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Crisis en La Moneda: por qué falla la estrategia comunicacional del gobierno

Por En-Off | Off The Record

El problema no es solo qué dice el Gobierno, sino cómo está estructurando su comunicación. Entre vocerías tensionadas, marcos narrativos que se corrigen sobre la marcha y un diseño que multiplica voces sin una jerarquía clara, La Moneda empieza a pagar un costo político que excede los errores puntuales.

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Las dificultades comunicacionales del Gobierno ya no puede leerse como una suma de tropiezos. A estas alturas, lo que se empieza a ver es algo más estructural: un diseño que no logra alinear vocería, conducción política y narrativa pública. Esa es, en esencia, la lectura que asoma en varias de las piezas que han circulado en las últimas semanas y que, aunque provienen de medios y sensibilidades distintas, apuntan al mismo núcleo.

La tesis más interesante no es que haya habido errores. En todo gobierno nuevo los hay. La cuestión es otra, como señala un cercano a La Moneda: «el Ejecutivo no ha conseguido estabilizar un marco interpretativo». «El caso más claro fue la instalación del concepto de ‘Estado en quiebra’, una idea de alto impacto que buscó ordenar la agenda desde la urgencia, pero que luego debió ser corregida. El medio Poder y Liderazgo lo formula con precisión: “cuando un gobierno instala una idea de alto impacto y luego la corrige, no ajusta el mensaje: debilita su credibilidad”. Biobío Chile, por su parte, vinculó directamente esa línea comunicacional con una caída temprana en aprobación, citando datos de Cadem y Panel Ciudadano-UDD.

Ahí está la primera falla de fondo. Un gobierno puede optar por un relato duro, incluso dramático, pero si no es capaz de sostenerlo en el tiempo o de traducirlo de manera coherente en sus distintas vocerías, el problema deja de ser ideológico y pasa a ser de conducción. No es la dureza del mensaje lo que erosiona; es su inconsistencia.

El segundo problema es la arquitectura de vocerías. Interferencia sostuvo que en las primeras semanas del gobierno uno de los ministerios más resentidos fue la Secretaría General de Gobierno, y describió a Mara Sedini como una ministra que “ha mostrado debilidad”, “duda” y “confusión” en temas complejos. 24 Horas habló derechamente de descoordinaciones y de una lógica “aún de campaña, más que de una administración instalada”. Otros medios, a su vez, recogien la visión de expertos que hablan de “desconexión” y fallas comunicacionales en los primeros 40 días del gobierno.

Eso importa porque muestra que el problema no está reducido a una persona. El caso Sedini es visible, pero funciona como síntoma de una falla más amplia. Cuando una vocería política queda expuesta a dudas, errores, rectificaciones o mensajes mal calibrados, el costo no recae solo sobre quien habla. Recae sobre la capacidad del gobierno de instalar una lectura ordenada de la realidad. Biobio Chile incluso consignó un episodio menor en apariencia —una publicación de la vocería con faltas de ortografía que debió ser eliminada—, pero que en política es todo menos menor: cuando la autoridad encargada de ordenar el mensaje transmite descuido en la forma, refuerza la percepción de improvisación en el fondo.

El tercer problema es de ritmo. El gobierno parece seguir comunicando como si todavía estuviera en fase de copamiento de agenda, saturando el espacio público con múltiples señales, anuncios y marcos interpretativos. Alfredo Joignant, en El País, lo leyó como una versión local del “flood the zone” asociado a Trump y Steve Bannon: una estrategia de copamiento que puede funcionar por un rato, pero que en el caso chileno estaría produciendo “más confusión que claridad” y una “cacofonía” que ni siquiera el propio oficialismo termina de entender bien.

Ese punto es muy importante desde la comunicación política. En campaña, la saturación puede servir para marcar agenda, descolocar al adversario y monopolizar la conversación. En gobierno, en cambio, la saturación sin jerarquía termina erosionando autoridad. Porque gobernar no es solo emitir señales; es priorizar, ordenar y fijar una secuencia comprensible. Si todo ocurre al mismo tiempo, pero sin una voz que jerarquice, la percepción resultante ya no es de control, sino de ruido.

Ahí aparece una cuarta dimensión: el descalce entre mensaje técnico y recepción política. La Moneda ha intentado explicar restricciones externas, herencias fiscales y márgenes acotados de maniobra. Pero el sistema político y la opinión pública no están escuchando solo explicaciones: están midiendo autoridad, claridad y control. José Antonio Neme lo expresó de forma brutal en Mega: el Presidente “necesita urgentemente un ajuste en comunicaciones”. La frase puede parecer mediática, pero conecta con algo más profundo: cuando las explicaciones se acumulan y la percepción de desorden no cede, el problema deja de ser solo de estilo. Se transforma en un problema de credibilidad operativa.

Desde una mirada experta, el cuadro puede leerse así. El Gobierno enfrenta, al menos, cuatro déficits simultáneos:

Primero, déficit de marco: instala conceptos fuertes y luego los corrige.
Segundo, déficit de jerarquía: multiplica vocerías sin ordenar el centro del mensaje.
Tercero, déficit de traducción: comunica en clave técnica lo que la ciudadanía procesa en clave de impacto.
Cuarto, déficit de transición: no termina de abandonar la lógica de campaña para asumir la de gobierno.

Y aquí está la parte más delicada: estos problemas no se corrigen solo cambiando una vocera, retocando un slogan o mejorando la pauta del día. Lo que se necesita es reordenar la cadena de decisión comunicacional. ¿Quién fija el marco? ¿Quién administra las crisis? ¿Quién baja el mensaje presidencial? ¿Qué ministerio explica y qué ministerio calla? Cuando esas respuestas no están nítidas, las vocerías dejan de ser instrumentos de gobierno y se convierten en fuentes de fricción interna.

La paradoja es que el Gobierno sí parece tener diagnóstico sobre varios temas. Lo que no ha demostrado todavía es capacidad para convertir ese diagnóstico en un relato sostenido, con vocerías consistentes y prioridades claras. Explicar no basta. En política, explicar demasiado incluso puede ser contraproducente si el mensaje no llega envuelto en una estructura de autoridad. Un gobierno convence cuando parece saber qué está pasando, pero sobre todo cuando transmite que sabe cómo contarlo y quién debe contarlo.

Por eso, el problema comunicacional de La Moneda no es solo que haya errores. Es que empieza a consolidarse la impresión de que nadie está ordenando del todo el relato. Y cuando eso ocurre en el inicio de un gobierno, el daño no se mide solo en encuestas ni en titulares: se mide en la pérdida gradual de una de las formas más importantes del poder político, la capacidad de definir la realidad antes de que otros la definan por ti.