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Nuevo orden del Pacífico: Chile ya está dentro de la disputa

Por José Santelices | GEOPOLÍTICA

El centro económico mundial se desplazó hacia Asia, pero la competencia dejó de ser únicamente comercial. Tecnología, rutas marítimas, minerales y seguridad obligan a Chile a pensar el Pacífico como un espacio estratégico.

Chile está frente al nuevo orden del Pacífico, aunque buena parte de su dirigencia todavía lo observa como un fenómeno lejano.

El país comercia con Asia, firma tratados y recibe inversiones, pero no ha integrado esas relaciones dentro de una estrategia que considere también la tecnología, la infraestructura, la seguridad y la defensa.

No se trata de anticipar un cambio futuro porque el poder económico ya se desplazó. Asia-Pacífico sigue siendo la región de mayor crecimiento y el Fondo Monetario Internacional estima que aportó cerca del 60% de la expansión mundial durante 2025.

El poder mundial ya llegó al Océano Pacífico.

El centro del poder ya cambió

Durante buena parte del siglo XX, las principales decisiones económicas y estratégicas se tomaron alrededor del Atlántico Norte. Estados Unidos y Europa concentraban las finanzas, la industria, la tecnología y las instituciones que ordenaban el sistema internacional.

Ese esquema no desapareció, pero dejó de ser suficiente para explicar el mundo. China se convirtió en una potencia económica, industrial y militar; Japón y Corea del Sur mantienen posiciones tecnológicas decisivas; India amplía su influencia; y el sudeste asiático gana importancia como plataforma manufacturera y logística.

El concepto de Indo-Pacífico refleja esta nueva realidad. No describe solamente una región geográfica, sino que define un espacio que conecta el océano Índico con el Pacífico y concentra rutas comerciales, polos industriales, mercados, recursos energéticos y algunas de las disputas militares más peligrosas del planeta.

La propia Política de Defensa Nacional de Chile ya calificaba en 2020 al Indo-Pacífico como una zona vital por su relevancia estratégica, económica, comercial y tecnológica. El diagnóstico existe, pero falta es convertirlo en una orientación coordinada del Estado.

La rivalidad que reorganiza la región

Estados Unidos y China compiten por la primacía en este espacio, pero sería un error reducir esa rivalidad a una guerra de aranceles.

Washington busca mantener su superioridad tecnológica, su presencia militar y la libertad de navegación en las principales rutas marítimas. Beijing intenta asegurar mercados, fuentes de abastecimiento, capacidad industrial y una posición regional que limite la influencia estadounidense cerca de sus costas.

La competencia se desarrolla en torno a los semiconductores, la inteligencia artificial, las telecomunicaciones, los vehículos eléctricos, las baterías, los minerales críticos y la infraestructura. También alcanza a Taiwán, el mar de China Meridional, los estrechos comerciales y las alianzas militares.

Sin embargo, no existe una separación completa entre ambas potencias. Según UNCTAD, el comercio entre Estados Unidos y China cayó cerca de un 25% durante 2025, pero parte de esos flujos se desplazó hacia países intermediarios como Vietnam, Indonesia y Camboya. Las cadenas no desaparecen sino que se reorganizan para enfrentar restricciones políticas y comerciales.

La globalización no terminó: se volvió más política, más costosa y menos predecible.

Esta transformación abre oportunidades para países capaces de recibir inversiones, procesar recursos y ofrecer infraestructura confiable. Pero también aumenta la vulnerabilidad de las economías que dependen de pocos mercados o que siguen especializadas en la exportación de materias primas.

Chile está más expuesto de lo que admite

La economía nacional está profundamente vinculada al Pacífico. En 2025, China recibió el 35,4% de las exportaciones nacionales. Estados Unidos concentró otro 16,7%; Japón, el 7,8%; Corea del Sur, el 4,6%; e India, el 3,7%. Cinco economías de este espacio absorbieron, en conjunto, más de dos tercios de los envíos chilenos.

La relación con China es especialmente determinante. El intercambio bilateral alcanzó los US$67.105 millones en 2025. Chile exportó principalmente cobre, cerezas, celulosa, litio y hierro, mientras importó teléfonos, baterías, automóviles, maquinaria y equipos tecnológicos.

El patrón muestra una asimetría conocida: Chile aporta recursos naturales y China vende productos con mayor transformación industrial y tecnológica. El problema no es exportar cobre o litio. El problema es no desarrollar capacidades suficientes alrededor de esos recursos.

Chile vende al centro industrial del mundo, pero todavía participa desde la periferia productiva.

La dependencia también es logística. Durante 2025, el 89,6% del valor de las exportaciones chilenas salió por vía marítima. Cualquier alteración grave de las rutas, puertos o estrechos asiáticos podría afectar los tiempos de traslado, los seguros, los costos y la competitividad de sectores completos de la economía nacional.

Por eso, una crisis en Taiwán o en el mar de China Meridional no sería solo una noticia internacional. Podría encarecer las importaciones tecnológicas, alterar la demanda de minerales, afectar el transporte marítimo y reducir el crecimiento chileno.

Abrirse al comercio ya no basta

Chile construyó una posición valiosa mediante acuerdos comerciales, participación en APEC y su incorporación al CPTPP. Esa política permitió ampliar mercados, reducir barreras y dar previsibilidad a los exportadores.

Pero el escenario cambió. Los tratados comerciales no responden por sí solos a preguntas sobre seguridad económica, dependencia tecnológica, inversión extranjera en sectores sensibles, conectividad digital, infraestructura portuaria o protección de cadenas de suministro.

El país necesita identificar qué activos considera estratégicos y bajo qué condiciones acepta inversiones en puertos, telecomunicaciones, energía y minerales críticos. También debe definir qué capacidades industriales pretende desarrollar y cómo evitar quedar atrapado en represalias entre las grandes potencias.

Esto no exige escoger automáticamente entre Washington y Beijing. Estados Unidos seguirá siendo un socio político, financiero y tecnológico central. China continuará siendo el principal mercado para las exportaciones chilenas. Romper con cualquiera de los dos tendría costos difíciles de justificar.

La verdadera autonomía no consiste en declararse neutral. Consiste en diversificar dependencias, proteger infraestructura y negociar desde una posición menos vulnerable.

Chile tiene costa, puertos, cobre, litio, acceso a la Antártica y una extensa red de acuerdos comerciales. Posee varios de los activos que el nuevo orden internacional considera relevantes. Lo que no tiene todavía es una estrategia capaz de relacionarlos.

El nuevo orden del Pacífico ya condiciona la prosperidad y la seguridad del país. La pregunta no es si Chile entrará en esa disputa, sino si seguirá participando como proveedor de recursos o comenzará a actuar como un país con intereses estratégicos propios.