Por José Santelices | OFF THE RECORD
El partido opositor entra a sus elecciones internas y al cierre de su Congreso Ideológico en medio de críticas por falta de conducción, pérdida de espacios de poder y tensiones crecientes con el Partido Comunista. Mientras Gabriel Boric busca preservar influencia, en el FA comienza a instalarse una pregunta incómoda: qué queda del proyecto frenteamplista después del gobierno.
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El Frente Amplio atraviesa uno de los momentos más complejos desde su creación.
La salida del gobierno no solo dejó un desgaste político severo tras años de crisis, desorden administrativo y pérdida de credibilidad pública. También provocó algo menos visible, pero igual de profundo: la pérdida de poder interno que entregaba el Estado.
En el FA reconocen que el paso por el gobierno permitió construir redes, instalar cuadros políticos y asegurar espacios de influencia que hoy ya no existen. Ministerios, subsecretarías, servicios y asesorías funcionaban también como una estructura de articulación partidaria. Y eso se terminó.
La consecuencia comenzó a sentirse rápidamente: menos poder, menos recursos, menos capacidad de ordenar internamente al partido. Y además, con un costo reputacional enorme.
Porque el Frente Amplio llegó al gobierno prometiendo una superioridad ética y técnica respecto de la vieja política. Pero terminó saliendo asociado precisamente a aquello que decía combatir: cuoteos, improvisación, disputas internas y operadores.
Ese golpe todavía no logra ser procesado completamente dentro de la colectividad.
La crítica interna: mucho relato y poca política
En paralelo, el Congreso Ideológico y las elecciones internas comenzaron a abrir tensiones más profundas respecto de la identidad del partido y su conducción futura.
Aunque públicamente el debate se presenta como una discusión doctrinaria, dentro del Frente Amplio existe inquietud sobre la falta de claridad estratégica y la debilidad política de parte importante de sus liderazgos.
Las críticas apuntan de manera importante a la bancada de diputados.
Fuentes internas del FA describen a varios diputados como figuras más preocupadas de la estética discursiva que de construir conducción política real dentro de la oposición.
Y dos nombres aparecen recurrentemente en esas conversaciones: Gonzalo Winter y Jaime Bassa.
La crítica es dura. “Parece importar más cuál de los dos habla más bonito o quién parece más refinado o sofisticado que el contenido político de lo que hacen”, comenta una fuente del Comité Central frenteamplista.
La observación no es menor, porque toca uno de los problemas que sectores internos comienzan a detectar con preocupación: la tendencia del Frente Amplio a privilegiar la performance política por sobre la construcción efectiva de poder.
En la Cámara, además, reconocen que la bancada todavía no encuentra una ubicación clara dentro de la oposición. Ni liderazgo, ni tono, ni estrategia común.
El resultado es un partido que muchas veces aparece comentando la política más que conduciéndola, con una liviandad preocupante, considerando que electoralmente se trata del partido más importante de la izquierda, incluido el socialismo democrático.
Antonia Orellana y la disputa por la nueva conducción
En ese escenario, las elecciones internas comenzaron a activar conversaciones sobre quién podría asumir la reconstrucción del partido.
Aunque la ex ministra Antonia Orellana ha descartado públicamente competir por la presidencia del Frente Amplio, distintas fuentes internas aseguran que su nombre concentra apoyos relevantes y que existe un sector que la empuja como una figura capaz de reordenar políticamente a la colectividad. Una fuente señala que representa lo que el partido necesita en esta etapa: «una figura ruda, mal educada, que come mal, hasta insolente. Ella representa eso que tenemos que hacer ahora dentro de la oposición, marcar diferencias reales».
Su perfil tiene varias ventajas para el oficialismo frenteamplista: fue ministra, tiene redes internas, mantiene cercanía con Boric y conserva legitimidad en sectores feministas y orgánicos del partido.
El problema es que cualquier nueva conducción deberá administrar un escenario mucho más complejo que el que enfrentó el FA en sus años de expansión. Hoy el partido ya no representa novedad, está desprestigiado y desperfilado. Y eso cambia completamente la lógica política.
Boric no piensa retirarse del tablero
En el Frente Amplio existe además otra convicción: Gabriel Boric no pretende convertirse en un ex Presidente silencioso. Por el contrario.
Desde diversos sectores de la interna partidaria aseguran que el ex Mandatario busca proyectarse como un referente político latinoamericano, con redes internacionales y capacidad de influencia en debates regionales vinculados a democracia, progresismo y derechos sociales.
Pero también existe claridad respecto de otra cosa: Boric quiere seguir influyendo al interior del Frente Amplio y eso abre una discusión sensible porque parte importante del partido sigue viendo en él su principal activo político y electoral. Pero al mismo tiempo, el gobierno que encabezó dejó costos que el FA todavía paga.
La tensión ya comenzó a instalarse: cuánto preservar del legado de Boric y cuánto marcar distancia para reconstruir identidad propia.
La relación incómoda con el Partido Comunista
Todo esto ocurre además en medio de una relación compleja con el Partido Comunista.
Durante años, el FA necesitó al PC para consolidar mayoría política. Pero hoy varios sectores frenteamplistas miran con inquietud el peso que los comunistas mantienen dentro de la izquierda.
No quieren romper pero tampoco quieren quedar subordinados.
Especialmente porque el Frente Amplio enfrenta un problema evidente: perdió parte importante de la centralidad política que alguna vez tuvo dentro del progresismo.
Y mientras el PC mantiene disciplina orgánica y capacidad de movilización, el FA aparece más fragmentado, más intelectualizado y menos conectado con bases sociales reales.
Ese contraste comienza a generar ruido interno.
Sobre todo porque algunos dirigentes reconocen que el partido corre el riesgo de transformarse en una fuerza más preocupada de interpretar debates culturales que de construir mayoría política.
El problema de fondo
El Congreso Ideológico probablemente permitirá ordenar documentos, principios y declaraciones.
Pero el problema del Frente Amplio hoy no parece doctrinario, sino que parece ser político.
Porque después de haber llegado al poder y de haberlo perdido, el partido enfrenta una disyuntiva compleja: si todavía tiene algo nuevo que ofrecer o si terminó convirtiéndose en aquello que prometía reemplazar.