Por Claudia Awad, abogada | OPINIÓN
Entre los jóvenes se ha popularizado el término FOMO —Fear Of Missing Out— el miedo a perderse algo, a quedar fuera. Pero ese «algo» que tanto temen perder es, generalmente, una fiesta, una reunión, una experiencia de entretenimiento. Es decir, lo que la cultura actual ensalza y promueve: lo superficial, lo efímero, lo divertido. El objetivo no es crecer ni comprometerse, sino extraer el máximo de placer de cada momento, muchas veces con desenfreno. Eso explica en parte el aumento en el consumo de alcohol y drogas, la baja edad de iniciación sexual, el auge de las apuestas en línea. Todo lo que hoy se llama la cultura del entretenimiento.
Al mismo tiempo, hay un fenómeno que lleva años en curso pero que ha llegado a su punto más preocupante: la baja natalidad. Dicho así parece un asunto de estadísticas y proyecciones demográficas. Pero detrás de los números hay algo mucho más humano que no podemos ignorar.
Este fenómeno no es casual. El doctor Enrique Rojas, en su libro El hombre light lo sintetiza así: el relativismo, el consumismo, el hedonismo y la permisividad son las cuatro coordenadas de un mundo que ha hecho del yo su único dios. En ese mundo, el número de cirugías estéticas y tratamientos de imagen crece sin parar, los principales modelos a seguir son los influencers —muchos de ellos compiten por hacer cosas cada vez más extremas para hacerse notar— y todo lo trascendente es mirado con sospecha, como una carga innecesaria, como un esfuerzo que no vale la pena.
Es mucho más cómodo perseguir el placer y preocuparse solo de uno mismo. Y si en algún momento aparece la sensación de vacío, siempre hay anestésicos a la mano: horas de videos en TikTok que en el mejor de los casos informan, pero no forman. Una experiencia tras otra, cada vez más intensa, cada vez más amplificada, en una búsqueda que nunca termina porque nunca llega a ninguna parte. Y aunque parezca libertad, es exactamente lo contrario: una esclavitud de las sensaciones que no produce frutos, que no llena el anhelo de algo más que todos, en algún momento, sentimos.
El doctor Rojas lo describe con precisión: el hombre light construye su propia espiritualidad de acuerdo a lo que le convenga, decide por sí mismo lo que está bien y lo que está mal, y «su anhelo de infinito empieza por una satisfacción materialista —dinero, poder, placer, distinciones— y termina por fabricarse una ética a su medida, mientras trata a los demás como objetos e instrumentaliza la relación con ellos».
Todos buscan algo en la vida. Todos. Pero hay que tener cuidado cuando esa búsqueda lleva a usar a otros como objetos en vez de tratarlos como personas. Cada ser humano tiene dignidad, y eso obliga a acercarse al otro con asombro, con la disposición de descubrir el misterio que hay en él, en ella. Y como consecuencia lógica, hacerse responsable de quienes amamos, ayudándolos a alcanzar su propia plenitud. Como señala el propio Rojas, el ser humano se realiza en el amor, y el amor es siempre un acto de entrega que busca el bien del otro. La máxima expresión de eso es el matrimonio y la familia: la célula más pequeña y más importante de cualquier sociedad.
Y aquí es donde el diagnóstico se vuelve político. Porque si la familia es el pilar sobre el que se erigen las sociedades, las políticas públicas no pueden limitarse a gestionar su declive. No basta con ofrecer sala cuna universal, jornada escolar completa o subsidios por hijo: son medidas necesarias, pero insuficientes si no responden a una convicción más profunda – que el rol del Estado no es dictar como deben vivir las familias, sino remover los obstáculos que hoy hacen que formar una familia sea, para muchos, una decisión cada vez más difícil de sostener. La baja natalidad no es solo un problema demográfico que se resuelve con incentivos económicos, es también el síntoma de un problema más profundo de la sociedad. Es deber de Estado promover el bien común, y ayudar a crear las condiciones sociales que permitan a todos la mayor realización. ¿Qué hacer entonces?
El punto de partida es la educación. Con el avance acelerado de la inteligencia artificial y el inminente reemplazo de buena parte de nuestras habilidades físicas y mentales por maquinas, urge enfrentar este problema latente formando personas con criterio propio, con capacidad real de relacionarse, con un sentido de propósito que oriente sus decisiones, con responsabilidad para fijarse metas y disciplina para cumplirlas, con capacidad de observar, de organizar y de pensar. Son habilidades humanas —las tuvimos siempre— pero que fuimos dejando de cultivar para darle todo el espacio a lo técnico. Y es precisamente eso lo que la máquina no puede reemplazar, y lo que mañana marcará la diferencia entre quienes se adaptan y quienes quedan atrás.
El verdadero FOMO debería ser otro. Debería dar miedo perderse el amor de un hombre y una mujer que se eligen libremente, que se comprometen sin cálculo, y que se aman tanto que ese amor desborda y se convierte en una persona nueva. Debería dar miedo quedarse fuera de eso.
Porque al final, la pregunta no es si nos estamos perdiendo una fiesta. La pregunta es si nos estamos perdiendo la vida: el encuentro real con nosotros mismos, con los demás y con algo más grande que el instante.