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Trump ante Irán y Gaza: la guerra termina cuando los otros aceptan

Foto: Casa Blanca

Washington busca cerrar los frentes de Irán y Gaza, pero el desenlace no depende de su superioridad militar. Teherán usa el estrecho de Ormuz como instrumento de presión y Netanyahu desafía la secuencia propuesta por la Casa Blanca para Gaza.

Por José Santelices. Periodista. Analista Político | GEOPOLÍTICA

Donald Trump necesita terminar dos guerras en Medio Oriente y convertirlas en victorias políticas. Después de meses de combate con Irán y de sucesivos intentos por cerrar el conflicto de Gaza, la Casa Blanca intenta demostrar que Estados Unidos puede utilizar su superioridad militar para imponer también las condiciones de la paz.

Pero los acontecimientos de esta semana muestran una realidad bastante más compleja. Irán negocia con Omán una fórmula que permitiría recuperar parte del tráfico por el estrecho de Ormuz, mientras se niega a restablecer completamente la navegación sin concesiones estadounidenses. En Gaza, Benjamin Netanyahu rechazó el plan de 15 puntos promovido por Trump y condicionó cualquier retirada israelí al desarme previo y completo de Hamás.

Ambos conflictos plantean el mismo problema estratégico: destruir capacidades militares resulta bastante más sencillo que construir un orden político aceptable para aliados y adversarios.

Irán conserva su principal carta

La guerra golpeó duramente la infraestructura militar, nuclear y económica iraní, mientras las sanciones continúan asfixiando una economía que ya enfrentaba problemas estructurales. Teherán, sin embargo, mantiene una capacidad de presión que Washington todavía no ha conseguido neutralizar: el estrecho de Ormuz.

Antes de la guerra, entre 130 y 140 embarcaciones atravesaban diariamente esa vía marítima. El lunes 10 de agosto pasaron apenas seis. Las exportaciones de crudo y derivados por la zona también descendieron a unos tres millones de barriles diarios durante la semana terminada el 7 de agosto, frente a 4,4 millones la semana anterior.

Omán negocia con Irán nuevas modalidades de navegación que podrían permitir una recuperación parcial del tráfico. Teherán vincula una reapertura más amplia al levantamiento de sanciones, el fin del bloqueo estadounidense sobre sus puertos, la liberación de activos congelados y compensaciones por los daños causados durante la guerra.

Trump respondió elevando su propia exigencia y ahora reclama que Irán indemnice a estadounidenses muertos o heridos en acciones atribuidas durante décadas a Teherán y a organizaciones respaldadas por la República Islámica. Las demandas cruzadas de reparaciones complicaron una negociación que pocos días antes parecía avanzar hacia un entendimiento.

El mercado entendió rápidamente el mensaje y el Brent llegó a superar los USD90 durante la jornada del martes antes de retroceder, mientras las expectativas de una solución rápida volvieron a disminuir.

Irán está intentando transformar su control efectivo sobre Ormuz en un activo político para la posguerra. La operación resulta significativa porque permite a un país militarmente castigado seguir negociando sobre sanciones, compensaciones y las reglas de navegación de una ruta por donde antes del conflicto circulaba alrededor de una quinta parte del petróleo y gas comercializados internacionalmente.

La capacidad de interrumpir una ruta estratégica puede sobrevivir incluso a una derrota militar, aun cuando el control territorial ya se ha perdido.

Gaza enfrenta a Trump con su propio aliado

En Gaza, la dificultad estadounidense adquiere otra forma, considerando que allí el principal obstáculo para implementar el nuevo plan de Washington ya no proviene de Hamás.

La propuesta impulsada por Donald Trump contempla un alto el fuego, el desarme progresivo de las organizaciones armadas, una retirada israelí vinculada al cumplimiento de ese proceso y la instalación de una fuerza internacional de estabilización junto con una administración palestina de carácter tecnocrático. Hamás aceptó la hoja de ruta con condiciones y mantiene discrepancias sobre la entrega de determinadas armas.

Sin embargo, Netanyahu rechazó la secuencia. Israel controla aproximadamente el 60% de Gaza y su primer ministro sostiene que las fuerzas israelíes permanecerán en sus posiciones hasta que Hamás haya sido completamente desarmado. La exigencia altera el mecanismo central propuesto por Washington, que plantea avances graduales de ambas partes.

