Por José Santelices | ANÁLISIS
El bloqueo del Estrecho de Ormuz ya no es solo una amenaza petrolera. El golpe más profundo puede venir por el lado de los fertilizantes, el transporte y los alimentos: una cadena lenta que termina entrando al supermercado.
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El Estrecho de Ormuz dejó de ser una preocupación lejana para especialistas en energía. La interrupción del paso marítimo tensiona el petróleo, el gas natural licuado y los fertilizantes, tres insumos que sostienen buena parte de la economía global. Según la Agencia Internacional de Energía, por esa ruta pasan cerca de 20 millones de barriles diarios de petróleo, alrededor del 25% del comercio marítimo mundial de crudo. También transita cerca del 19% del comercio global de GNL.
El impacto no se agota en las estaciones de servicio. Cuando sube la energía, sube el transporte. Cuando se encarecen los fertilizantes, sube el costo de producir alimentos. Y cuando ambos factores se combinan, el efecto llega tarde, pero llega más hondo. El petróleo golpea rápido. Los fertilizantes golpean después.
El shock oculto está en los fertilizantes
La guerra en Medio Oriente volvió a instalar una vulnerabilidad que el mundo ya conoció tras la invasión rusa a Ucrania: los alimentos dependen de cadenas globales frágiles. El Banco Mundial proyecta que los fertilizantes subirán 31% en 2026, impulsados por un salto de 60% en la urea. También advierte que la accesibilidad de los fertilizantes caería a su peor nivel desde 2022.
Ese dato cambia el centro del problema. No se trata solo de cuánto cuesta llenar un estanque. Se trata de cuánto costará sembrar, cosechar, transportar y vender alimentos durante los próximos meses.
El IFPRI estima que hasta un 30% del comercio mundial de fertilizantes pasó por el Estrecho de Ormuz en 2024, además de cerca de 20% del GNL, insumo clave para fertilizantes nitrogenados.
La inflación alimentaria no siempre empieza en el supermercado. Esta vez empieza en un estrecho bloqueado.
Chile no está blindado
Chile no produce la mayor parte de los fertilizantes que consume. Según datos citados por Odepa, en 2025 el país importó 1.152.384 toneladas de fertilizantes de uso agrícola e industrial.
Eso deja a la agricultura nacional expuesta a un doble golpe: precios internacionales más altos y costos logísticos más caros. La presión puede sentirse en frutas, hortalizas, cereales, leche, carnes y productos procesados.
El efecto no será inmediato ni uniforme. Parte de los fertilizantes ya fueron comprados para ciclos agrícolas en curso. Pero si el conflicto se prolonga, el problema aparecerá en las próximas decisiones de siembra, en los márgenes de los productores y luego en los precios al consumidor.
Energía, dólar y alimentos: la cadena completa
El Banco Mundial proyecta que los precios globales de commodities subirán 16% en 2026, empujados por energía y fertilizantes. La energía, en particular, subiría 24% este año bajo el escenario base de disrupciones en Medio Oriente.
Para Chile, el riesgo es más complejo porque combina tres variables: petróleo más caro, fertilizantes más caros y un dólar que puede fortalecerse en escenarios de incertidumbre global.
Esa mezcla presiona los costos internos. Transporte, agroindustria, alimentos importados y producción local quedan atrapados en la misma cadena. El shock no entra por una sola puerta. Entra por todas.
La política también pagará el costo
Si los precios de los alimentos vuelven a subir, el conflicto dejará de ser geopolítico y se convertirá en doméstico. Los gobiernos no controlan Ormuz, pero sí pagan el costo político de la inflación.
El problema es que este tipo de shock llega con retraso. Primero suben los insumos. Después se ajustan los márgenes. Luego aparecen alzas en productos finales. Para cuando el consumidor lo nota, la cadena ya está tensionada.
Por eso el debate no debería limitarse al precio del petróleo. La pregunta de fondo es otra: qué tan preparada está una economía abierta como la chilena para enfrentar un encarecimiento sostenido de fertilizantes, energía y transporte.
La próxima inflación puede venir del campo
El Estrecho de Ormuz funciona como un recordatorio brutal: la seguridad alimentaria también depende de rutas marítimas, gas, fertilizantes y puertos. No basta con mirar el barril de petróleo.
Si la crisis se prolonga, el golpe más fuerte puede no estar en la bencina, sino en la comida. Y para Chile, país importador de fertilizantes y altamente expuesto a precios externos, ese riesgo no es abstracto.
La próxima inflación puede venir del campo. Y empezar mucho antes de llegar a la mesa.