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Tablero global: Estados Unidos comienza a quedarse sin margen

Las guerras de Irán y Ucrania, la presión sobre Taiwán y la crisis de las rutas energéticas compiten por las mismas municiones, capacidades industriales y decisiones políticas. EE. UU. sigue siendo la principal potencia militar, pero ya no puede sostener todos los frentes con igual intensidad.
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Por José Santelices. Periodista, Analista Político | GEOPOLÍTICA

El tablero global dejó de estar compuesto por conflictos independientes. La guerra entre Estados Unidos e Irán afecta la defensa de Ucrania; la escasez de misiles obliga a Taiwán a prepararse para resistir durante más tiempo; y la interrupción de las rutas energéticas condiciona las decisiones militares y económicas de aliados situados a miles de kilómetros.

La conexión no responde a una alianza formal entre los adversarios de Washington. Surge de algo más elemental: las guerras simultáneas consumen los mismos interceptores, misiles de precisión, barcos, satélites, recursos industriales y atención política.

Estados Unidos conserva una capacidad militar incomparable. Esa superioridad tiene límites físicos. Los arsenales se agotan, las fábricas necesitan años para ampliar su producción y cada misil enviado a un frente deja de estar disponible para otro.

La capacidad de asignar armas escasas entre múltiples frentes es fundamental para definir la guerra, no solo lo que ocurre en el campo de batalla.

Irán expone el límite de los arsenales estadounidenses

Cinco meses de guerra contra Irán han consumido prácticamente todas las existencias estadounidenses de algunos misiles terrestres de largo alcance, entre ellos los ATACMS y los Precision Strike Missiles. Según fuentes citadas por Reuters, Estados Unidos también ha utilizado alrededor del 65% de sus interceptores Patriot, el 38% de los THAAD y casi la mitad de los misiles Tomahawk disponibles.

Estas armas cumplen funciones difíciles de sustituir. Los Patriot y THAAD protegen ciudades, instalaciones militares y bases frente a misiles balísticos. Los Tomahawk y otros proyectiles de precisión permiten atacar objetivos desde grandes distancias sin exponer aviones y tripulaciones.

La industria estadounidense está recibiendo contratos para triplicar la producción de componentes Patriot, cuadruplicar la de THAAD y aumentar considerablemente la fabricación de Tomahawk. El problema es que una fábrica no puede responder con la velocidad de un lanzador. La ampliación de líneas, la formación de trabajadores y la producción de motores y sistemas de guiado requieren tiempo.

Washington puede movilizar reservas almacenadas en distintos lugares del mundo, reducir su consumo o recurrir a operaciones aéreas más riesgosas. Ninguna de esas decisiones elimina el problema principal: la guerra actual está utilizando municiones concebidas también para enfrentar una crisis con Rusia o China.

Ucrania recibe menos protección

La consecuencia ya se observa en Ucrania, cuyas autoridades afirman que durante 2026 Kiev ha recibido apenas un tercio de los interceptores entregados por sus aliados en 2025, justo cuando Rusia aumenta sus ataques con misiles balísticos y proyectiles hipersónicos.

Durante la ofensiva rusa del 4 de agosto, Ucrania derribó buena parte de los drones, pero no logró interceptar ninguno de los 24 misiles balísticos ni de los cuatro Zircon lanzados contra Kiev y su entorno. La falta de sistemas Patriot permitió que los proyectiles alcanzaran centros logísticos, instalaciones productivas y zonas urbanas.

La reducción de los envíos no puede atribuirse sólo a la guerra con Irán ya que también intervienen las limitaciones productivas, las necesidades de otros aliados y las decisiones políticas de Washington. La coincidencia temporal, sin embargo, es evidente: mientras Estados Unidos consume interceptores en Medio Oriente, Ucrania recibe menos defensas frente a la campaña rusa.

La reunión entre el secretario de Estado Marco Rubio y el canciller británico Ed Miliband reflejó este cambio. Ambos abordaron la necesidad urgente de reforzar la defensa aérea ucraniana, pero también insistieron en que Europa deberá asumir una responsabilidad mayor sobre su propia seguridad.

El mensaje tiene consecuencias políticas. Europa puede aumentar el gasto militar y ampliar su industria de defensa, aunque deberá financiar ese esfuerzo en medio de restricciones fiscales, bajo crecimiento y demandas sociales. La protección de Ucrania si bien es una prueba de unidad occidental, también pasa a ser en una disputa por quién paga, quién produce y quién conserva sus propias reservas.

