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Estados Unidos y China: una rivalidad sin separación completa

Por José Santelices. Periodista, analista político | GEOPOLÍTICA

Serie El nuevo orden del Pacífico 2: Washington y Beijing restringen tecnología, inversiones y recursos estratégicos, mientras mantienen un intercambio comercial difícil de sustituir. El resultado no es un desacoplamiento total, sino una interdependencia sometida a controles, presiones y cálculos de seguridad.

La competencia entre Estados Unidos y China está reorganizando la economía mundial, pero no está dividiéndola en dos bloques completamente separados.

Ambas potencias reducen su exposición en sectores considerados estratégicos, levantan barreras comerciales y buscan proveedores alternativos, aunque continúan dependiendo de mercados, empresas e insumos situados al otro lado de la rivalidad.

La relación dejó de estar guiada por la idea de que una mayor integración económica conduciría necesariamente a una convergencia política. Washington considera que algunas dependencias fortalecieron la capacidad industrial y tecnológica china, mientras Beijing interpreta las restricciones estadounidenses como un intento por contener su desarrollo. Aun así, el volumen de intereses involucrados hace demasiado costosa una ruptura completa.

La rivalidad avanza, por tanto, mediante una separación selectiva. Los ámbitos vinculados con el poder militar, la inteligencia artificial, los semiconductores, los minerales críticos y la infraestructura digital reciben un tratamiento distinto del comercio ordinario de bienes de consumo, alimentos o manufacturas.

La separación avanza donde está en juego el poder

Estados Unidos ha concentrado sus restricciones en las tecnologías que pueden modificar el equilibrio económico y militar. Desde enero de 2025, su programa de control de inversiones en el exterior prohíbe o exige informar determinadas operaciones estadounidenses en China relacionadas con semiconductores, computación cuántica e inteligencia artificial. A esto se suman los controles sobre equipos para fabricar chips avanzados y sobre empresas vinculadas con el desarrollo tecnológico chino.

Estas medidas no buscan retirar del mercado chino todos los productos estadounidenses. Su objetivo es impedir que capital, conocimiento y tecnología de vanguardia contribuyan a capacidades que Washington considera amenazas para su seguridad. La distinción es importante porque muestra que la estrategia estadounidense consiste, preferentemente, en decidir qué intercambios pueden continuar y cuáles deben quedar bajo control estatal.

Incluso dentro del sector tecnológico, la política no es completamente uniforme. En enero de 2026, el Departamento de Comercio estadounidense permitió que las solicitudes para exportar a China procesadores como el Nvidia H200 y el AMD MI325X fueran revisadas caso a caso, sujetas a condiciones de seguridad. La decisión mantuvo las restricciones, pero reconoció que una prohibición absoluta también puede perjudicar a las empresas estadounidenses y acelerar la creación de alternativas chinas.

La frontera económica entre ambas potencias no está cerrándose por completo; está siendo dibujada sector por sector.

China utiliza una lógica semejante desde sus propias ventajas. En abril de 2025 estableció controles sobre la exportación de algunas tierras raras medianas y pesadas, materiales indispensables para vehículos eléctricos, electrónica avanzada, turbinas, radares y sistemas de defensa. La medida confirmó que Beijing también puede transformar una posición dominante dentro de una cadena productiva en un instrumento de negociación estratégica.

La escalada fue seguida por acuerdos parciales. A fines de 2025, ambos gobiernos suspendieron parte de los aranceles y contramedidas aplicados durante el año, mientras China flexibilizó controles sobre tierras raras y retomó compras agrícolas estadounidenses. La tregua no resolvió las causas de la disputa, pero demostró que ninguna de las dos economías podía mantener indefinidamente la presión máxima sin asumir costos internos.

El comercio cae, pero conserva una escala decisiva

El intercambio directo se redujo con fuerza durante 2025. Estados Unidos exportó bienes por casi US$106.000 millones a China e importó US$308.652 millones, lo que dejó un comercio bilateral cercano a US$415.000 millones. La cifra fue considerablemente menor que la de 2024 y el déficit estadounidense con China cayó alrededor de un 32%, pero el volumen restante sigue siendo demasiado grande para describir una separación consumada.

