Dólar observado: CLP$ 916 | Unidad de fomento (UF): CLP$ 40.769 | Indice de Precios al Consumidor (IPC): -0.2%

Chile y el fin de la idea de progreso

Por José Santelices | OFF THE RECORD

La crisis de seguridad, el deterioro institucional y el estancamiento económico parecen problemas distintos. Pero todos apuntan a una misma pregunta: ¿qué ocurrió con el proyecto de país que alguna vez impulsó a Chile?

Chile vive una paradoja incómoda. Nunca había tenido tantos recursos, tanta educación formal, tanta conectividad ni tanta capacidad técnica. Sin embargo, pocas veces había transmitido una sensación tan persistente de estancamiento, inseguridad y pérdida de dirección.

La violencia crece, la delincuencia se vuelve más sofisticada, la confianza en las instituciones lleva años en caída libre, la inversión pierde dinamismo y el crecimiento económico avanza con dificultad. A eso se suma una clase política cada vez más incapaz de resolver los problemas y de ofrecer una idea de país que ordene las prioridades.

Cada uno de estos fenómenos suele discutirse por separado. Seguridad por un lado, economía por otro, educación por otro, inmigración por otro, corrupción por otro. Pero quizás el problema sea más profundo. Tal vez todos esos síntomas formen parte de una misma crisis: Chile dejó de mirar hacia adelante.

El país no está colapsado, pero tampoco transmite avance. Funciona, sí, pero cada vez más a la defensiva. Reacciona frente a la emergencia, contiene daños, administra restricciones y posterga decisiones de fondo. Esa es la incomodidad que empieza a cruzar a la elite política y económica: Chile parece haber perdido una promesa.

De construir país a contener el daño

Durante buena parte del siglo XX, Chile discutía cómo desarrollarse. Había conflictos ideológicos intensos, diferencias sociales profundas y disputas políticas duras, pero existía una convicción compartida: el país debía avanzar. La pregunta era cómo construir más escuelas, más infraestructura, más energía, más industria, más producción y más oportunidades.

Esa discusión podía ser áspera, pero tenía un horizonte. La política giraba alrededor de una idea de futuro, no solamente alrededor de la administración del presente. El país podía equivocarse, podía dividirse, podía enfrentar crisis severas, pero seguía existiendo una noción de progreso como objetivo nacional.

Hoy ocurre algo distinto. La agenda pública está dominada por la administración de urgencias: crimen organizado, listas de espera, inmigración irregular, déficit fiscal, corrupción, violencia escolar, bajo crecimiento y deterioro de servicios públicos. Todo parece urgente, pero casi nada parece formar parte de un proyecto mayor.

La política dejó de discutir qué país quiere construir y pasó a discutir cómo contener el deterioro del país que ya existe. Esa diferencia es decisiva, porque administrar crisis puede ser necesario, pero no reemplaza la conducción histórica. Gobernar no es solo reaccionar. Gobernar también es ordenar expectativas, construir dirección y convencer a una sociedad de que todavía tiene un futuro común.

Chile parece atrapado precisamente ahí: en una política que gestiona problemas, pero ya no ofrece horizonte.

El espejo incómodo de Pedro Aguirre Cerda

Pedro Aguirre Cerda suele ser recordado por una frase: “Gobernar es educar”. Pero reducir su legado a esa consigna es empobrecerlo. Lo importante no era solo la educación, sino la lógica política que había detrás: entender que educación, producción, infraestructura, industria y desarrollo económico formaban parte de un mismo proyecto nacional.

La creación de la CORFO después del terremoto de 1939 expresa con claridad esa mirada. Frente a una catástrofe, Chile no se limitó a reconstruir lo perdido. Aprovechó la reconstrucción para impulsar una transformación económica e institucional de largo plazo. Había una idea de Estado, una idea de desarrollo y una idea de país.

Ese contraste resulta incómodo para el Chile actual. Hoy existen más recursos, más profesionales, más tecnología, más conectividad y más información que en aquella época. Pero parece haber menos claridad sobre el futuro que se quiere alcanzar.

La comparación no es nostálgica. Es política. Pedro Aguirre Cerda importa porque recuerda una época en que el Estado, con muchas menos herramientas que hoy, tenía más ambición histórica. El Chile actual, en cambio, parece haber reemplazado la construcción de futuro por la gestión permanente de la emergencia.

Una clase política sin proyecto

El problema atraviesa a todo el sistema político. La derecha habla de orden, pero muchas veces no logra convertir esa demanda en una idea integral de desarrollo. La izquierda habla de derechos, pero perdió densidad transformadora y quedó atrapada entre la administración estatal, las agendas identitarias y la defensa de causas parciales. El centro no existe.

El resultado es una política cada vez más pequeña. Más reactiva, más electoral, más comunicacional y más dependiente del escándalo semanal. Se discute mucho, pero se proyecta poco. Se diagnostica con dureza, pero se conduce con miedo. Se prometen soluciones, pero casi nunca se articula una visión capaz de reunir seguridad, crecimiento, educación, cohesión social e institucionalidad bajo una misma dirección.

Chile todavía conserva fortalezas relevantes. Tiene algunas instituciones que funcionan, empresas competitivas, universidades importantes, capacidad técnica y una economía que sigue estando entre las más desarrolladas de América Latina. Pero la sensación dominante ya no es de avance, ess de contención.

Como si el objetivo nacional hubiera dejado de ser progresar y hubiera pasado a ser evitar un deterioro mayor.

Ese cambio cultural es más profundo de lo que parece. Los países no entran en decadencia únicamente cuando sus instituciones colapsan. A veces comienzan a deteriorarse antes, cuando dejan de creer en sí mismos, cuando su conversación pública se vuelve exclusivamente defensiva y cuando sus elites pierden la capacidad de imaginar un destino común.

La pregunta que la política evita

La crisis de seguridad exige respuestas duras. El estancamiento económico exige decisiones. La educación, la salud, la inmigración y la corrupción también requieren políticas serias. Pero ninguna de esas discusiones resolverá por sí sola el problema de fondo si no existe una idea de país que las ordene.

La pregunta incómoda es otra: ¿existe hoy una idea compartida de progreso para Chile?

La política evita esa pregunta porque obliga a mirar más allá de la próxima elección. Obliga a pensar en décadas y no en encuestas. Obliga a discutir qué tipo de país se quiere construir y no solamente qué crisis hay que administrar.

Ese es el vacío más grave. Chile todavía tiene capacidades. Todavía puede crecer, recuperar seguridad, ordenar sus instituciones y reconstruir confianza. Pero para eso necesita algo más que gestión, más que diagnósticos y más que promesas de campaña.

Necesita volver a creer que el futuro puede ser construido.

La comparación con Pedro Aguirre Cerda no incomoda porque Chile enfrente hoy problemas complejos. Incomoda porque, con muchos menos recursos, una generación política fue capaz de mirar más lejos que la actual.

Y esa puede ser la señal más dura del momento actual: no que el país tenga dificultades, sino que su clase dirigente parece haberse acostumbrado a administrarlas.