Taiwán ensaya una guerra con ayuda incierta

Taiwán observa este desgaste con atención y sus ejercicios Han Kuang de agosto no se limitan a repeler un desembarco chino. Incluyen el traslado del presidente a un centro de mando, la continuidad del Gobierno, la dispersión de arsenales, la conversión de fábricas civiles para producir material militar y la simulación de interrupciones en las comunicaciones.

La lógica es clara: la isla debe ser capaz de mantener el Estado y la producción militar aun cuando los primeros ataques destruyan bases, centros logísticos y redes digitales. También necesita resistir durante el periodo que transcurra antes de una eventual intervención estadounidense.

Taiwán está preparándose para que el respaldo norteamericano llegue tarde, sea parcial o quede condicionado por otros frentes. La experiencia ucraniana demuestra que la voluntad política de ayudar no garantiza una entrega suficiente de municiones cuando varios aliados solicitan los mismos sistemas.

China puede beneficiarse de esta situación sin iniciar una guerra. Cada interceptor utilizado en Medio Oriente, cada misil enviado a Ucrania y cada retraso industrial reducen el margen estadounidense en el Indo-Pacífico. Esta es una inferencia estratégica, no una prueba de coordinación entre Moscú, Teherán y Beijing. La simultaneidad de las crisis, por sí sola, distribuye la capacidad militar de Estados Unidos.

A Beijing le basta con que Estados Unidos llegue al Pacífico más cansado, con menos reservas y aliados menos seguros.

Las rutas energéticas conectan los conflictos

El tablero también se organiza alrededor de los estrechos marítimos. El 5 de agosto, solo dos barcos atravesaron el estrecho de Ormuz, frente a un promedio anterior a la guerra de entre 130 y 140 embarcaciones diarias. En Bab el-Mandeb pasó un solo buque, después de que el día anterior lo hicieran veinte.

Las exportaciones petroleras del golfo alcanzaron en julio unos 10,7 millones de barriles diarios. Aunque lograron estabilizarse, todavía se mantenían un 40% por debajo de los niveles anteriores a la guerra. Arabia Saudita ha debido trasladar parte del crudo hacia el mar Rojo y buscar rutas alternativas que aumentan los costos y los tiempos de navegación.

La crisis impacta al precio del petróleo, pero también eleva el de los seguros, obliga a desviar barcos, altera las entregas industriales y modifica la competitividad de los exportadores. Una interrupción prolongada en Ormuz o Bab el-Mandeb puede reducir el crecimiento asiático, aumentar la inflación europea y presionar las cuentas fiscales de países importadores.

La guerra en Ucrania golpea otro extremo del mismo sistema. Los ataques contra refinerías y terminales rusos buscan retirar capacidad energética del mercado, mientras Occidente intenta contener los ingresos de Moscú sin provocar una escasez mundial.

Medio Oriente amenaza las rutas y Ucrania ataca parte de la producción y refinación rusa. Ambas guerras convergen en el precio, el transporte y la disponibilidad de energía.

Chile está lejos del combate, no del tablero

Chile no participa militarmente en ninguno de estos frentes, pero depende de todos ellos. Importa combustibles, exporta la mayor parte de sus productos por mar y mantiene una fuerte exposición al crecimiento chino. También necesita semiconductores, vehículos, maquinaria y equipos tecnológicos provenientes del Indo-Pacífico.

Una guerra prolongada en Medio Oriente encarece el petróleo y los fletes. Una escalada en Taiwán puede interrumpir el suministro tecnológico y reducir el comercio asiático. La pérdida de capacidad occidental en Ucrania acelera el rearme europeo y consolida un sistema internacional más fragmentado.

El efecto golpea en costos de transporte, inflación, precio de los combustibles, demanda de cobre, disponibilidad de equipos y presión diplomática para adoptar posiciones frente a las grandes potencias.

Chile necesita seguir estas conexiones y no limitar su política exterior a declaraciones sobre cada conflicto. La seguridad energética, la diversificación comercial, las reservas estratégicas y la continuidad de las cadenas de suministro ya forman parte de la geopolítica nacional.

El mundo no está en una sucesión de guerras aisladas, sino que se encuentra en una competencia por decidir qué frente recibe armas, qué ruta permanece abierta y qué aliado debe aprender a sostenerse con menos ayuda.

Estados Unidos todavía puede intervenir en varios escenarios pero ya no puede garantizar que todos recibirán los mismos recursos, durante el mismo tiempo y con la misma prioridad.

Ese es el nuevo tablero global.

Las guerras de Irán y Ucrania, la presión sobre Taiwán y la crisis de las rutas energéticas compiten por las mismas municiones, capacidades industriales y decisiones políticas. EE. UU. sigue siendo la principal potencia militar, pero ya no puede sostener todos los frentes con igual intensidad.