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Los síntomas de la enfermedad económica caben en un kilo de uva

Por Pablo Navarrete, director Coalición Nacional de Viñateros | OPINIÓN

El Presidente de la República lo dijo hace unos días: «nos dimos cuenta tarde de que tenemos una enfermedad económica».

Yo soy viñatero de Villa Alegre, en el Maule sur y cuando escuché esa frase pensé: ‘por fin’. Porque en mi rubro esa enfermedad no es una cifra en las noticias. Tiene síntomas que uno puede tocar con la mano. Se los voy a mostrar, uno por uno. Y le pido un favor: mientras lee, vaya revisando si su rubro también los tiene.

Primer síntoma: el precio no se negocia, se dicta

Esta temporada, a la mayoría de mis vecinos les pagaron la uva entre $50 y $100 el kilo. Producir ese mismo kilo cuesta, según cepa y rendimiento, entre $240 y $300; lo respalda la ficha de costos de ODEPA.

Hagamos la resta: cada carga salió del campo con pérdida. ¿Y quién puso ese precio? Nadie lo conversó. Llega el comprador en plena vendimia, el «conchencho», como le decimos, y ofrece lo que quiere. La uva es perecible: o firma, o la fruta se pudre en la planta.

La viña grande nunca da la cara: el precio llega como un hecho sin autor, y la advertencia es siempre la misma, si espera, la oferta baja.

Segundo síntoma: la cifra oficial no se parece a su realidad

Si usted busca el precio oficial de la uva, encontrará $200 a $300 el kilo. La cifra es real, pero mide solo a los compradores formales, los que reportan. La mayoría de la uva de los pequeños se vende en el circuito que ninguna estadística registra.

El país cree que este mercado está sano porque solo mide la parte sana. Sobre esa cifra decide el parlamentario, tasa el banco, y el comprador se lava las manos: «pagamos precio de mercado».

Tercer síntoma: la excusa de afuera no cuadra

Le van a decir que el precio mundial está malo, o que allá afuera hay subsidios.

Los números dicen otra cosa: Australia, exportador como nosotros, con un apoyo estatal al agricultor casi idéntico al chileno según la OCDE, le paga a su viñatero más del doble por la uva promedio. La uva chilena no vale poco. La pagan mal.

Cuarto síntoma: el que produce pone el capital, otro se lleva la renta

El mayor exportador del país compra a terceros más del 75% de su uva. El viñedo, la parte lenta, la que aguanta heladas y espera décadas, lo financia el productor; la marca y la distribución se quedan con el valor.

El vino se vende en 135 países con el relato del valle. El valle real aparece en otra estadística: las comunas del vino patrimonial, Ninhue, Trehuaco, Portezuelo, encabezan la pobreza comunal de Chile.

Entre 2007 y 2015 desapareció un productor de uva por día; tras trece años de crisis, un 30% de los viñateros ya no está.

La enfermedad es la misma en todo Chile

Camilo Guzmán, presidente de Agricultores Unidos, ha señalado que la enfermedad tiene nombre, distorsión, y un síntoma mayor: ganar sin arriesgar no es empresa, es peaje.

Tiene razón, y mi rubro es la prueba en terreno. Pero no es solo mi rubro. El lechero del sur recibe la pauta de precio como un hecho consumado. Al triguero le anuncian el precio en plena cosecha. Y ahora repase usted sus propios síntomas: ¿le dictan el precio cuando ya no puede echar pie atrás? ¿El que le compra nunca da la cara? ¿La estadística oficial describe un mercado que usted no conoce? ¿Usted pone el capital y el riesgo, y otro se lleva la renta? Si marcó dos o más, su rubro tiene la misma enfermedad. No está solo: está sin diagnóstico.

El remedio no es un bono

Que quede claro, porque aquí es donde nos caricaturizan: no pedimos subsidios ni precios políticos.

Un bono calma el dolor un rato y la causa queda intacta, Además, lo termina pagando el que menos tiene. Lo que cura es más simple y más profundo: que el precio se forme, no que se dicte ni se imponga.

El precio impuesto por un privado con poder de compra distorsiona exactamente igual que un precio impuesto por el Estado. El que de verdad cree en el libre mercado debiera ser el primero en molestarse con lo que pasa en nuestros valles, porque esto no es mercado: es la apariencia de uno.

José Antonio Kast a puso el nombre. Nosotros ponemos los síntomas. Y usted, que está leyendo con su copa servida, puede poner lo que falta: mire su rubro, haga la resta, y cuente lo que encuentre. La enfermedad se esconde donde nadie la describe.