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Pacto de La Meca: la alianza enfrenta su primera prueba militar

Por José Santelices. Analista Político | GEOPOLÍTICA

Los ataques hutíes contra Riad y las instalaciones de Saudi Aramco obligaron a Arabia Saudita, Turquía y Pakistán a activar por primera vez su compromiso de defensa colectiva. La respuesta ya comenzó, pero la vulnerabilidad saudita demuestra que existe una distancia considerable entre firmar una alianza y construir un sistema capaz de proteger el territorio.

El Pacto de La Meca tardó menos de dos meses en encontrarse con la situación para la cual fue creado. Arabia Saudita enfrenta una campaña sostenida de ataques con misiles y drones hutíes que han alcanzado su principal aeropuerto, zonas residenciales y las propias instalaciones centrales de Saudi Aramco. Turquía y Pakistán ya comprometieron asistencia defensiva, mientras Riad volvió a atacar posiciones hutíes en Yemen.

La alianza, por tanto, dejó de ser una hipótesis y se transformó en una realidad que demanda una respuesta concreta: si un ataque contra uno de sus integrantes debe considerarse una agresión contra todos, ¿qué significa esa obligación cuando los misiles empiezan a caer?

Los primeros resultados muestran una realidad complicada para Riad ya que la nueva estructura regional puede ampliar sus opciones y reducir su dependencia exclusiva de Estados Unidos, pero todavía no constituye un escudo integrado capaz de impedir que una fuerza irregular situada en Yemen golpee instalaciones estratégicas dentro del reino.

La prueba llegó antes de que la alianza estuviera lista

Los hutíes han atacado repetidamente Arabia Saudita durante las últimas semanas. El aeropuerto internacional Rey Khalid de Riad fue alcanzado cuatro veces en pocos días y el ataque más grave, el sábado 10 de octubre, dejó 13 muertos y más de 300 heridos; al día siguiente, otro impacto en el terminal provocó una nueva víctima fatal y una decena de heridos.

La ofensiva reveló problemas que van más allá de la capacidad de interceptar un misil. Reuters informó que el sistema saudita de alerta pública había dejado de emitir avisos antes de los ataques más mortíferos, mientras AP reportó que Riad abrió una investigación para determinar cómo sus sistemas de defensa aérea fueron superados.

El 13 de octubre llegó un golpe todavía más simbólico: un ataque alcanzó el complejo central de Saudi Aramco en Dhahran. El Ministerio de Energía saudita informó inicialmente de un incendio limitado y sin víctimas, pero fuentes con conocimiento directo dijeron a Reuters que el fuego se extendió entre varios pisos y produjo daños importantes en el sector donde se encuentran oficinas ejecutivas y parte del centro desde el cual la compañía supervisa su gigantesca infraestructura petrolera.

Las operaciones de Aramco continuaron, pero ese no es el punto principal. Los hutíes demostraron capacidad para penetrar las defensas de un país que lleva décadas comprando algunos de los sistemas antiaéreos más sofisticados del mundo y alcanzar simultáneamente aviación civil, infraestructura energética y la capital política.

Arabia Saudita enfrenta además un problema estructural debido a que debe proteger un territorio enorme, ciudades muy distantes entre sí, aeropuertos, terminales, refinerías, plantas de procesamiento, oleoductos y puertos. Interceptar cada dron o misil barato con sistemas de alto costo termina convirtiéndose en una batalla industrial y financiera, además de militar. AP señala que la combinación de reservas limitadas de interceptores, nuevas tácticas hutíes y ataques simultáneos está sometiendo al sistema saudita a una presión creciente.

La defensa colectiva ya fue activada

La novel alianza no permaneció inmóvil y el 5 de octubre, su comité superior se reunió de emergencia en Riad y acordó pasar a la “implementación inmediata” de los compromisos de defensa colectiva, incluyendo el despliegue rápido de fuerzas y capacidades hacia Arabia Saudita.

Es un cambio sustantivo respecto del acuerdo firmado el 7 de agosto. Entonces, Turquía, Arabia Saudita y Pakistán establecieron que un ataque armado contra uno sería considerado un ataque contra los tres, pero dejaron sin responder buena parte de las preguntas operativas: quién debía intervenir, con qué fuerzas, bajo qué mando y hasta dónde llegaba la obligación de cada miembro.

