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Si importamos la comida y también a quienes la cosechan, ¿qué nos queda?

Por Camilo Guzmán, Presidente de Agricultores Unidos A. G.

El ministro de Agricultura, Jaime Campos, dice que faltan 150,000 personas en el campo y que “los chilenos somos pechugones”. Con 9.4% de desempleo, sobran trabajadores y sobra trabajo. Lo que falta es un precio que los conecte.

El ministro de Agricultura, Jaime Campos, dijo en Radio Infinita que el campo necesita mano de obra extranjera porque “los chilenos somos pechugones, si esa es la verdad, y nos creemos el cuento”.

Respetamos al ministro, pero el dato desmiente al adjetivo. Chile tiene hoy 9.4% de desempleo, y el propio ministro reconoce que al campo le faltan 150,000 personas.

Hay gente que necesita trabajo y trabajo que necesita gente; si las dos filas no se encuentran, el problema no es el carácter de nadie: es el precio de la hora. Y eso no es flojera, es una distorsión de mercado.

Cuando subió la bencina, nadie habló de flojera

Todos lo vivimos: cuando el combustible se disparó, empezamos a andar más despacio, a acortar viajes, a estirar el estanque. A nadie se le ocurrió llamar flojos a los conductores: era precio, no voluntad.

Con el trabajador chileno pasa lo mismo, y lo medimos. Como gremio levantamos en junio una canasta de 28 alimentos básicos, una unidad de cada producto, en supermercados reales de varios países: cuesta en Chile unos $147,000; en Estados Unidos, unos $151,000; en Alemania, más cara que acá.

La misma comida, prácticamente el mismo precio. La diferencia está en el estanque. Llevado al mes completo, la canasta mínima de una dieta saludable, la que recomienda la FAO, lo menos que una familia debería comer, cuesta para cuatro personas unos $691,000 en Chile: un sueldo mínimo entero, $553,553, no alcanza a pagarla. En Estados Unidos, esa misma canasta cuesta $757,000: un tercio de un solo sueldo mínimo estatal. Allá un sueldo alimenta a la familia y sobran dos tercios del mes; acá no alcanza ni para la comida.

El chileno es un auto al que le exigen la misma distancia con un cuarto del combustible. Y con la guerra cerrando Ormuz, el fertilizante duplicado y el dólar en 927 pesos, ese combustible sube más rápido que cualquier sueldo.

El espejo australiano

¿Flojera? Australia paga la temporada agrícola sobre 32 dólares australianos la hora, más de $20,000 chilenos al cambio de hoy, y los cupos de visa para que jóvenes chilenos cosechen allá se agotan en minutos. Misma fruta, mismo esfuerzo, mismo ser humano. Allá la hora llena el estanque; acá no.

El chileno que cosecha en Australia hace lo mismo que el temporero extranjero en Chile: trabaja duro, gasta lo mínimo y manda la plata a su casa. Es legítimo, y el que viene con contrato y cotizaciones es bienvenido en el campo.

El sueldo del temporero local circula en el almacén, la feria y el flete de la comuna; el del temporero de paso se va del territorio: US$2,271 millones en remesas solo por canales formales en 2025, según el Banco Central. Importar mano de obra es política de costos, no de desarrollo rural.

El círculo del bono

Se nos repite que Chile debe subir su productividad, estancada hace 16 años según la Comisión Nacional de Productividad. Pero la hora barata siempre disponible es su enemiga: mientras exista, ¿para qué invertir en riego o mecanización? Australia se hizo productiva porque su hora es cara.

Acá el círculo se cierra distinto. La cancha torcida fija una hora que a un chileno no le alcanza para vivir en Chile; la termina tomando quien sí puede vivir con ese sueldo, porque su costo de vida está en otro país. Y el chileno que quedó afuera no desaparece: pasa a la fila del bono. El mismo trabajo lo pagamos dos veces: el sueldo corto que se va en remesas, y el bono que sostiene al chileno que no pudo tomarlo.

El bono se financia con impuestos y deuda -de 8.6% a 41.7% del PIB en quince años, según la Dipres-, con la plata de los mismos a los que el sueldo no alcanza. Y como el bono calma el mes, desaparece la presión por corregir el precio. Ese es el círculo: sueldo corto, bono que lo completa, deuda que lo financia, distorsión intacta, sueldo corto otra vez. La pobreza deja de ser una etapa y se vuelve un diseño.

Hay otra cuenta que no aparece en ninguna liquidación. Más de uno de cada cuatro trabajadores en Chile es informal: 26.8% según el INE, y 29.9% entre los extranjeros. Trabajo sin contrato y sin imposiciones. Cada hora en negro es una pensión que no se ahorra; esa vejez la financiará el Estado: nuestros hijos pagarán la hora que hoy parece barata. En esto el ministro tiene razón cuando exige contrato e imposiciones: lo invitamos a pasar de la declaración a la fiscalización pareja.

¿Rentistas de qué?

El problema no es importar: comprar afuera lo que otros hacen mejor es libre mercado y nos conviene. El problema es por qué importamos. Cuando se importa por eficiencia, un país se especializa. Cuando se importa porque la cancha torcida dejó al productor sin margen y al trabajador sin sueldo que rinda, un país se liquida. Hoy importamos el trigo, la harina, y ahora nos proponen importar también los brazos.

Como gremio no pedimos subsidios; el subsidio es un parche que paga el que menos tiene. Pedimos corregir las distorsiones: que opere la Comisión Antidistorsiones que existe desde 1986, transparencia de precios en la cadena y avance de la Ley del Grano. Cancha pareja, para que producir alimentos vuelva a ser negocio de muchos y no renta de pocos.

Porque si seguimos importando la comida y también a quienes la cosechan, ¿qué papel nos queda en nuestro propio campo? ¿Espectadores o rentistas? ¿Y rentistas de qué? Esa pregunta, ministro, vale más que cualquier adjetivo. Desde Agricultores Unidos lo decimos con los números sobre la mesa: conversemos.