Por José Santelices, periodista y analista político | OFF THE RECORD
El Gobierno salvó la votación de la idea de legislar, pero la presidenta del Senado dejó claro que eso no equivale a tener la reforma lista. La mesa que convocará Paulina Núñez puede transformarse en el lugar donde RN, Chile Vamos y la oposición definan cuánto del proyecto original llegará vivo a la votación en particular.
La Moneda celebró la aprobación en general en el Senado del Plan de Reconstrucción como si hubiera superado el principal obstáculo. Era comprensible: una derrota habría dejado al gobierno de José Antonio Kast sin su proyecto emblemático y con una señal política devastadora antes de entrar de lleno en su primer año.
Pero los 26 votos no fueron una mayoría política. Sólo fueron una autorización mínima para seguir conversando.
Eso es importante, porque el Gobierno intentó instalar la idea de que el Senado había respaldado el corazón de su agenda económica. Lo que realmente ocurrió fue algo bastante menos heroico: el Senado aceptó abrir la discusión, pero dejó pendiente la parte incómoda, que es definir qué artículos sobreviven y bajo qué condiciones.
La votación salvó la reforma de una muerte prematura pero no le aseguró una vida larga.
La mesa no es cortesía: es peaje
Paulina Núñez entendió rápido que la estrechez de la votación no era un triunfo para exhibir, sino una advertencia. Por eso no habló de acelerar, sino de abrir una mesa para recoger propuestas, especialmente de la oposición, y buscar acuerdos en materias sensibles como las contribuciones.
La frase relevante no fue que el proyecto había dado “un paso importante”. La frase relevante fue otra: que estaba siendo validado solo por el oficialismo.
Traducido al lenguaje menos diplomático del Congreso, eso significa que el Ejecutivo no puede seguir tramitando la reforma como si tuviera una coalición sólida detrás. Tiene votos para sobrevivir pero no para imponer su diseño.
La mesa que propone Núñez no es decoración institucional. Es el peaje político que La Moneda deberá pagar para evitar que el proyecto se empantane artículo por artículo, comisión por comisión, indicación por indicación.
Y en política, cuando alguien instala un peaje, no suele hacerlo para que los demás pasen gratis.
RN encontró una forma de volver a importar
No hay una instrucción pública y tal vez tampoco hay intención de Renovación Nacional para usar la mesa como herramienta de presión contra Republicanos. Pero la política no necesita circulares para entender los incentivos.
RN lleva meses intentando evitar quedar reducido al papel de partido acompañante de un gobierno conducido por Kast y dominado discursivamente por Republicanos. La diferencia de estilo ya es evidente: Republicanos pide rapidez, disciplina y ejecución; RN insiste en acuerdos, institucionalidad y construcción de mayorías.
La tensión no es ideológica en todos los temas. Es una disputa por quién conduce a la derecha cuando gobernar deja de ser una campaña y empieza a requerir votos que no están garantizados.
Núñez no está frenando la reforma sino que está recordando que el Senado no es una oficina de partes de La Moneda.
La presidenta de la Cámara Alta abrió un espacio donde RN puede recuperar gravitación, Chile Vamos puede exigir correcciones y la oposición puede instalar condiciones sin aparecer como responsable de bloquear por bloquear. Para Republicanos, que apostaba por una tramitación rápida y con relato de urgencia, es una complicación evidente.
La reforma ya no se discutirá solo en el escritorio de Hacienda. También se discutirá en la mesa de Núñez.
El Gobierno tendrá que elegir qué cede
El problema del Ejecutivo es que varias de las normas más sensibles necesitan más respaldo que el obtenido en la votación general. Eso obliga a negociar y, por tanto, a modificar.
Las contribuciones aparecen como el primer punto de conflicto. Núñez ha recogido el reclamo de los alcaldes por la pérdida de ingresos municipales y ha planteado que la discusión no puede limitarse a definir quién queda exento, sino que debe abordar cómo se compensarán los recursos que dejarían de percibirse.
Pero ese es solo el comienzo. La discusión en particular abrirá espacio para revisar el diseño tributario, los incentivos económicos, las reglas de financiamiento y las normas que requieren quórums especiales. Esto ya no se trata de si el proyecto avanza. Habrá que ver cuánto del proyecto original seguirá allí cuando termine de avanzar.
Ese es el riesgo de las reformas demasiado grandes: pueden entrar al Congreso como una pieza de ingeniería política y salir convertidas en un conjunto de transacciones, excepciones y compensaciones que nadie quiso reconocer como propias.
La ironía de la reconstrucción
Kast llegó al gobierno prometiendo velocidad, decisión y una política menos entrampada en las viejas negociaciones. Su reforma emblemática acaba de entrar exactamente en ese terreno: el de la negociación, los quórums, las indicaciones y los actores que no están dispuestos a regalarle una victoria completa.
La ironía es bastante clara. El Gobierno aprobó la idea de reconstruir, pero ahora tendrá que negociar los materiales, el plano y hasta el permiso de construcción.
Paulina Núñez no le quitó la reforma a Kast. Hizo algo más sofisticado: instaló la mesa donde otros podrán decidir cuánto vale. Y en esa mesa, podemos anticipar que RN no pretende ser un invitado de cortesía.