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Megarreforma: Mesa de Paulina Núñez fracasó porque Quiroz no soltó el control

Por En-Off

La mesa convocada por Paulina Núñez para recoger indicaciones a la megarreforma declaraba una ambición política, pero también tenía un componente personal: la presidenta del Senado buscaba instalarse como protagonista de la negociación. Según una fuente de Chile Vamos, tras la primera reunión la senadora salió “muy envalentonada”, con una actitud que reflejaba ese afán. En esa lectura interna, Núñez no solo buscaba sacar la discusión del eje exclusivo de Hacienda y abrir un espacio transversal en el Senado, sino también posicionarse en una clave más amplia. 

No era una jugada menor. Después de la aprobación en general, Núñez había advertido que el Gobierno necesitaba algo más que su base parlamentaria para sostener la reforma en particular. La señal era clara: aprobar la idea de legislar no equivalía a tener asegurado el proyecto.

Pero el desenlace fue más limitado. La mesase instaló, tuvo reuniones, generó una conversación política y permitió mostrar a la presidenta del Senado como articuladora de un posible acuerdo. Sin embargo, no logró convertirse en el verdadero centro de gravedad de la tramitación. La reforma terminó avanzando con la base oficialista y con Hacienda marcando los tiempos, el perímetro de las concesiones y la narrativa final.

Una fuente del Senado que siguió de cerca la negociación señala que la mesa “nunca voló”, porque el ministro Jorge Quiroz “se manejó siempre en otra dimensión”. Según esa misma lectura, Núñez intentó ganar protagonismo y transformarse en contraparte relevante de la historia, pero no consiguió generar un apoyo robusto en la oposición ni movilizar realmente a Chile Vamos detrás de su conducción. La frase es dura, pero no aparece desconectada del resultado.

Qué ocurrió en la práctica

Tras la votación en general, Núñez buscó abrir una mesa político-técnica para ordenar indicaciones y evitar que la discusión en particular se transformara en una batalla artículo por artículo. El diseño le permitía a la presidenta del Senado ocupar un lugar central: recibir propuestas, acercar posiciones y aparecer como puente entre Hacienda, Chile Vamos y parte de la oposición.

Al comienzo, la jugada tuvo efecto y Quiroz terminó aceptando participar en la instancia, pese a que su estrategia original era mantener la discusión más acotada y concentrada en la Comisión de Hacienda. La mesa fue presentada como un espacio para explorar acuerdos en materias sensibles: contribuciones, compensaciones municipales, impuesto de primera categoría e invariabilidad tributaria.

Ese fue el momento de mayor visibilidad para Núñez, que logró instalar la idea de que la reforma no podía salir solo con disciplina oficialista. También obtuvo una señal de transversalidad inicial: senadores de distintos sectores participaron de la conversación y el Senado difundió públicamente un balance positivo de los acercamientos.

Pero una cosa era abrir la mesa y otra muy distinta era conducir el proyecto.

Con el paso de los días, la negociación volvió a su cauce real: Hacienda. Quiroz aceptó cambios, retiró algunos movimientos que generaban ruido y cerró ajustes puntuales, pero no cedió el control político del proyecto. El ministro administró la tensión con la oposición, cuidó los 26 votos del oficialismo y mantuvo el eje central de la reforma.

La mesa de Paulina Núñez sirvió para ordenar parte del ruido, pero no para reescribir el libreto.

El acuerdo puntual no fue una mayoría

El principal resultado visible de esa estrategia fue el acercamiento en torno a la invariabilidad tributaria, especialmente con sectores del PPD. Ese punto permitió mostrar que la mesa podía producir acuerdos y que no todo el debate quedaría encerrado en la lógica de gobierno versus oposición.

Pero ese avance no construyó una mayoría política estable.

La oposición no quedó alineada detrás de la reforma. Sectores de izquierda mantuvieron sus críticas, acusaron regresividad y advirtieron posibles problemas constitucionales. El PS tampoco se transformó en socio del proyecto pero el PPD abrió una ventana que, en definitiva no fue suficiente para convertir la tramitación en un acuerdo amplio.

Al final, el Gobierno tuvo que recurrir a su base y la megarreforma fue aprobada en el Senado con los votos estrictamente necesarios del oficialismo en las normas centrales. Eso confirma el límite de la mesa: logró conversación, pero no cambió el mapa de poder y esa diferencia es importante.

Una mesa puede producir gestos, abrir espacios de conversación y generar señales políticas., pero una mayoría es la que finalmente permite ordenar el proceso, definir los tiempos y asegurar el resultado. En este caso, ese control lo mantuvo Quiroz.