La Casa Blanca continúa sosteniendo que el plan permanece vigente. Funcionarios del denominado Board of Peace aseguran que las conversaciones siguen adelante y que ninguna retirada irreversible se producirá sin mecanismos de verificación. La discrepancia política, sin embargo, está expuesta: Trump necesita movimiento hacia el cierre de la guerra, mientras Netanyahu enfrenta elecciones en octubre y una coalición de derecha que penalizaría cualquier retirada considerada prematura.

Washington tiene una influencia extraordinaria sobre Israel en materia de armas, apoyo diplomático y cooperación estratégica. Pero esa dependencia no entrega al presidente estadounidense el control automático sobre las decisiones del gobierno israelí cuando su supervivencia política interna está en juego.

El caso de Gaza muestra un límite distinto al iraní, considerando que Teherán utiliza una ruta energética para conservar poder negociador, mientras Netanyahu usa su posición política y militar dentro de Israel para resistir la secuencia propuesta por su principal aliado.

Trump necesita un final que pueda presentar como victoria

La urgencia estadounidense tiene también una dimensión interna. Trump enfrenta elecciones legislativas en noviembre y la guerra con Irán ha generado costos económicos y políticos crecientes.

Una encuesta Reuters/Ipsos publicada a fines de marzo mostraba que dos tercios de los estadounidenses preferían terminar rápidamente la participación de Estados Unidos en la guerra incluso si algunos objetivos quedaban sin cumplir. En junio, uno de cada cuatro consideraba que el conflicto había valido sus costos y la aprobación presidencial había descendido al 34%.

El impacto energético agrega presión; la incertidumbre sobre Ormuz eleva el precio del petróleo y los combustibles dentro de Estados Unidos, lo que genera inflación y complica el objetivo de Trump de conseguir tasas de interés más bajas antes de las elecciones.

Por eso Washington necesita algo más que una tregua y Trump busca un desenlace que pueda presentar como evidencia de que Irán quedó contenido, el estrecho fue reabierto, la amenaza nuclear disminuyó y Gaza entró finalmente en una etapa de estabilización.

Cada uno de esos objetivos depende ahora de otros actores que mantienen capacidad para condicionar el resultado.

Irán exige compensaciones y alivio económico. Netanyahu rechaza retirarse antes del desarme total de Hamás. Hamás discute las condiciones del propio desarme. Los países que podrían integrar una fuerza internacional en Gaza todavía deben comprometer contingentes suficientes. Incluso un acuerdo sobre Ormuz necesitará mecanismos que garanticen el tránsito de los barcos cuando vuelva a crecer la tensión.

La superioridad militar estadounidense abrió espacio para negociar, pero el cierre político exige concesiones, garantías y mecanismos que las bombas no pueden producir.

Una advertencia para el tablero global

La dificultad para terminar estas guerras también afecta otros escenarios. Estados Unidos necesita reconstruir inventarios de misiles e interceptores, devolver capacidad militar al Indo-Pacífico y mantener el respaldo a Ucrania. Cada mes adicional de tensión en Medio Oriente consume recursos que Washington pretendía destinar a otras prioridades estratégicas.

China y Rusia observan esa presión mientras los aliados europeos y asiáticos empiezan a calcular cuánto apoyo estadounidense pueden esperar si varias crisis se producen simultáneamente.

Para Chile, el desenlace importa principalmente por la energía y el comercio. Una reapertura estable de Ormuz reduciría presión sobre el precio del petróleo, los combustibles y los costos de transporte. Una negociación prolongada mantendrá una prima geopolítica que termina trasladándose a economías importadoras situadas muy lejos del Golfo.

También importa por una razón más amplia: América Latina ha construido durante décadas buena parte de su política exterior suponiendo que Estados Unidos dispone de capacidad suficiente para administrar simultáneamente las principales crisis internacionales. Sin embargo, la acumulación de guerras empieza a cuestionar esa premisa.

Estados Unidos conserva el poder para cambiar el curso de una guerra pero el desafío que enfrenta es conseguir que los demás acepten el orden que pretende dejar cuando termine.