La crisis hutí comenzó a llenar esos espacios. Pakistán acordó aumentar su presencia militar en Arabia Saudita, sumándose a una cooperación defensiva que ya era extensa antes de la firma del pacto. Reuters informó que Islamabad aprobó nuevos despliegues sin recurrir al Parlamento, una decisión que marca un cambio respecto de 2015, cuando el Legislativo paquistaní rechazó participar en la intervención saudita en Yemen.

Turquía comenzó a proporcionar apoyo principalmente defensivo y técnico. Ankara evalúa capacidades de defensa aérea, guerra electrónica, inteligencia y otros sistemas, mientras el canciller Hakan Fidan descartó explícitamente que fuerzas turcas participen en operaciones ofensivas dentro de Yemen.

La distinción es importante ya que el pacto está funcionando, pero sus integrantes intentan separar la defensa del territorio saudita de la guerra que Riad conduce contra los hutíes dentro de Yemen.

Pakistán y Turquía pueden ayudar a interceptar misiles, proteger infraestructura, compartir inteligencia, operar radares o mejorar guerra electrónica sin necesariamente bombardear posiciones hutíes. En términos jurídicos y políticos, esa frontera permite cumplir el compromiso de defensa colectiva reduciendo el riesgo de quedar absorbidos por otra guerra prolongada en Yemen.

El problema es que esa frontera puede volverse cada vez más difícil de mantener. Si los ataques continúan, la defensa de Arabia Saudita puede requerir destruir lanzadores, centros de mando o depósitos situados dentro de territorio yemení. En ese momento, la diferencia entre defender y participar directamente en la guerra comienza a estrecharse.

Arabia Saudita quería alternativas a Washington

La crisis permite entender mejor por qué Riad impulsó esta alianza.

Arabia Saudita no ha roto su relación estratégica con Estados Unidos ni pretende reemplazarla completamente. Sus Fuerzas Armadas siguen utilizando grandes cantidades de tecnología estadounidense y Washington continúa entregando inteligencia y apoyo para la selección de objetivos.

Lo que cambió es la confianza saudita en que la protección estadounidense, por sí sola, resulte suficiente. La duda ya existía cuando se firmó el acuerdo y Reuters describió en agosto cómo los conflictos regionales y los ataques contra los Estados del Golfo habían generado interrogantes crecientes sobre la fiabilidad del tradicional paraguas de seguridad estadounidense.

La respuesta de Washington frente a la actual crisis confirmó parcialmente esa percepción. Mohammed bin Salman pidió durante septiembre una intervención militar estadounidense directa contra los hutíes pero Donald Trump rechazó realizar esos ataques y optó por ofrecer inteligencia y asistencia para que Arabia Saudita desarrollara sus propias operaciones.

Estados Unidos continúa ayudando pero no quiere asumir, nuevamente, el costo de una campaña militar directa contra Yemen.

Eso explica la lógica del Pacto de La Meca mejor que cualquier declaración diplomática: Arabia Saudita no dejó de necesitar a Washington, pero dejó de confiar en que Washington quiera resolver militarmente cada amenaza que enfrenta el reino. Turquía y Pakistán permiten diversificar ese riesgo.

Ankara aporta industria militar, drones, sensores, guerra electrónica y experiencia operacional adquirida durante décadas dentro de la OTAN. Islamabad dispone de fuerzas numerosas, cooperación histórica con Arabia Saudita y capacidades que pueden reforzar rápidamente la defensa aérea y terrestre del reino.

Sin embargo, la crisis actual revela que sumar capacidades nacionales no equivale todavía a construir una defensa integrada. Turquía incluso debe completar la ratificación parlamentaria del acuerdo, proceso que Recep Tayyip Erdoğan anunció que enviará próximamente al Legislativo.

Irán amplía la presión desde el mar

La prueba del pacto ocurre mientras otra amenaza aumenta sobre el Golfo.

