Por José Santelices, periodista | OPINIÓN
Debo admitir que escribo un poco desde la rabia y no desde la distancia cómoda del comentarista ni desde la frialdad del analista que calcula plazos, juntas, acciones y formalidades. Escribo como hincha de Universidad de Chile, como alguien que ha visto durante años cómo una institución popular, histórica y sentimentalmente gigantesca fue tratada como si fuera una sociedad instrumental más, despojada de su alma, de su identidad y de la dignidad que su historia exige.
La U no es eso. La U no es una planilla, no es un vehículo financiero, no es una silla de directorio ni una dieta mensual. La U es memoria, pertenencia, domingos, derrotas que duelen, triunfos y alegrías que se heredan.
Por eso indigna tanto ver a Cecilia Pérez ponerse frente a la prensa y anunciar que seguirá en su cargo, como si la crisis fuera apenas una incomodidad pasajera. Como si bastara invocar la ley, el mandato y la responsabilidad para borrar el problema de fondo. Esto no solo se trata de si puede quedarse, sino que se trata de con qué autoridad moral pretende hacerlo.
Cuando el origen del poder se cae
El punto es muy simple: el directorio de Azul Azul enfrenta una crisis de legitimidad. La operación que permitió a Michael Clark asumir el control indirecto de la concesionaria quedó atravesada por cuestionamientos regulatorios, judiciales y financieros. La CMF ya había advertido que esa adquisición de control habría infringido normas del mercado de valores por no realizar una OPA y por no informar abiertamente una toma de control.
Ahora, además, las acciones están bajo la administración de un liquidador, Eduardo Godoy, a quien conozco y de quien tengo la mejor impresión, que deberá resolver si la actual administración sigue o no en sus cargos.
Ese dato cambia todo. Si el poder que ordenó la composición del directorio provenía de una estructura cuya titularidad quedó golpeada, revertida o puesta bajo administración de terceros, la continuidad no puede presentarse como una rutina. Esto no se trata de una simple adversidad ni tampoco de resistir con épica de escritorio.
Se trata de entender que, cuando el origen del poder se derrumba, quienes llegaron con ese poder deben al menos tener el pudor de dar un paso al costado. Porque es eso lo que exige una mínima noción de decencia institucional.
La dignidad también gobierna
Cecilia Pérez dijo que lo más fácil sería dar un paso al costado, pero ella sabe que quedarse es lo más fácil.
Lo fácil es aferrarse a la formalidad, esperar que el liquidador decida, esconderse detrás de un mandato y repetir que se trabaja por el bien de la institución. Lo difícil es mirar a los hinchas a la cara y reconocer que ya no hay piso político ni moral para seguir hablando en nombre de la U.
Señora Cecilia: la legalidad podrá discutir los plazos, pero la dignidad no necesita de tanto trámite.
Cuando una administración queda asociada a un período de oscuridad, opacidad y disputa por el control real de la institución, la salida no debería depender de que alguien venga a empujarla desde afuera. Debería nacer de una convicción mínima: Universidad de Chile está por encima de cualquier director, de cualquier controlador y de cualquier dieta mensual.
Porque esa es otra parte incómoda del asunto. Cuesta creer que algunos directores permanecerían con tanta convicción si el cargo no viniera acompañado de una remuneración importante. No creo equivocarme y no les creo que solo sea amor por la institución. Desde afuera, desde la tribuna, desde el hincha que no cobra nada por ver sufrir a la U, desde acá y desde allá, la escena se ve bien poco noble, hasta indecente. Se ve como gente aferrada a una silla, y la U no merece eso ni a ustedes.
La indignación selectiva
Cecilia Pérez dijo que le indigna el trato que algunos integrantes del mundo Sartor dieron a la institución en chats filtrados. Todo hincha de la U debería indignarse ante quienes hablaron del club con desprecio, como si una derrota fuera una oportunidad comercial y como si el dolor deportivo pudiera abaratar un activo.
Pero esa indignación es poco creíble, llega tarde y queda corta. No basta indignarse, señora Cecilia, con el lenguaje de otros cuando se ha sido parte del gobierno corporativo que convivió con ese ecosistema de poder espurio. No basta con mostrarse dolida por lo que se dijo de la U si al mismo tiempo se insiste en seguir sentada en un directorio cuya legitimidad está rota.
La U necesita algo más que declaraciones de afecto: necesita una limpieza institucional que parta por purgarla a usted. Necesita que quienes llegaron por una mayoría accionaria hoy cuestionada entiendan que no pueden seguir actuando como si la normalidad continuara intacta. La normalidad terminó y quien no lo entiende no está defendiendo a la U. Está defendiendo su lugar dentro de Azul Azul y la dieta asociada al desempeño del cargo.
El periodismo también falló
Hay otro punto que me molesta casi tanto como la declaración.
El punto de prensa de esta señora volvió a mostrar una carencia habitual del periodismo deportivo: la falta de preguntas incómodas cuando realmente importan.
No basta con poner grabadoras delante de una presidenta de concesionaria ni con recoger frases y publicarlas. Había una pregunta elemental, casi obligatoria: cómo puede seguir en la presidencia alguien elegida por un bloque de poder cuyo origen quedó cuestionado por la resciliación de la operación de Clark y por la intervención del liquidador.
Esa era la pregunta. No si tiene ganas de seguir, ni si siente responsabilidad. Menos si le duele lo que dijeron otros. La pregunta era por la legitimidad, y tristemente, nadie fue capaz de hacerla
Cuando esa pregunta no se hace, el periodismo deja de fiscalizar y se transforma en escenografía. Y una institución como la U, secuestrada durante años por opacidades, intermediarios, controladores difusos y negocios difíciles de explicar, necesita justamente lo contrario: periodistas que incomoden, no que acompañen la puesta en escena.
La U no es de ellos
Universidad de Chile no necesita una administración que explique por qué puede quedarse, sino que requiere de una que entienda cuándo debe irse.
La ley podrá definir quién administra las acciones, cuándo se convoca una junta, qué resuelve el liquidador y qué ocurre con el directorio. Todo eso tendrá su curso, pero hay una dimensión que no cabe en los documentos legales: el respeto por la historia del club.
Y esa historia ha sido demasiado maltratada. La U no es de Sartor, no es de Michael Clark, no es de Cecilia Pérez. No es de ningún director que cobre por permanecer mientras el club se hunde en una crisis de confianza.
La U es de su gente, de su historia y de una hinchada que ha soportado demasiado. La U es de Leonel, del Tanque y del Lulo. La U es del Matador, de Lucho Musrri , de Johnny y de Pepe Rojas. Es del Edu, del Príncipe y de tantos otros. También es de dirigentes como Carlos Fanta, el Dr. Orozco y de Federico Valdés.
Cecilia Pérez: cuando dices que seguirás hasta el último día, muchos creemos ese último día ya llegó. Solo falta tú y quienes te acompañan tengan la dignidad de entenderlo. Váyanse de una vez y dejen de hacerle daño a la U.