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¿Quién contrata de verdad en Chile?

Por Camilo Guzmán

Ninguna pyme planea tomar más trabajadores, la cesantía llegó a su nivel más alto en casi cinco años y se anuncian casi ochenta mil millones de dólares en inversión. Conviene preguntar a quién llega ese empleo, y a quién no.

Hace unos días se conoció un dato que debería habernos detenido a todos. El Termómetro Pyme, una encuesta a más de dos mil empresas de menor tamaño, preguntó cuántas piensan contratar trabajadores este año frente al nuevo escenario de costos. La respuesta fue cero. Ninguna. Y una de cada diez ya anticipa que tendrá que despedir. No es una cifra para impresionar: es la fotografía de quien da la mayor parte del empleo en Chile.

Conviene recordarlo: las pequeñas y medianas empresas generan cerca del 65% del empleo privado del país. Dos de cada tres puestos del sector privado nacen ahí, no en las grandes cifras que salen en los titulares. Cuando ese mundo dice “no contrato, y quizás despida”, no es un problema de ellos: es un problema de todos.

El negocio que se come a sí mismo

Los mismos empresarios cuentan cómo están aguantando. Seis de cada diez reportan caída de ventas -en enero eran cuatro- y siete de cada diez están metiendo su propia plata para sostener el negocio. Ese último número empezó a bajar, pero no porque estén mejor: bajó porque ya no les queda ahorro que meter.

En el campo entendemos ese punto mejor que nadie, porque lo vivimos igual. Cuando al agricultor no le alcanza, echa mano de lo que tiene guardado, y muchas veces no es plata en el banco: es la fertilidad de la tierra que deja de reponer, o la maquinaria que no renueva y corre hasta que revienta. Nos comemos lo que costó décadas construir.

Eso tiene un nombre: descapitalización. La empresa se ve funcionando, sigue abierta, pero por dentro se está quedando sin la base que la sostiene. El dueño de la pyme y el agricultor hacen lo mismo: queman el capital de años para sobrevivir el mes.

El precio no lo pone el mercado: lo pone el más grande

Alguien dirá: si le suben los costos, que suba los precios. Ahí está el corazón del problema. La mayoría de estas empresas chicas no le ponen precio a lo que venden: se lo ponen.

La pyme que le vende a una gran empresa, o que trabaja para ella, no se sienta a negociar de igual a igual; le informan cuánto le van a pagar. En una economía tan concentrada como la nuestra, con dos o tres grandes que compran o distribuyen en cada rubro, el que manda el precio es el grande. El pequeño no recibe lo que un mercado competitivo le habría asignado por su trabajo: recibe lo que alguien, más arriba, decidió pagarle.

Y eso, quiero ser claro, no es libre mercado: es exactamente lo contrario. En un mercado de verdad el precio lo forma la competencia de muchos. Cuando lo impone el poder de compra concentrado, a la pyme le aprietan por abajo con más costos y le tapan por arriba el precio. Queda estrangulada en el medio.

Por eso la otra cifra de la semana no sorprende. El desempleo llegó a 9,4%, el más alto en casi cinco años, y entre los jóvenes es mucho peor: casi uno de cada cuatro está sin trabajo. Hay más gente buscando pega que puestos disponibles, y mientras la pyme no contrate, esa brecha no se cierra.

Que suba el sueldo, sí; pero que se pueda pagar

Y que no se me malinterprete. Que el sueldo mínimo suba es una buena noticia, y ojalá pudiera subir más: el trabajador merece ganar bien, y el del campo es de los que peor lo pasa.

El problema nunca es que el trabajador gane más; en eso estamos todos de acuerdo. El problema es subirlo por decreto sin darle a la empresa chica las condiciones para pagarlo, porque entonces la buena intención se da vuelta y, en vez de un trabajador que gana más, queda un trabajador sin empleo. Cuidar al que paga el sueldo es la única forma de que ese sueldo llegue de verdad al bolsillo.

Las grandes cifras que no llegan al pueblo

Frente a esto, la autoridad responde siempre lo mismo: que vienen grandes inversiones. Y es cierto, el número existe: el principal catastro del país proyecta casi ochenta mil millones de dólares para los próximos cinco años, el registro más alto en una década. Bienvenida sea la inversión; el gremio no está en contra, todo lo contrario. Pero hay una pregunta honesta que casi nadie hace: de esos casi ochenta mil millones, ¿cuánto empleo real le queda a la gente de la región donde se instalan?

Más de dos de cada tres de esos dólares están en minería y energía, sectores intensivos en capital. Eso significa mucha máquina y relativamente pocas manos. Una planta puede mover cifras espectaculares y dar trabajo permanente a muy poca gente del lugar: imponente en la foto, pero el pueblo de al lado sigue casi igual. A una familia de región no le cambia la vida un número en un titular; le cambia la vida que el almacén de la esquina contrate, que la pyme del pueblo no cierre, que el predio de al lado siga tomando gente. Ese empleo cercano es el que sostiene un territorio, y es justo el que se está ahogando.

Y esto no es un problema solo de los que tienen un negocio. Cada pyme que cierra y cada predio que se apaga es empleo que se destruye en el pueblo, es comida que después hay que traer de afuera, más cara, y es un país más dependiente. Esa cuenta la pagamos todos los chilenos.

No pedimos subsidios: pedimos cancha pareja

Como Agricultores Unidos no pedimos subsidios ni que el Estado nos regale nada. Pedimos dos cosas concretas. Una, que no se le carguen todos los costos de golpe a quien da el empleo, para que pueda seguir dándolo. Y dos, que haya competencia de verdad, de modo que el precio del pequeño lo asigne el mercado y no un puñado de grandes que hoy se lo imponen. El empleo no aparece por decreto ni solo porque llegue una inversión gigante: aparece cuando el que tiene un taller, un predio o un almacén puede vender a un precio justo y mirar el año con confianza.

Por eso, antes de celebrar la próxima gran cifra, vale una sola pregunta a la autoridad: ¿quién está contratando de verdad en Chile? Si la respuesta son las pymes, el campo y el comercio de barrio —y lo son—, entonces la tarea es dejarlos respirar. Porque si se apaga ese motor, el número bonito de arriba no le va a dar de comer a nadie abajo.