Por En-Off | OFF THE RECORD
El Ministro de Hacienda quiso hablar en clave técnica, pero terminó instalado en el centro del conflicto político: cada recorte, cada oficio y cada explicación lo empujan a una pregunta compleja sobre el gobierno de Kast: quién paga la reconstrucción.
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Jorge Quiroz llegó a Hacienda con el aura del técnico duro: doctor en Economía, consultor privado, cerebro económico de José Antonio Kast y custodio del relato fiscal del nuevo gobierno.
Su mandato era ordenar las cuentas, reactivar el crecimiento y darle consistencia económica a una administración que hizo de la palabra “reconstrucción” una bandera política.
Pero en menos de dos meses, Quiroz dejó de ser el economista que explicaba el programa y pasó a ser el ministro que encarna su costo. El ajuste ya tiene rostro.
El técnico que no quería ser simpático
Quiroz no llegó a Hacienda para caer bien. Su propio entorno político lo ha presentado como un ministro frontal, poco dado a la seducción parlamentaria y más cómodo en el dato que en la negociación. Ex-Ante recogió una frase que resume su estética de poder: “No es el rol del ministro de Hacienda ser simpático”.
El problema es que Hacienda no administra solo planillas. Administra miedo, expectativas y costos. Cuando el ministro habla de eficiencia, muchos escuchan recorte. Cuando habla de reformular, otros leen eliminación.
Ahí está su falla política: cree que el lenguaje técnico protege. En realidad, lo expone.
El oficio que abrió la caja negra
El episodio Dipres fue el primer golpe serio. Un oficio de Hacienda sugirió revisar programas públicos de cara al Presupuesto 2027, con ajustes adicionales al 3% y proyecciones hasta 2031. La Tercera reportó que el documento involucraba 142 programas y $5,4 billones, instalando un problema dentro y fuera del gobierno.
Quiroz intentó contener el daño diciendo que “descontinuar” era una palabra usada en comunicaciones internas, no diseñada para el público general. Parece increíble, pero así es. También sostuvo que no significaba terminar programas, sino quitar continuidad para reformularlos.
Pero la política no perdona los glosarios. Cuando hay hambre, “descontinuar” no es técnico. Es brutal.
La controversia tocó programas sensibles, incluido el Programa de Alimentación Escolar, y obligó al ministro a aclarar que no habría recortes alimentarios ni de becas. El problema no fue solo comunicacional: fue de confianza. Si la ciudadanía cree que el ajuste se escribe en anexos antes de explicarse en público, el gobierno pierde la iniciativa.
El ministro que chocó con su propio gabinete
El flanco más incómodo no vino solo desde la oposición. Iván Poduje, ministro de Vivienda, rechazó públicamente sugerencias de Hacienda sobre programas como Pavimentos Participativos y Mejoramiento de Condominio Social. Su frase fue demoledora: Quiroz era “un ministro más”.
Ese cruce importa porque revela una fractura de poder. Hacienda quiere ordenar. Los ministros sectoriales quieren sobrevivir. Kast necesita ambas cosas: disciplina fiscal y relato social.
Quiroz, hasta ahora, parece dominar mejor la primera que la segunda.
El ministro tiene razón en que el gasto requiere cirugía. Pero en política, el cirujano también debe explicar por qué corta, dónde corta y a quién no va a dejar sangrando.
La sombra incómoda: colusión y ética pública
La biografía de Quiroz trae otro lastre: su pasado como consultor en causas de libre competencia.
CIPER revisó cuatro procesos —pollos, farmacias, asfalto y navieras— y sostuvo que existen 15 registros documentales que muestran informes, declaraciones o actuaciones técnicas en defensa de empresas que después fueron condenadas por colusión. Quiroz respondió que nunca estuvo vinculado, facilitó ni diseñó un esquema colusorio.
En el caso pollos, Verifica UDP consignó que el TDLC identificó asesorías de Quiroz en un modelo de estimación de consumo y producción, mencionado en correos como “modelo Quiroz”. En farmacias, el mismo medio reportó que elaboró informes económicos en defensa de Salcobrand y planteó hipótesis alternativas a la colusión.
No se trata de decir que Quiroz fue condenado, porque no lo fue. Se trata de algo políticamente más corrosivo: el ministro que hoy pide sacrificios sociales carga con una trayectoria asociada a defensas técnicas de empresas sancionadas por abusos de mercado. Con ese perfil, no se le puede pedir sensibilidad social.
La gran contradicción
La megarreforma del gobierno busca bajar el impuesto corporativo, destrabar inversión y compensar con crecimiento futuro. Pero el Consejo Fiscal Autónomo advirtió riesgos para las finanzas públicas: deterioro fiscal persistente, dependencia de ingresos inciertos y peligro de acercarse al umbral prudente de deuda.
Ese es el dilema central de Quiroz: quiere ser el ministro del orden fiscal, pero defiende una reforma cuya sostenibilidad depende de una promesa de crecimiento todavía no demostrada.
Su relato tiene una tensión de origen. Pide austeridad al Estado mientras ofrece alivios al capital. Pide confianza a los ciudadanos mientras su gobierno instala la idea de que “no hay plata”. Pide tiempo al Congreso mientras acelera una reforma que la oposición ve como tributaria encubierta.
Quiroz no es un accidente del gobierno Kast. Es su síntesis: técnica dura, ideología de mercado, poca paciencia política y una confianza casi religiosa en que el crecimiento resolverá el conflicto distributivo.
La pregunta ya no es si sabe de economía. La pregunta es si entiende el poder. Porque en Hacienda, el Excel no gobierna solo.
Si Quiroz no logra convertir el ajuste en una explicación política creíble, su figura pasará de activo técnico a pasivo presidencial. Y cuando un ministro de Hacienda se transforma en el rostro del costo, cada recorte deja de ser contabilidad: se vuelve oposición.