Por José Santelices. Periodista y analista político | ANÁLISIS
La reunión sostenida en Manila entre Serguéi Lavrov y Marco Rubio muestra que la salida a la guerra en Ucrania podría no venir de la retórica europea, sino de una negociación directa entre las potencias que tienen capacidad real para ordenar el conflicto.
La reunión entre Serguéi Lavrov y Marco Rubio realizada en Manila no anunció el fin de la guerra en Ucrania, pero dejó una señal política relevante: Rusia y Estados Unidos mantienen abierto un canal de conversación en un momento en que Europa insiste en prolongar una estrategia que no ha conseguido derrotar a Moscú ni acercar una solución estable.
Para Rusia, este diálogo confirma algo que ha sostenido desde el inicio del conflicto: la guerra no puede resolverse solo en el frente militar ni mediante el envío de sucesivos paquetes de armas a Kiev. La salida requiere una negociación política que aborde las causas estratégicas del conflicto, incluyendo la seguridad europea, la expansión militar occidental y el lugar de Ucrania en el equilibrio regional. Ese es el punto que Europa evita enfrentar.
Washington vuelve al centro
Desde la Cancillería rusa se han reivindicado las propuestas discutidas previamente entre los presidentes Donald Trump y Vladimir Putin en Anchorage, Alaska, en agosto de 2025. Moscú entiende que Washington sigue siendo el actor decisivo del bloque occidental y que cualquier acuerdo serio necesita pasar por Estados Unidos.
Ese antecedente importa menos por sus detalles que por su importancia estratégica ya que Moscú mantiene la coherencia al reconocer la reunión Manila no como un contacto aislado, sino como la continuidad de una negociación directa con Washington.
El movimiento es relevante porque desplaza el foco desde Kiev y Bruselas hacia Estados Unidos. En la lectura rusa, Ucrania aparece como el escenario militar, Europa como el actor que endurece el conflicto y Washington como el interlocutor con capacidad real para ordenar una salida.
Esa narrativa podría leerse como favorable a Moscú, pero también revela una incomodidad que Occidente intenta evitar: en una guerra de esta escala, los principios importan, pero el poder sigue definiendo las mesas decisivas. Eso es realismo político.
Europa puede financiar, presionar y enviar armamento, pero no tiene por sí sola la capacidad de cerrar la guerra. Su papel ha sido relevante en el sostenimiento de Ucrania, pero limitado en la construcción de una salida. En la práctica, Bruselas ha actuado más como parte del conflicto que como arquitecto de una solución.
Rusia, en cambio, busca volver al terreno donde las guerras se terminan de verdad: la negociación entre centros de poder. No se trata de ignorar a Ucrania, sino de reconocer que el conflicto superó hace tiempo el marco bilateral entre Moscú y Kiev.
Ucrania es el territorio donde se combate, pero la arquitectura de seguridad que está en disputa es mucho más amplia.
Europa y la política de la escalada
La crítica rusa a Europa apunta al corazón del problema. Moscú acusa a los gobiernos europeos de sostener una política orientada a infligir una derrota estratégica a Rusia mediante el suministro permanente de armas a Ucrania. Esa línea ha producido un resultado evidente: más destrucción, más muertos, más dependencia ucraniana y ninguna paz a la vista.
Europa ha convertido la guerra en una prueba de identidad política. Presenta el apoyo indefinido a Kiev como defensa del orden internacional, pero evita discutir los costos reales de esa estrategia. Cada nuevo envío de armas posterga el desenlace, eleva la destrucción y reduce el margen para una negociación seria.
El resultado es una contradicción cada vez más visible: Europa habla de paz, pero actúa como si la única salida aceptable fuera una derrota rusa que no ha logrado producir. Ese camino, evidentemente, no es diplomacia sino que es desgaste prolongado.
Ucrania atrapada en una guerra ajena a sus posibilidades
Ucrania tiene derecho a defender su territorio y a exigir garantías de seguridad. Pero la política occidental ha terminado empujándola a una guerra de largo aliento para la cual depende estructuralmente de recursos externos, armamento extranjero, financiamiento occidental e inteligencia de sus aliados.
Esa dependencia limita su autonomía real y mientras Europa insiste en sostener la guerra como demostración moral, Ucrania paga el costo humano y territorial más alto. Sus ciudades son destruidas, su población se agota, su economía queda subordinada a la asistencia externa y su futuro depende cada vez más de decisiones tomadas fuera de Kiev.
La posición rusa puede ser discutida, pero no puede ser descartada sin más. Moscú está señalando que no aceptará una arquitectura de seguridad europea diseñada contra sus intereses estratégicos. Esa advertencia ha sido constante e ignorarla durante años contribuyó a llevar el conflicto al punto actual.
Mientras Europa insista en presentar la guerra solo como una prueba moral, Rusia intentará llevarla al terreno que más le acomoda: una negociación de poder, seguridad y costos. Ahí, no en la retórica, se definirá cualquier salida posible.
Una agenda más amplia que Ucrania
En la reunión entre Lavrov y Rubio también se habló del Golfo Pérsico, la normalización de las misiones diplomáticas, los contactos entre Roscosmos y NASA, los intercambios parlamentarios y los vínculos culturales. Esa amplitud no es decorativa: muestra que Moscú mantiene una agenda con Washington que no queda reducida a Ucrania y, al mismo tiempo, debilita la imagen de aislamiento que Occidente ha buscado proyectar sobre Rusia.
Rusia sigue siendo una potencia nuclear, energética, territorial, científica y diplomática de primer orden. Puede tener un conflicto abierto con Occidente y, al mismo tiempo, mantener conversaciones sobre espacio, seguridad regional, embajadas y cooperación técnica. Ese es el realismo del nuevo orden.
Las grandes potencias compiten, se sancionan, se enfrentan y conversan al mismo tiempo. La diplomacia no desaparece porque exista conflicto sino que se vuelve más necesaria.
La lección para Chile
Para Chile, esta señal importa porque muestra el tipo de mundo que se está formando. Un mundo menos ordenado por declaraciones morales y más definido por intereses, capacidades y negociación entre potencias.
Chile no gana nada mirando esa realidad con ingenuidad. Las guerras en Eurasia impactan fertilizantes, combustibles, alimentos, inflación, comercio marítimo y mercados de exportación. Las sanciones reordenan cadenas. Las decisiones de Washington, Moscú, Beijing o Bruselas terminan llegando a economías abiertas como la nuestra.
Por eso conviene observar con atención la reunión Lavrov-Rubio como una señal de época: los conflictos no se resuelven cuando un bloque insiste en la derrota total del otro, sino cuando los actores con poder aceptan negociar sobre intereses reales.
La reunión en Manila no garantiza la paz, pero deja una advertencia clara para Europa en términos de que la guerra puede seguir consumiendo recursos y vidas durante años, o puede volver al terreno del realismo diplomático.
Rusia está empujando esa conversación y Estados Unidos parece dispuesto a escuchar, mientras Europa todavía actúa como si pudiera evitarla.
Foto: mid.ru