Por Claudia Awad, abogado | OPINIÓN
Vivimos en la época del ocaso del cuerpo.
En nuestra cultura el cuerpo tiene un papel imperante, se exhibe en redes sociales, los procedimientos estéticos crecen año a año, mantener una apariencia joven se ha vuelto una prioridad, e incluso las consignas feministas esgrimen como argumento a favor del aborto: «mi cuerpo, mi decisión». Pero al mismo tiempo, la persona en gestación se reduce a «conjunto de células», y se encarga la gestación de un hijo a otras mujeres que «subrogan a la madre», es decir, en ambos casos el cuerpo del que está por nacer y en el segundo, el de la mujer deja de ser importante. El cuerpo lo es todo y no es nada, según convenga.
Cuando intentamos identificar a alguien prescindiendo de su cuerpo, en realidad no estamos identificando a nadie. El cuerpo no es un accesorio de la persona: es parte constitutiva de ella. Cuando lo separamos de las relaciones humanas, el lenguaje mismo pierde el sentido ¿qué significa la palabra «mamá» o «hijo» cuando la gestación se encarga a otra mujer o cuando se realiza un aborto? Sin la adecuada comprensión de qué es el cuerpo, el resultado es una crisis de la persona misma.
En ese declive, el cuerpo pasa a entenderse como «algo» y no como alguien.
Ver al cuerpo como algo es reducirlo a objeto. Un objeto no transmite una historia ni lenguaje, no tiene sentimientos, emociones, menos dignidad ni misterio. Es algo que se usa, se modifica, se descarta según la necesidad. Por otro lado, en esta concepción el cuerpo también puede quedar reducido a pura biología: hay un cuerpo, y nada más. En ambos casos, el resultado es el mismo: se pierde el entendimiento del cuerpo y de la persona como un don, y con eso se pierde también la posibilidad de una relación auténtica.
En cambio, ver al otro como alguien es reconocerlo como sujeto. Eso implica reconocer que tiene dignidad, que merece respeto, que no puede ser instrumentalizado. Y si además enriquecemos esa mirada con la visión de la teología de cuerpo de San Juan Pablo II, el horizonte se abre aún más: el cuerpo expresa a la persona, es signo visible de su libertad, su capacidad de amar y de comunión. No es solo materia biológica, sino que, junto con el alma, constituye a la persona humana en su totalidad. Si entendemos lo que eso significa en profundidad, el acercamiento a otro no puede hacerse desde el utilitarismo ni desde la búsqueda de satisfacer una necesidad. El único instrumento legítimo para acercarse a otro es el amor, que es la respuesta libre y gratuita a lo bueno, lo bello y la dignidad que hay en él. Y la actitud que lo hace posible es el asombro.
La doctrina de la Iglesia nos enseña además que Dios nos hizo únicos. Nadie que haya existido ni que exista jamás será igual a otro. Cada ser humano es irrepetible, y esa singularidad no es solo física: el alma de cada persona es también única, irreductible, irremplazable. Eso significa que cuando me acerco a otro, no me acerco a una categoría ni a un estereotipo humano. Me acerco a alguien que no existió antes y no existirá después. Alguien que Dios pensó, quiso y creó de manera singular, con una historia que nadie más tiene, con un cuerpo y un alma que nadie más puede reemplazar.
Si cada persona es única e irrepetible, entonces ninguna puede ser sustituida, intercambiada ni descartada cuando deja de ser útil. La lógica actual de reemplazar lo que se desgasta, descartar lo que no rinde, no puede aplicarse a las personas sin dañarlas. Y, sin embargo, es exactamente lo que ocurre cuando reducimos al otro a un objeto: minimizamos lo que es ser persona.
El ocaso del cuerpo va más allá de una crisis filosófica. Es una crisis de identidad. Cuando el cuerpo deja de ser el lugar donde la persona se revela, expresa y entrega, las relaciones pierden profundidad y se vuelven transacciones. El otro deja de ser un misterio que me convoca y se convierte en un recurso que administro.
La propuesta cristiana va en sentido exactamente contrario. Nos invita a amar en vez de usar. Es un paradigma de las relaciones radicalmente distinto. Amar es querer el bien del otro por lo que es, no por lo que me da. Es acercarse con asombro, con gratuidad, con la disposición de recibir al otro como un don y no como un medio.
La manera de salir del ocaso es recuperar la mirada: volver a ver en cada persona que se cruza con nosotros a alguien, no a algo. A una persona única, irrepetible, creada y amada por Dios, que merece ser encontrada y no simplemente utilizada.