrimonio de la Nación; lo que falta es que se cumpla.
Por eso defiendo el mapuzugun. Mientras tengamos la palabra, tenemos el principio. Si perdemos la palabra, perdemos el principio. Y ese principio, el intercambio parejo, el trabajo que vuelve, la mesa compartida, no es solo para los mapuche: le sirve al campo entero, a la feria entera, a Chile entero. La economía es una sola, y se sana con equilibrio.
Gracias a los que me leyeron en Holanda y en Estados Unidos. Y a usted, que me lee aquí cerquita, le pido algo chiquito: aprenda una palabra, Trafkintu. Cuéntesela a su vecina. Que no se nos pierda, porque adentro viene la receta.