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Tratado de Las Canoas: mapuche y españoles de la guerra a la diplomacia

Imagen Referencial IA

Por Pedro Herrera. Comunicador popular. | ANÁLISIS

Por estos días se conmemoran 233 años del Tratado de las Canoas, proceso diplomático desarrollado entre el 8 y el 11 de septiembre de 1793, a orillas del río Rahue, en la actual ciudad de Osorno. Su acuerdo final fue alcanzado el 11 de septiembre, después de cuatro jornadas de deliberación.

El encuentro no fue un hecho aislado ni una ceremonia improvisada sino que el resultado de una negociación progresiva posterior a la guerra, precedida por los parlamentos de Dallipulli, actual territorio de La Unión, del 2 de julio de 1793, y de Quilacahuín, del 22 de agosto del mismo año. En esas instancias se acordaron puntos preliminares y la participación en una Junta General, realizada en Rahue los días 8, 9, 10 y 11 de septiembre, para discutirlos y ratificarlos.

Comprender esta secuencia cambia el sentido del acontecimiento. El Tratado de las Canoas no debe entenderse como una solicitud de ayuda ni una reunión folclórica sino como un proceso de alta diplomacia corporativa entre las autoridades vitalicias de la Fütawillimapu y los representantes del Imperio español. Iñil, Caniu, Catrihuala y los demás participantes comparecieron como autoridades territoriales de una nación que había defendido su autonomía con determinación, organización y capacidad militar, pero que también dialogaba, tomaba decisiones y establecía acuerdos.

Aunque la negociación ocurrió después de una ofensiva española y dentro de una relación compleja, ambas partes debieron reconocerse como interlocutores. El tratado abordó la paz, la reconstrucción de Osorno, el asentamiento español en espacios determinados y compromisos de convivencia, cooperación y auxilio mutuo. No es una autorización ilimitada para apropiarse de toda la Fütawillimapu, sino un conjunto de acuerdos que deben ser examinados con rigurosidad histórica y jurídica.

Esta relación fue establecida con el Imperio español. La historia posterior con Chile deberá analizarse separadamente, especialmente a partir del Tratado de Tapihue de 1825. Mezclar ambos procesos impide reconocer quiénes fueron las partes, qué obligaciones asumieron y bajo qué condiciones lo hicieron.
La principal enseñanza de Las Canoas está en la capacidad institucional demostrada por nuestros antepasados. No esperaron que otra autoridad resolviera sus necesidades: organizaron sus territorios, nombraron representantes, celebraron acuerdos preliminares y concurrieron a una instancia general con posiciones previamente construidas. La autonomía es a partir de ahí, una declaración práctica sustentada en organización, decisiones y responsabilidades.

Esa conducta está muy lejos de las aspiraciones de muchas estructuras actuales, concentradas en demandar atención subsidiaria, financiamientos circunstanciales o reconocimientos protocolares. Organizaciones sin compromisos permanentes ni capacidad técnica terminan administrando carencias, en lugar de conducir procesos de fortalecimiento. La dependencia puede incluso presentarse como reivindicación, aunque en los hechos mantenga al pueblo esperando decisiones y recursos ajenos.

La lógica ancestral vitalicia continúa siendo efectiva y posible, pero debe recuperar funcionalidad. Lonko, ülmen, werken y demás autoridades no pueden permanecer reducidos a la ornamentación de ceremonias organizadas por instituciones externas sino que deben ponerse a la altura y conducir relaciones diplomáticas, planificación territorial, protección de riquezas, cooperación internacional, desarrollo económico, investigación histórica y formación de nuevas generaciones.

Lo vitalicio debe significar movilidad y control para dar continuidad explícita a una memoria institucional y responsabilidad intergeneracional. Para operar en el presente necesita normas, distribución de funciones, equipos profesionales, mecanismos de evaluación y capacidad para celebrar y cumplir acuerdos.

Conmemorar Las Canoas, entonces, no puede consistir únicamente en marchar, realizar una rogativa o pronunciar discursos entre nosotros mismos. España debe ser convocada como contraparte histórica mediante su Embajada, universidades, archivos e instituciones. La conmemoración debe generar mesas diplomáticas, recuperación documental, intercambios académicos, cooperación cultural, relaciones comerciales y compromisos verificables.

Pasar de lo folclórico a lo funcional significa volver a actuar como quienes llegaron a Rahue en 1793: autoridades capaces de representar un territorio, preparar acuerdos y asumir responsabilidades. Las Canoas demuestra que la autonomía no se recibe como subsidio sino que se conquista, se organiza, se ejerce y también se sostiene mediante acuerdos entre interlocutores que se reconocen como iguales.