Por José Santelices, periodista y analista político | OFF THE RECORD
La caída de la acusación constitucional contra Nicolás Grau dejó expuesto un problema que La Moneda intentaba administrar en silencio: Republicanos, Chile Vamos y los libertarios comparten gobierno, pero no comparten conducción. La derecha llegó al poder unida contra Boric; ahora debe decidir quién manda cuando ya no basta con estar de acuerdo en el adversario.
La acusación que terminó acusando al oficialismo
La acusación constitucional contra Nicolás Grau pretendía convertirse en una demostración de fuerza. Republicanos y el Partido Nacional Libertario buscaban cerrar la discusión sobre la herencia fiscal del gobierno anterior y, de paso, instalar una señal de dureza frente a una oposición que todavía intenta reordenarse.
Terminó ocurriendo lo contrario.
El Senado rechazó los cuatro capítulos y ninguno superó los 16 votos favorables. No fue una derrota estrecha ni una operación frustrada por una ausencia inesperada. Fue una señal política dura: el oficialismo no logró ordenar a sus propios socios detrás de una ofensiva que sectores republicanos consideraban obvia.
En política, las acusaciones constitucionales no solo sirven para destituir ministros. También sirven para medir fuerzas, y esta vez la medición dejó una conclusión difícil de disimular: Republicanos puede empujar la agenda, pero no siempre puede convertirla en mayoría.
La derecha descubrió que tener gobierno no equivale a tener coalición.
El problema no fue Grau
Nicolás Grau fue apenas el escenario.
El conflicto real estaba al otro lado de la sala: una derecha donde republicanos y los libertarios quieren fijar el tono, mientras Chile Vamos exige no ser tratado como una bancada de arriendo llamada a votar cuando el Gobierno necesita completar quórum.
RN y Evópoli no quisieron asumir el costo de una acusación que consideraban débil o políticamente inconveniente. Republicanos leyó esa decisión como falta de lealtad mientras Chile Vamos la leyó como una advertencia necesaria: apoyar al Gobierno no significa renunciar a todo criterio propio.
Ese es el choque que La Moneda venía postergando.
Republicanos quiere una derecha que actúe con velocidad, disciplina y confrontación. Chile Vamos quiere una derecha que gobierne, negocie y no convierta cada diferencia táctica en una prueba de pureza. Los libertarios, por su parte, parecen dispuestos a recordarle a todos que la moderación es una sospecha antes que una virtud.
La diferencia no es menor ya que una cosa es tener partidos que compiten por cargos y otra muy distinta es tener partidos que compiten por definir qué significa gobernar.
Kast tuvo que intervenir para ordenar su propio Gobierno
Que José Antonio Kast haya debido intervenir para llamar a recomponer confianzas es una señal de que el conflicto ya dejó de ser una pelea parlamentaria.
Un Presidente suele intervenir para enfrentar una crisis externa, ordenar una reforma trabada o contener un problema de gabinete. Kast tuvo que intervenir para recordarles a los partidos que integran su propio oficialismo y que, en teoría, están del mismo lado.
La escena tiene algo de ironía. El gobierno que prometía terminar con la política de los acuerdos lentos, los vetos cruzados y las discusiones interminables descubrió que la primera negociación que debe ganar no es con la oposición, sino con sus propios aliados.
La derecha llegó al poder ofreciendo autoridad. Ahora debe probar que puede ejercerla puertas adentro.
Kaiser dijo en voz alta lo que todos piensan
Johannes Kaiser fue más sincero que prudente. Dijo que Kast no puede prescindir de Chile Vamos, pero añadió que eso no significa permitir que ese sector “establezca el ritmo”.
La frase resume la disputa completa. Chile Vamos tiene votos, experiencia parlamentaria, redes territoriales y capacidad de interlocución con sectores que Republicanos no controla. Sin esa estructura, el Gobierno puede tener relato, pero no necesariamente puede aprobar leyes, sostener reformas complejas ni evitar que el Congreso convierta cada proyecto en una negociación de supervivencia.
Pero Republicanos teme que esa necesidad se transforme en poder. Ese es el problema. Chile Vamos quiere que su peso legislativo tenga traducción política. Republicanos quiere usar ese peso sin entregar la conducción. Kaiser, con una franqueza poco habitual, dejó claro que la idea es necesitar a Chile Vamos, pero no dejarse gobernar por él.
Es una fórmula bastante ambiciosa: pedir votos, pero reservarse el derecho a definir quién tiene derecho a influir.
El partido del Presidente también está incómodo
La convocatoria de Republicanos a un consejo para discutir su rol dentro del Gobierno confirma que la tensión no está solo en Chile Vamos.
El partido del Presidente enfrenta una pregunta que hasta ahora podía evitar: ¿quiere ser una fuerza de gobierno o quiere seguir funcionando como una fuerza de presión ideológica desde dentro del poder?
Ambas cosas pueden coexistir durante un tiempo, pero no indefinidamente.
Un partido de gobierno tiene que aceptar costos, negociar, ceder y asumir que administrar un país no consiste en ganar discusiones en redes sociales. Un partido de presión, en cambio, puede mantener intacta su identidad porque siempre tiene a otro a quien culpar cuando las cosas se complican.
Republicanos quiere conservar la fuerza de quien llegó a cambiarlo todo, pero ahora debe convivir con las restricciones de quien tiene que aprobar presupuestos, sostener mayorías y administrar una economía real. Ahí empieza el desgaste.
Una derecha unida contra Boric, no necesariamente para gobernar
La unidad que llevó a Kast a La Moneda se construyó sobre adversarios comunes: el Frente Amplio, la inseguridad, el estancamiento económico, la desconfianza hacia la izquierda y el rechazo al ciclo político anterior.
Eso alcanzaba para ganar una elección pero, no necesariamente alcanza para gobernar.
Gobernar exige acordar prioridades, tolerar diferencias, distribuir poder y asumir que ningún sector puede convertir al resto en simple comparsa. Esa es la etapa que el oficialismo todavía no resuelve.
La acusación contra Grau no desordenó a la derecha. Solo hizo visible un desorden que ya existía.
Kast ganó una elección con una derecha que coincidía en lo que rechazaba. Ahora debe gobernar con partidos que no coinciden del todo en quién manda, qué se negocia y hasta dónde se puede moderar el proyecto sin traicionarlo.
El problema de La Moneda no es que tenga aliados incómodos. El problema es que todavía no termina de decidir si quiere una coalición o una obediencia que se parezca a una coalición mientras las cámaras están encendidas.