Por Pedro Herrera | OPÍNIÓN
Los Juegos Binacionales de la Araucanía llegarán este año a su versión número 33. Más de 3.000 deportistas arribarán a la Región de Los Ríos para competir en atletismo, básquetbol, ciclismo, fútbol, judo, natación, tenis de mesa y vóleibol. Es, sin duda, una gran iniciativa de integración juvenil, respaldada por una inversión cercana a los $2.900 millones : $867,89 millones aportados por el Gobierno Regional de Los Ríos y $2.000 millones provenientes del Ministerio del Deporte.
Sin embargo, después de 33 ediciones, continúa pendiente una pregunta elemental: ¿cómo pueden llamarse Juegos de la Araucanía si todavía no incorporan juegos nacidos en este territorio?
La competencia reúne a Ñuble, Biobío, La Araucanía, Los Ríos, Los Lagos, Aysén y Magallanes, junto con las provincias argentinas de Neuquén, La Pampa, Chubut, Río Negro, Santa Cruz y Tierra del Fuego. Son divisiones administrativas de dos Estados, pero también partes de un espacio histórico y cultural anterior a sus fronteras: Wallmapu.
A la postre, incluir a las disciplinas olímpicas, juegos tradicionales llevaría a enriquecerlas con identidad. El Kollellaulliñ contiene prácticas como el palín (juego colectivo tipo jockey), pülkitun —tiro con arco—, waikitun —manejo de lanzas—, pilmatun —juego colectivo con pelota— y lükaitun —uso de boleadoras—. Varias expresan capacidades que el deporte moderno reconoce: puntería, velocidad, resistencia, fuerza, estrategia, coordinación y trabajo en equipo. Lo ancestral no representa atraso; constituye conocimiento deportivo acumulado.
Mientras el campeonato administra importantes recursos, moviliza delegaciones y genera ocupación hotelera, transporte, alimentación y comercio, las comunidades que preservaron estas prácticas continúan compitiendo en campos arrendados, sin baños, graderías, estacionamientos ni programas permanentes de formación. El territorio aporta el nombre y la historia aún así permanece fuera del diseño deportivo.
Con un poco de creatividad podríamos impulsar los Juegos Nacionales Mapuche o, si la palabra mapuche todavía causa urticaria institucional, llamarlos Juegos Nacionales de la Patagonia. Lo importante es crear un circuito propio que desconcentre la organización deportiva mundial. Ya existen los Juegos Mundiales de los Pueblos Indígenas, los Juegos Mundiales Nómadas y los Juegos BRICS, experiencias que combinan competencia, cooperación, economía e identidad sin solicitar permiso cultural al Comité Olímpico Internacional.
Un circuito territorial permitiría desarrollar selecciones, centros de entrenamiento, infraestructura multipropósito, turismo deportivo, comercio comunitario y competencias regionales e internacionales. También entregaría continuidad a cientos de atletas rurales que hoy terminan sus campeonatos sin una instancia superior donde medir su rendimiento.
Los Juegos de la Araucanía ya consiguieron reunir dos países. Su desafío pendiente es mucho mayor: unir realmente el territorio. Después de 33 versiones, la integración debe reconocer la memoria, las prácticas y la identidad de la tierra que hace posible el encuentro.