Núñez ganó visibilidad, pero no conducción

Paulina Núñez sí obtuvo algo: protagonismo. Durante varios días se instaló como una figura capaz de forzar diálogo, tensionar a Hacienda y hablarle a una parte de la oposición desde una posición institucional. Para una presidenta del Senado proveniente de RN, en un gobierno dominado por Kast y Republicanos, esa visibilidad no era irrelevante.

Pero el protagonismo no siempre equivale a poder. Núñez logró aparecer como articuladora, pero no logró que su mesa desplazara la conducción de Hacienda, liderada por Jorge Quiroz. Tampoco consiguió transformar a Chile Vamos en un bloque que negociara bajo su liderazgo. La coalición oficialista terminó alineándose con el Gobierno, no necesariamente con la estrategia de la presidenta del Senado.

Ahí está una de las señales más relevantes. Chile Vamos votó, sostuvo y permitió aprobar, pero no quedó claro que se hubiese movilizado como fuerza política propia detrás de la mesa. Su papel volvió a ser el de base legislativa imprescindible para el Ejecutivo, más que el de actor con una agenda diferenciada capaz de condicionar el corazón de la reforma.

Paulina Núñez quiso demostrar que la derecha institucional todavía podía ordenar acuerdos en el Senado, pero Quiroz terminó mostrando que, al menos en esta reforma, la conducción real estaba en Hacienda.

Quiroz aprendió rápido el Congreso

La tramitación dejó otra señal: Jorge Quiroz entró a la sala de máquinas del Congreso con poca experiencia política visible, pero salió fortalecido.

No porque haya construido una mayoría holgada, que en términos reales, no la tuvo. Tampoco porque haya evitado costos. La reforma salió estrecha, cuestionada y con una oposición que ya anticipa nuevos flancos. Pero el ministro consiguió algo fundamental: aprobar el proyecto emblemático del Gobierno sin perder el control de su diseño central y este es el el dato político.

Quiroz aceptó sentarse en una mesa que no deseaba como eje de la tramitación. Escuchó propuestas, cedió en márgenes, retiró el intento de profundizar aún más la rebaja del impuesto corporativo. También ajustó indicaciones. Pero sostuvo lo principal: reducción gradual del impuesto de primera categoría, reintegración, incentivos a la inversión, compensaciones y narrativa de crecimiento.

La mesa de Núñez fue una estación y Hacienda siguió siendo el tren. Por eso, tras el despacho en el Senado, el propio debate público se movió rápidamente hacia la segunda etapa de Quiroz: mercado de capitales, adaptabilidad laboral, inversión y permisos. Ahora la agenda quedó centrada en la continuidad del programa económico del ministro. Esa es quizás la prueba más clara de dónde quedó el poder.

Lo confirmado y lo pendiente

Lo confirmado es que la mesa existió, que Núñez intentó instalar una negociación transversal y que la instancia permitió, siendo generosos, ordenar parte de la discusión. También está confirmado que hubo acercamientos puntuales, especialmente en invariabilidad tributaria, y que el proyecto logró salir del Senado.

Lo pendiente es más delicado.

Falta establecer cuánto influyó realmente la mesa en el contenido final de la reforma y cuánto fue absorbido por una estrategia más amplia de Hacienda. También falta determinar si Núñez contó con respaldo efectivo de Chile Vamos para empujar una línea propia o si su protagonismo fue más individual que colectivo.

La versión interna recogida por En-Off apunta a esto último: una mesa que generó expectativa, pero no fuerza suficiente; una presidenta del Senado que quiso ocupar el centro, pero no logró articular apoyos decisivos; y un ministro de Hacienda que aceptó conversar sin abandonar nunca la conducción. Esa versión requiere más contraste, pero el desenlace público le da sustento.

Lo que viene

La megarreforma todavía debe volver a la Cámara de Diputados. Si Hacienda logra que se aprueben los cambios introducidos por el Senado, evitará una comisión mixta y cerrará el ciclo legislativo con una victoria importante para el Gobierno.

Pero el caso deja una lección para lo que viene. La agenda económica de Quiroz recién comienza y cada nuevo proyecto exigirá una mayoría distinta. Mercado de capitales puede abrir flancos técnicos. La adaptabilidad laboral será mucho más conflictiva. Los cambios en permisos e inversión tocarán intereses regionales, ambientales y empresariales. Ahí se verá si la fórmula se repite.

Quiroz ya demostró que puede aceptar mesas sin entregar el mando. Núñez, en cambio, tendrá que demostrar que su capacidad de instalar conversaciones puede transformarse alguna vez en control efectivo de una negociación.

La primera ronda dejó una señal clara: la reforma salió bajo conducción de Hacienda y en política, conducir vale más que aparecer.