Por Camilo Guzmán, Presidente de Agricultores Unidos | OPINIÓN
El Presidente Kast reconoció que Chile tiene una “enfermedad económica”. Esta semana llegó un segundo parte médico, firmado por quien menos se esperaría: la industria naviera concluyó que el megapuerto de San Antonio no se necesitará antes de 2045. Un país que crece llena sus puertos.
El Presidente de la República dijo hace unos días, textual: “nos dimos cuenta tarde de que tenemos una enfermedad económica”. Los datos lo respaldan: la actividad acumula cinco meses de caída, la desocupación llegó a 9.4%, la más alta en cinco años, y la producción industrial anotó en mayo su peor retroceso en nueve años. Como gremio coincidimos con el diagnóstico. Llega tarde, pero llega.
Lo que el Presidente no dijo es el nombre del mal. Y esta semana apareció un segundo parte médico que lo confirma, firmado por quien menos se esperaría.
El parte médico lo firmaron los dueños de los barcos
Un estudio encargado por la Cámara Marítima y Portuaria a la consultora Port Consultants Rotterdam concluyó que no es necesario iniciar la construcción del Puerto Exterior de San Antonio antes de 2045. Recomienda aplazar la obra veinte años, porque la capacidad actual alcanza: el crecimiento de la carga que proyectan de aquí a 2050 es apenas moderado.
Léalo bien, porque la noticia no es portuaria: es económica. Un país que crece llena sus puertos. Exporta fruta procesada, alimentos, manufactura; cosas con trabajo chileno adentro. Cuando la propia industria naviera proyecta que en veinte años no habrá carga nueva que justifique un puerto, lo que está diciendo, con elegancia técnica, es que Chile alcanzó un techo. Que dejamos de crecer, y que los primeros en saberlo son los que mueven lo que el país produce. Ese es el verdadero parte médico, y no lo firmó el gremio agrícola: lo firmó la cámara de los navieros.
La enfermedad tiene nombre: distorsión
Desde Agricultores Unidos lo venimos diciendo a los cuatro vientos hace años. La enfermedad se llama distorsión: mercados concentrados donde pocos compran lo que producen miles y pocos venden lo que consumen millones. Se llama imposición de precios: el precio no se compite, se dicta. Los especialistas le llaman abuso de posición dominante. Y tiene un síntoma que hay que decir con claridad: actores que no arriesgan, porque el riesgo se lo traspasan entero al proveedor -si la venta cae, el precio lo baja el productor; si hay promoción, la financia el productor; si sobra mercadería, la pierde el productor-. Ganar sin arriesgar no es empresa: es peaje.
Y el peaje mata el crecimiento por una cadena muy simple de entender. Cuando al que produce no le pagan lo que un mercado competitivo le asignaría, produce menos. Cuando produce menos, la industria que procesa se apaga: la molienda de trigo cayó 7.1% mientras la harina importada creció más de 50%, y la producción industrial completa anotó su peor mes en nueve años. Donde no se procesa, no se crea valor. Donde no se crea valor, no hay empleo nuevo. Y donde no se crea valor ni empleo, no hay carga para los barcos. El puerto que no se construirá no es una anécdota: es la distorsión hecha infraestructura.
Y hay un daño más silencioso: la concentración mata las ideas. La innovación y el emprendimiento no son patrimonio de una élite; las buenas ideas surgen en cualquier parte, en un taller, en un packing, en una cocina, en un galpón de campo. Pero para que una idea se convierta en empresa necesita algo básico: poder entrar a la cancha. Cuando el que domina un mercado puede bloquear, copiar o comprar a cualquier competidor chico, el incentivo se apaga en las dos puntas: el chico no arriesga porque sabe que no lo dejarán crecer, y el grande no innova porque no lo necesita ya que la renta le llega igual.
El resultado no es teoría, está medido: Chile completa dieciséis años de productividad estancada, y la propia Comisión Nacional de Productividad pone las distorsiones en la asignación de recursos entre las causas. Un país donde innovar no paga es un país que no crece. Y un país que no crece no llena puertos.
Lo taparon con bonos, y los bonos con deuda
Esta enfermedad no se declaró este año. Por décadas se conoció y, en lugar de tratarla, se tapó: un bono para el dolor, un subsidio para la fiebre, gobierno tras gobierno. ¿Con qué plata? Prestada: la deuda pública pasó de menos de 10% a más de 40% del producto en quince años. El parche se pagó con la tarjeta de crédito de todos los chilenos, y la causa quedó intacta.
Por eso los agricultores no pedimos bonos ni subsidios. Pedimos lo único que de verdad cura: nivelar la cancha. Que compitan muchos, que el precio se forme limpio, que el que produce reciba lo justo y vuelva a ser buen negocio crear valor en Chile: sembrar, procesar, fabricar, exportar.
Desde Agricultores Unidos hacemos un llamado al Presidente y a su equipo económico: el diagnóstico ya está, y ahora la vara para medir el tratamiento la puso su propia frase. El día que el remedio funcione, lo vamos a notar en algo muy concreto: Chile va a volver a quedarse corto de puertos. Esa debería ser la meta.