China continúa suministrando productos que los consumidores y las empresas estadounidenses no pueden reemplazar rápidamente sin enfrentar mayores costos. Estados Unidos, por su parte, conserva ventajas en componentes tecnológicos, servicios, finanzas, agricultura y propiedad intelectual que siguen siendo valiosos para la economía china.

La interdependencia tampoco se limita al comercio bilateral visible. Una parte considerable de la producción china llega al mercado estadounidense incorporada en bienes ensamblados en otros países, mientras muchas empresas de Vietnam, México o el sudeste asiático siguen utilizando piezas, maquinaria y capital provenientes de China.

Por eso, la disminución de las importaciones directas no equivale necesariamente a una reducción proporcional de la presencia china en las cadenas estadounidenses. En algunos sectores se reemplazó producción china; en otros, solo cambió el país desde el cual se despacha el producto final.

Las cadenas de suministro cambian de ruta

El Fondo Monetario Internacional distingue entre una verdadera relocalización productiva y el simple redireccionamiento comercial. Algunos países intermediarios han aumentado su capacidad industrial y captado nuevas inversiones, pero otros funcionan como puntos de ensamblaje o tránsito para componentes que continúan originándose en China.

Durante 2025, la caída de las importaciones estadounidenses desde China fue compensada parcialmente por mayores compras a Taiwán, Vietnam y México. Al mismo tiempo, las exportaciones chinas se desplazaron hacia otras economías asiáticas y, temporalmente, hacia Europa.

China terminó el año con un superávit comercial de bienes cercano a US$1,2 billones, lo que muestra que la presión estadounidense modificó el destino de su producción, pero no logró aislarla del mercado mundial.

Esta reorganización tiene un límite estructural. China no es únicamente una plataforma de ensamblaje: concentra proveedores, infraestructura logística, mano de obra industrial, capacidad energética y redes empresariales construidas durante décadas. Trasladar una fábrica puede ser relativamente rápido; reproducir el ecosistema productivo que la abastece suele ser mucho más difícil.

El comercio mundial también ha mostrado una resistencia mayor a la prevista. Pese al aumento de los aranceles y la incertidumbre política, el volumen del comercio de mercancías creció un 4,6% en 2025, impulsado en parte por bienes relacionados con la inteligencia artificial y por el dinamismo exportador de Asia.

La globalización no desapareció, aunque ahora opera bajo mayores restricciones de seguridad y con costos más altos.

El desacoplamiento no está desmantelando las cadenas globales sino que las está volviendo más largas, opacas y políticamente vulnerables.

Chile debe distinguir comercio de dependencia estratégica

Para Chile, esta rivalidad no es ajena. China concentró el 33% del intercambio comercial chileno durante 2025 y Estados Unidos otro 16,9%. En conjunto, las dos potencias representaron prácticamente la mitad del comercio exterior del país. El intercambio bilateral con China alcanzó US$67.105 millones, mientras el comercio con Estados Unidos llegó a US$34.332 millones.

La relación con ambos países, sin embargo, no tiene la misma naturaleza. China es el principal destino del cobre y de buena parte de las materias primas chilenas, además de un proveedor relevante de manufacturas, vehículos, maquinaria y tecnología. Estados Unidos conserva un peso mayor en servicios, finanzas, innovación, inversión y vínculos políticos y de seguridad.

Esta doble inserción impide aplicar una política exterior basada en una equidistancia automática y vuelve imprudente una alineación que ignore los intereses económicos del país. Chile necesita evaluar cada área según su importancia estratégica, distinguiendo entre comercio corriente, infraestructura crítica, telecomunicaciones, puertos, energía, datos, investigación y minerales.

La apertura comercial puede mantenerse sin renunciar a controles sobre activos sensibles. Del mismo modo, la cooperación tecnológica con Estados Unidos no obliga a debilitar una relación económica con China que sostiene una parte considerable de las exportaciones nacionales. La autonomía depende menos de declarar neutralidad que de reducir concentraciones, diversificar mercados y establecer reglas previsibles para las inversiones estratégicas.

El escenario más probable no es una economía mundial dividida en dos sistemas herméticos. Será una interdependencia administrada, con más controles, negociaciones recurrentes y episodios de coerción económica. Chile seguirá vinculado a ambas potencias, pero el costo de carecer de criterios propios aumentará a medida que Washington y Beijing exijan mayor claridad sobre tecnologías, infraestructura y cadenas de suministro.