Irán ha comenzado a modificar sus tácticas contra los buques que atraviesan el estrecho de Ormuz y está ampliando el área de operaciones hacia el golfo de Omán y aguas próximas a Qatar y Emiratos Árabes Unidos. En las últimas 48 horas se registraron al menos cinco incidentes contra petroleros y otros buques comerciales, incluyendo ataques con drones y proyectiles.

Dos altos funcionarios iraníes dijeron a Reuters que Teherán busca mantener elevados los precios del petróleo y aumentar la presión sobre Estados Unidos antes de las elecciones legislativas de noviembre. Uno de ellos describió la estrategia como un “juego de ajedrez”: cada vez que Washington se acerque a reducir el precio del crudo, Irán intentará volver a elevarlo mediante presión sobre la navegación.

No existe evidencia pública suficiente para afirmar que los ataques hutíes contra Arabia Saudita y la campaña marítima iraní formen parte de una operación dirigida desde un mismo centro de mando. Estratégicamente, sin embargo, ambas presiones convergen.

Los hutíes golpean aeropuertos e infraestructura petrolera saudita desde Yemen mientras Irán amenaza el transporte energético desde Ormuz y el golfo de Omán. Arabia Saudita debe proteger simultáneamente sus instalaciones en tierra, sus exportaciones marítimas y las rutas del mar Rojo.

El ataque contra Aramco bastó para elevar nuevamente el precio internacional del petróleo. Este 14 de octubre, el Brent cotizaba sobre los US$ 106 por barril, mientras los mercados incorporaban tanto el riesgo sobre las instalaciones sauditas como el aumento de los ataques contra embarcaciones en Hormuz.

El objetivo estratégico de Teherán aparece con claridad: convertir la vulnerabilidad energética mundial en una herramienta de presión política.

Esto también aumenta la importancia del Pacto de La Meca. La alianza fue concebida como mecanismo de defensa regional, pero deberá operar en un escenario donde la amenaza de ataques con misiles dirigidos contra ciudades, también incluye rutas marítimas, buques comerciales, infraestructura petrolera y actores no estatales capaces de imponer costos globales.

La primera prueba determinará qué tipo de alianza será

Hasta ahora, el pacto ha superado su primera prueba política ya que Turquía y Pakistán no se desentendieron del ataque contra Arabia Saudita. Condenaron la ofensiva, activaron mecanismos de coordinación y comenzaron a entregar apoyo militar. Pero la prueba militar sigue abierta.

Los hutíes continúan lanzando misiles y drones, Riad mantiene parte de su principal aeropuerto cerrado y el complejo administrativo de Aramco acaba de ser alcanzado. La alianza puede reforzar radares, defensas aéreas, inteligencia y guerra electrónica, aunque todavía no ha demostrado que esas capacidades sean suficientes para modificar el cálculo del adversario y es ahí donde se juega la credibilidad del acuerdo.

Si Turquía y Pakistán permiten a Arabia Saudita reducir significativamente la eficacia de los ataques, el Pacto de La Meca empezará a adquirir un valor disuasivo real. Un nuevo ataque ya no obligaría a Riad a responder sólo con sus propios recursos ni a esperar una decisión estadounidense.

Pero si los ataques continúan penetrando las defensas sauditas pese a la activación del pacto, la percepción será distinta. La cláusula de defensa colectiva seguirá teniendo peso diplomático, pero sus adversarios habrán comprobado que existe un intervalo importante entre la promesa y la capacidad operacional.

Para Chile, la diferencia tiene consecuencias concretas. Arabia Saudita sigue siendo uno de los actores centrales del mercado petrolero, mientras Ormuz y Bab el-Mandeb son rutas decisivas para la energía y el comercio mundial. La combinación de ataques contra Aramco, presión sobre el mar Rojo y ofensivas contra barcos en Hormuz ya está elevando precios, seguros y costos de navegación.

Una alianza regional capaz de estabilizar esos espacios puede disminuir parte del riesgo. Una estructura defensiva que no logre hacerlo dejará al mercado dependiendo otra vez de la capacidad estadounidense para intervenir, precisamente la dependencia que Arabia Saudita intentó reducir.

El Pacto de La Meca nació para demostrar que Riad podía construir una seguridad menos subordinada a Washington. Dos meses después, la teoría terminó y ahora debe demostrar que funciona.