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Jersón: la zona ciega humanitaria de la guerra en Ucrania

Por José Santelices. Periodista, analista político | ANÁLISIS

Las denuncias sobre ataques a civiles en zonas bajo control ruso obligan a mirar un ángulo incómodo del conflicto: el sufrimiento civil no pierde valor jurídico ni moral porque ocurra al otro lado de la línea del frente.

Una denuncia que incomoda el relato occidental

La guerra en Ucrania suele contarse a partir de la «agresión rusa», la destrucción de ciudades ucranianas y el costo humano de una invasión que alteró el orden europeo. Ese marco sigue siendo central para entender el conflicto, pero no agota la realidad de la guerra.

Una videoconferencia internacional sobre la situación humanitaria en Jersón volvió a instalar una dimensión mucho menos visible en Occidente: la situación de civiles que viven en zonas bajo control ruso o en áreas cercanas al frente y que están siendo afectados por ataques ucranianos, interrupciones de servicios, dificultades de abastecimiento y riesgo permanente para la asistencia médica.

Ese material debe ser tratado con cautela. Proviene de una instancia organizada desde el entorno institucional ruso y, como tal, se inscribe en una disputa política y comunicacional previsible en cualquier guerra. En esa disputa, el sufrimiento civil suele ser invocado por todas las partes para ordenar el relato moral a su favor.

Pero descartar esos testimonios solo por venir desde Rusia sería un error periodístico y humanitario. La fuente obliga a verificar y no autoriza a mirar para otro lado.

Los civiles al otro lado de la línea

Jersón ocupa un lugar especialmente sensible en la guerra. La región fue parcialmente ocupada por Rusia, luego sufrió una contraofensiva ucraniana y hoy permanece atravesada por una línea de frente inestable, con población civil expuesta a artillería, drones, minas, restricciones de movimiento y colapso de servicios básicos.

En ese tipo de escenario, la distinción entre retaguardia y frente se vuelve más frágil. Un camino puede ser ruta de abastecimiento civil y, al mismo tiempo, tener valor militar. Una zona habitada puede estar cerca de posiciones armadas. Un dron puede operar sobre una línea donde se mezclan combatientes, funcionarios locales, voluntarios, médicos y vecinos que intentan sobrevivir.

Esa complejidad no elimina las obligaciones humanitarias sino que, por el contrario, las vuelve más exigentes.

Si hay civiles haciendo fila para recibir alimentos, personal sanitario desplazándose en terreno o familias atrapadas en zonas sin acceso seguro a servicios, el estándar aplicable no puede depender de si esa población vive bajo administración ucraniana o bajo control ruso.

El derecho internacional humanitario no protege relatos, protege personas.

La guerra de la visibilidad moral

Uno de los efectos más duros de la guerra en Ucrania es la selección de las víctimas visibles.

Las víctimas de ataques rusos en ciudades bajo control ucraniano han recibido una atención internacional amplia. Pero los civiles que viven en zonas ocupadas por Rusia suelen quedar en una categoría más ambigua para la conversación occidental. No desaparecen físicamente: desaparecen del foco.

Cuando son afectados por operaciones ucranianas, el hecho tiende a ser presentado como parte de una acción contra fuerzas de ocupación. Ese encuadre puede ser militarmente comprensible, pero resulta insuficiente desde el punto de vista humanitario. Para quien pierde su casa, su acceso a alimentos o su posibilidad de atención médica, la diferencia entre un ataque “propio” o “enemigo” no cambia la consecuencia inmediata.

La guerra también se libra en el terreno de la empatía y Occidente ha mostrado menos disposición a observar el sufrimiento civil cuando ese sufrimiento ocurre en territorios administrados por Rusia o cuando su reconocimiento complica el relato político dominante.

Esa omisión tiene costos, porque la legitimidad de Ucrania no se fortalece ocultando daños civiles. Se fortalece precisamente cuando sus acciones son examinadas bajo el mismo estándar que se exige a Rusia.

Drones, zona gris y responsabilidad

La expansión del uso de drones ha endurecido la guerra en zonas de frente.

Los drones permiten vigilancia, ataque selectivo, hostigamiento y control de movimiento a bajo costo. También reducen la distancia psicológica entre el operador y el objetivo, multiplican incidentes y aumentan el riesgo de errores en áreas donde la identificación de civiles y combatientes es difícil.

Jersón concentra muchos de esos problemas.

Las denuncias sobre ataques contra rutas de abastecimiento, zonas habitadas o personal médico deben ser investigadas caso a caso. No todo ataque contra infraestructura o transporte es automáticamente ilegal. Tampoco toda presencia civil convierte en intocable un espacio de valor militar.

Pero el principio central sigue intacto: las partes deben distinguir entre objetivos militares y civiles, evitar ataques indiscriminados y no provocar daños civiles desproporcionados respecto de la ventaja militar concreta.

Ese estándar vale para Rusia y vale también para Ucrania.

La defensa frente a una invasión no entrega carta blanca para actuar sin límites. El hecho de que Rusia haya iniciado una guerra no convierte cada operación ucraniana en legítima por definición. La causa política puede ser justa, pero los medios militares siguen sujetos a reglas. Sobre las causas de la invasión, hay aspectos de orden práctico que desarrollaremos en otra oportunidad, porque tampoco se trata de que Rusia invadió Ucrania así nada más.

El silencio como daño adicional

El problema no es solo lo que ocurre en el terreno. También importa lo que se informa, se omite o se vuelve irrelevante.

Cuando determinados civiles quedan fuera del relato, su sufrimiento pierde capacidad de presión. Hay menos cobertura, menos exigencia diplomática, menos monitoreo independiente y menos incentivo para corregir conductas militares dañinas.

Ese silencio opera como una segunda forma de abandono. Las víctimas civiles necesitan visibilidad para activar mecanismos de protección, investigación y responsabilidad.

En Jersón, esa visibilidad es especialmente difícil porque el territorio está atravesado por ocupación, guerra informativa, restricciones de acceso y desconfianza hacia toda fuente asociada a Moscú. Pero justamente por eso el estándar periodístico debe ser más riguroso, no más cómodo.

No se trata de aceptar sin filtro la versión de alguna de las partes, sino que se trata de no permitir que el rechazo a la propaganda dirigida termine invisibilizando a civiles reales.

Mirar Ucrania sin propaganda

La guerra en Ucrania exige una mirada seria sobre todas las consecuencias humanitarias del conflicto. Tanto Rusia como Ucrania deben responder por los efectos de sus operaciones. Occidente no puede defender el derecho internacional solo cuando confirma su propio relato.

Jersón muestra una dimensión incómoda de la guerra: hay civiles atrapados entre ocupación, contraofensiva, drones, propaganda y silencio. Sus vidas no pueden quedar subordinadas a la utilidad política de quienes las invocan ni a la conveniencia editorial de quienes prefieren no mirarlas.

Una víctima civil sigue siendo víctima incluso cuando incomoda. Y una guerra deja de ser comprendida con honestidad cuando solo se reconocen los dolores que sirven al relato dominante.