Por Claudio Espinosa
El Gobierno aprobó la megarreforma y consiguió el triunfo económico que necesitaba mostrar. No es poco ya que el proyecto modifica 36 leyes y 15 decretos, reduce gradualmente el impuesto corporativo del 27% al 23% y crea incentivos para empujar la inversión.
El problema viene ahora, porque una ley aprobada no equivale a una inversión ejecutada. Ganar la votación en el Congreso no abre una faena, no compra maquinaria ni destraba por sí sola un proyecto detenido. Para eso se necesita algo más difícil que votos: reglas finales, aplicación clara y confianza en que el nuevo marco no será corregido, impugnado o reinterpretado a los pocos meses.
La letra chica sigue abierta
La Moneda ganó políticamente, pero todavía no tiene cerrado el texto que operará en la economía real.
El Gobierno vetará disposiciones incorporadas durante la tramitación lo queo significa que parte de lo aprobado por el Congreso volverá a moverse antes de entrar en régimen. Para el mundo político, puede ser una corrección normal, pero para una empresa que evalúa invertir millones de dólares, es una señal de espera.
Además, el Tribunal Constitucional revisa normas sensibles sobre permisos ambientales, concesiones acuícolas y estabilidad tributaria. No son sólo detalles, sino piezas centrales del relato oficial: dar certeza, acelerar proyectos y mejorar la rentabilidad esperada de nuevas inversiones.
Ahí está el punto débil de la victoria ya que la reforma fue diseñada para reducir incertidumbre, pero todavía depende de vetos, fallos y nuevas disputas. El Gobierno quiere vender certeza, pero primero debe ser capaz de producirla.
La inversión mira el texto final
La Tercera consignó, a partir de las minutas del Banco Central, que algunas empresas podrían haber postergado proyectos mientras esperaban el resultado de la reforma. Tiene sentido porque cuando cambian impuestos, permisos o garantías de estabilidad, los proyectos grandes no se lanzan a ciegas.
En ese contexto, la aprobación puede mover algunos planes. Es una señal política importante que muestra que el Gobierno logró ordenar mayoría para su agenda económica y que el Congreso no fue un muro infranqueable.
Pero los proyectos de largo plazo no responden solo al ánimo del día. Minería, energía, infraestructura o acuicultura miran plazos, permisos, judicialización, estabilidad tributaria y riesgo político. Si esas reglas quedan expuestas a nuevas controversias, el efecto económico puede ser más lento de lo que La Moneda espera.
El verdadero examen empieza ahora
El presidente Kast consiguió aprobar su principal reforma económica y tiene una victoria para mostrar ante empresarios, inversionistas y mercados.
Pero el éxito no se medirá por el tamaño de la ley ni por la cadena nacional sino que lo hará por sus efectos: proyectos activados, inversión nueva, empleo formal y crecimiento adicional.
La megarreforma ya pasó el Congreso pero aún debe pasar por el Tribunal Constitucional, por los vetos del Ejecutivo y por una prueba más dura, que será convencer a las empresas de que esta vez las reglas van a durar.
La Moneda ganó la votación en el Congreso, pero lo cierto es que la inversión todavía espera el texto definitivo.